El lote que se llenó de almendros: la historia de Teresita, la jubilada que hizo nacer una chacra artesanal a orillas del Limay
En Plottier, Neuquén, una ex profesora de Biología transformó un terreno cubierto de malezas en Almendras del Limay, un emprendimiento familiar donde hoy cosechan, procesan y envasan a mano. La tierra también se volvió su refugio cuando, en plena pandemia, tuvo que pelearle a un cáncer.
Si uno se acerca hasta el barrio Piscicultura de Plottier, a metros del río Limay, va a encontrar una casa rodeada de almendros. No siempre fue así. Hace casi veinte años, cuando Teresita Peláez firmó la escritura de esa hectárea, lo que predominaba eran los yuyos altos y un alambrado que ya pedía a gritos una mano. Lo primero fue levantar la vivienda; lo segundo, pensar qué hacer con todo lo que sobraba alrededor. La pregunta quedó flotando un buen tiempo, esperando su momento.
La respuesta llegó casi de la mano del problema. Un agujero en el alambrado obligó a Teresita a intervenir ese sector del lote y ahí se le cruzó una idea: si igual tenía que trabajar la tierra para que no volviera a llenarse de malezas, mejor hacer algo que sirviera. Ya tenía un almendro solitario que años antes había plantado en otro rincón del terreno. La pregunta fue casi obvia: por qué no sumar más. Y así, sin demasiado protocolo, empezó todo.
Un hobby que se volvió emprendimiento
Antes de meter manos en la tierra, Teresita pasó por el Centro PyME de la zona, donde la ingeniera Silvana Moschini la asesoró y, según recuerda ella misma, la terminó de enamorar del cultivo. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", cuenta. En 2013 plantó los primeros árboles justamente donde había estado roto el alambrado. Dos años después agregó un segundo cuadro. Por entonces ella todavía daba clases de Biología y el proyecto era, en sus propias palabras, "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro". La ventaja práctica fue clave desde el arranque: las almendras no necesitan venderse después de la cosecha, y eso le permitía manejar los tiempos sin que el emprendimiento se le transformara en una carga extra.
- Almendras naturales, recién salidas de la cáscara.
- Almendras tostadas, para comer solas o usar en repostería.
- Almendras saladas, el clásico de la picada.
- Almendras garrapiñadas, el cruce dulce con el azúcar.
- Harina de almendras, el insumo que más creció en la demanda.
La tierra como refugio en pandemia
El campo fue creciendo para los costados sin que nadie lo planeara del todo. Los almendros abrieron la puerta a la apicultura, a las plantas aromáticas, a la huerta y, durante la pandemia, a la construcción de un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo de Teresita con la tierra tomó otra dimensión. Mientras el mundo se encerraba, ella recibió un diagnóstico de cáncer y empezó un tratamiento largo. Las tareas cotidianas del invernadero se convirtieron en una manera de sostenerse día a día. La vecina del barrio, María Inés, que la conoce desde hace años, me cuenta que la vio venir siempre con la pala en la mano y los guantes puestos, como si la chacra le devolviera algo que la medicina sola no alcanzaba a cubrir.
Hoy, ya jubilada de las aulas, Teresita se ocupa personalmente de cada etapa: poda, fertilización, cosecha y empaquetado. La acompaña de manera permanente José Luis, un hombre con experiencia en chacras que también se jubiló y se sumó al proyecto. "Es muy artesanal", repite ella cada vez que le preguntan por el volumen de producción. En un país donde abundan las historias de gente que vuelve al campo para empezar de nuevo, la de Teresita tiene un detalle que la distingue: empezó con lo que tenía a mano, aprendió en el camino y convirtió un terreno lleno de yuyos en un pequeño proyecto que ya lleva más de una década dando frutos. Nosotros, los que pasamos por la zona del Limay, la vemos ir y venir entre los almendros con la misma energía de siempre, como si la tierra le debiera todavía unas cuantas cosechas más. Lo que ella espera, dice, es seguir agrandando de a poco el cuadro de plantación y, sobre todo, no perder nunca esa cosa artesanal que la llevó a empezar.
