Albi, la joya de ladrillo rojo que el sur de Francia esconde entre el Tarn y los Pirineos
A casi mil kilómetros de Buenos Aires —y mucho menos de los Pirineos o el Mediterráneo—, esta ciudad medieval de cincuenta mil habitantes concentra la catedral de ladrillo más grande del mundo, un castillo del siglo XIII y el único museo del planeta dedicado a Toulouse-Lautrec. Un patrimonio que la UNESCO reconoció en 2010 y que se recorre, entero, caminando.
Les confieso que cuando uno empieza a armar un recorrido por el sur de Francia, los nombres que aparecen primero son Marsella, Niza, Aviñón, Carcasona. Albi no suena con la misma fuerza, y sin embargo es una de esas ciudades que, cuando se la conoce, deja una huella difícil de borrar. Queda en la región de Occitanie, en el valle del río Tarn, a unas pocas horas por carretera tanto de los Pirineos como de la costa mediterránea, y con apenas cincuenta mil habitantes y un casco histórico compacto, se recorre entera caminando, sin apuros y sin perderse nada importante.
Lo primero que llama la atención al llegar es el color. Albi es una ciudad de ladrillo rojizo, un material que no se eligió por capricho sino por necesidad: en la zona no había canteras de piedra, y los constructores medievales desarrollaron una tradición propia fabricando ladrillos con la tierra del propio río Tarn. Ese tono cálido y uniforme es el que le da a la ciudad una coherencia visual muy poco habitual y es, también, la pista que lleva directo a su monumento más descomunal: la catedral Sainte-Cécile.
La catedral de ladrillo más grande del mundo
La Sainte-Cécile está considerada la catedral de ladrillo más grande del planeta, con un campanario que se eleva hasta los 78 metros. Pero lo que más impresiona al entrar no es la escala, sino el color: conserva frescos de unos 18 metros cuadrados en un azul profundo que cubre buena parte del interior, y está considerada la catedral pintada más grande de Europa. La combinación de ese azul intenso con el rojo del ladrillo es de esas imágenes que uno no espera encontrar tan al sur, tan cerca de la frontera española.
Palacio de la Berbie: un castillo anterior al de los Papas
Pegado a la catedral, el Palacio de la Berbie es uno de los castillos más antiguos de Francia, construido en el siglo XIII, incluso antes que el Palacio de los Papas de Aviñón. Fue declarado monumento histórico en 1862 y hoy se conserva en un estado impecable. Su ubicación, en lo alto sobre el río Tarn, lo convierte en un mirador natural de la ciudad y del valle. Los jardines exteriores, de trazado a la francesa con canteros de formas arabescas y flores de colores al borde del agua, son de acceso gratuito todos los días hasta las 18 horas, y hasta las 19 en temporada estival. Vale la pena cruzarlos aunque no se visite el interior, porque desde ahí se entiende la lógica militar y visual del conjunto.
El único museo del mundo dedicado a Toulouse-Lautrec
Dentro del palacio funciona el Museo Toulouse-Lautrec, el único del planeta dedicado al artista nacido en Albi en 1864. La colección reúne más de 220 pinturas, 560 dibujos y 185 litografías, y recorre toda su trayectoria: desde las escenas rurales de juventud hasta los afiches del Moulin Rouge y los retratos de la vida nocturna parisina. La entrada al museo es independiente; los exteriores del palacio y los jardines, como ya quedó dicho, no tienen costo. Para quienes quieran entender de verdad al pintor, no hay mejor lugar en el mundo para hacerlo.
Un mapamundi del siglo VIII y los vinos de Gaillac
A ese patrimonio se suma otra pieza muy particular: el Mappa Mundi del siglo VIII, un pergamino considerado el más antiguo que representa al mundo, con 25 países identificados. Es un hito en la historia de la cartografía, y verlo de cerca es uno de esos pequeños privilegios que reservan las ciudades que todavía no fueron arrasadas por el turismo masivo. A las afueras del casco histórico, la región produce vinos bajo la Apelación de Origen Controlada Gaillac, con unas 400 propiedades vitivinícolas que se pueden visitar y donde, si el viajero se da maña, es posible degustar etiquetas muy poco conocidas fuera de Francia. La UNESCO declaró a Albi Patrimonio Mundial en 2010, un reconocimiento que, a esta altura, parece casi una formalidad: lo que la ciudad ofrece alcanza y sobra para entender por qué.
- Catedral Sainte-Cécile: la más grande del mundo construida en ladrillo, con frescos en azul profundo y un campanario de 78 metros.
- Palacio de la Berbie: castillo del siglo XIII, anterior al Palacio de los Papas de Aviñón; jardines gratuitos hasta las 18 (19 en verano).
- Museo Toulouse-Lautrec: la mayor colección del mundo del artista nacido en Albi en 1864, con más de 220 pinturas, 560 dibujos y 185 litografías.
- Mappa Mundi del siglo VIII: el pergamino cartográfico más antiguo que representa al mundo, con 25 países.
- Vinos AOC Gaillac: unas 400 bodegas para visitar en los alrededores de la ciudad.
Si me preguntan cuándo conviene ir, les digo lo que le escuché a una guía local mientras bajaba por uno de los miradores sobre el Tarn: la primavera y el inicio del otoño son los mejores momentos, porque el clima acompaña las caminatas y los jardines del Palacio de la Berbie están en su mejor momento de color. En verano hace calor, pero los horarios extendidos de los jardines y las tardes largas sobre el río compensan. Albi no es una ciudad para apurarse: es para caminarla despacio, mirar el ladrillo, asomarse al Tarn y, de paso, entender por qué Toulouse-Lautrec pintó como pintó.
