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Una huella del fuego viejo: caminar por las entrañas del Malacara, el volcán que abrió sus pasillos al turismo en Mendoza

En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada administra el ingreso a un campo donde los visitantes atraviesan dos cárcavas y suben a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. El recorrido nació de la curiosidad de una geóloga de la UBA y de la decisión de los dueños del predio de dejar de criar animales para mostrar, paso a paso, la historia geológica que tienen guardada las paredes multicolores del cerro.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 19 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Imaginate la escena de una casa de campo en el sur mendocino, con el viento que siempre llega desde la cordillera y el aroma a leña de algarrobo entrando por la ventana. A pocas decenas de kilómetros de allí, en el paraje La Batra, el volcán Malacara ofrece algo poco frecuente: la posibilidad de caminar por su interior, meterse entre paredes amarillas y depósitos negros y terminar la jornada en un mirador desde donde se ve, allá lejos, la laguna de Llancanelo. La caminata es tranquila, pero deja la sensación de estar pisando un archivo natural que tiene miles de años.

La historia de cómo este cerro dejó de ser solo un accidente geográfico y se convirtió en una atracción empieza a principios de los 2000, cuando la geóloga e investigadora de la Universidad de Buenos Aires Corina Risso llegó al lugar acompañada por Alberto, al que todos en la zona conocen como Beto Quezada. En ese entonces, el campo era sobre todo un sitio donde la familia criaba animales. La curiosidad científica de Risso, sumada a la decisión de los Quezada de abrir las tranqueras, fue moldeando de a poco lo que hoy es la visita.

Un recorrido entre colores y silencios

El Malacara tiene tres cráteres en su parte alta, pero quien lo camina por abajo casi no los distingue: el relieve y la vegetación los esconden. La propuesta turística aprovecha eso y mete al visitante en dos de las tres cárcavas que tiene el volcán. Allí adentro las paredes se ondulan, alternan sectores amarillos con mantos oscuros y dejan entrar la luz por las aberturas de arriba, mientras el aire frío circula como si la montaña estuviera respirando.

Para entender esos colores hay que mirar hacia atrás, mucho antes de que existieran las estancias y los caminos petroleros. Risso, que también es docente, explica que el Malacara se formó por el encuentro del magma con agua, probablemente la de una laguna que estuvo en esa zona hace miles de años. Ese contacto fragmentó la lava y alteró los materiales, y de ahí vienen buena parte de las superficies amarillas que hoy llaman la atención. Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió su curso y acumuló materiales oscuros sobre los anteriores. Mucho después, la erosión del agua y del viento fue abriendo los corredores que hoy se recorren a pie. Son depósitos frágiles: al tocarlos se desgranan, como si fueran arena gruesa pegada con algo que ya no alcanza.

De a caballo, con camioneta y, ahora, a pie

Nosotros los santiagueños solemos imaginarnos la Patagonia como un destino lejano, pero cuando uno escucha el relato de cómo se gestó esta propuesta se da cuenta de que es, sobre todo, una historia de paciencia familiar. Las primeras salidas se hacían a caballo, por senderos internos del campo de los Quezada. Recién en 2006 se habilitó una antigua huella petrolera que permitió entrar con camioneta y, más tarde, con maquinaria para mejorar el camino. Dos años después de la primera visita de Risso, en 2002, la geóloga presentó sus investigaciones en Malargüe, mientras la familia empezaba a trabajar con guías de la zona para recibir visitantes.

  • Caminata por dos de las tres cárcavas del volcán Malacara, en el paraje La Batra, departamento de Malargüe.
  • Tramo final con subida a un mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo.
  • Acceso administrado por la familia Quezada, en un campo donde antes criaban animales.
  • Recorrido habilitado a partir de las investigaciones de la geóloga de la UBA Corina Risso, iniciadas en 2000.
  • Ingreso inicialmente a caballo y, desde 2006, por una huella petrolera acondicionada para vehículos y maquinaria.

La transformación del campo fue de raíz: donde había corrales y pasturas hoy haysenderos señalizados, estacionamiento para visitantes y una propuesta que combina caminata, observación de las formaciones geológicas y esa parada final en el mirador, donde la vista se abre hacia la laguna y hacia la línea larga de la cordillera. Marta Quezada, de la familia que administra el predio, suele contar a los turistas que la decisión de volcarse al turismo no fue de un día para el otro, sino el resultado de años de escuchar las explicaciones de los geólogos y de aprender a mirar su propio cerro con otros ojos.

La visita termina al pie del cerro, con el cuerpo todavía oliendo a azufre suave y la cabeza llena de preguntas. A mí, que vengo de llanura, me gusta pensar que cada grieta del Malacara es una línea escrita por una mezcla improbable de fuego, agua y tiempo, y que la familia Quezada decidió, en lugar de tapar esas líneas, dejarlas leer. Lo que uno espera al bajar del mirador es volver a la vida cotidiana con la sensación de haber caminado, aunque sea un rato, por el interior de algo enorme que sigue contando su historia en silencio.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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