Cuando un mensaje se convierte en juicio: lo que la sobreinterpretación le hace a la pareja
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño detallan cómo los miedos propios y las experiencias pasadas transforman una respuesta corta o una demora en una pelea que nadie había buscado. La clave, dicen, está en distinguir lo que pasó de lo que imaginamos y volver a preguntar antes de sacar conclusiones.
Empiezo esta nota como empiezo muchas de las que escribo desde hace años: sentado en la mesa de la cocina de mi casa, en Santiago del Estero, con el teléfono al lado y la pantalla del chat de mi pareja abierta desde hace un rato. No digo que me pase todo el tiempo, pero a nosotros los santiagueños, y supongo que a los argentinos en general, nos cuesta horrores no leer de más un mensaje. Si tarda en contestar, si responde con un "ok", si pone un punto y seguido donde nosotros habríamos puesto un emoji, ahí nomás armamos una película. Y la película, casi siempre, termina en discusión.
De eso se trata justamente lo que explican las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño: de cómo la sobreinterpretación de mensajes se va metiendo en la confianza de la pareja hasta convertir una suposición en motivo de pelea. Las dos coinciden en algo que parece simple pero que en la práctica cuesta muchísimo: antes de responder un mensaje que nos genera malestar, conviene distinguir qué pasó y qué significado le estamos dando encima.
Lo que pasó, lo que imaginé y lo que siento
Carreño, que es neuropsicóloga, lo plantea con un ejemplo bien concreto: que la pareja haya contestado con pocas palabras es algo comprobable; que esté molesta, enojada o enojado, es una interpretación. Y esa interpretación, advierte, muchas veces nace de la ansiedad y se sostiene en el aire, sin datos. "Preguntar ayuda a disminuir la incertidumbre y la reacción de alerta", resume la especialista, que además pide aprender a convivir con respuestas que no llegan de inmediato. O sea: no siempre vamos a tener la explicación en el momento exacto en que aparece la inquietud.
Mammoliti suma otra propuesta, que a mí me parece de las más difíciles de aplicar: prestar atención a la emoción que nos despierta el intercambio. En vez de pasar horas tratando de descifrar a la otra persona, sugiere mirar para adentro y reconocer qué nos pasa frente a ese silencio o esa respuesta seca. Ese cambio de foco, dice, forma parte de las recomendaciones para interrumpir la lectura constante y recuperar una conversación directa, de persona a persona, y no de pantalla a pantalla.
Por qué el cerebro completa lo que no sabe
La explicación de por qué nos cuesta tanto frenar la sobreinterpretación también la dan las dos especialistas, y tiene bastante de neurociencia y bastante de historia personal. Carreño cuenta que, cuando falta información sobre los sentimientos o pensamientos del otro, el cerebro intenta anticiparlos. Para llenar ese hueco puede recurrir a vivencias anteriores, a temores viejos y a inseguridades de toda la vida. Así, una demora de diez minutos termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento que permita sostener esa conclusión.
Mammoliti, por su parte, señala que las experiencias dolorosas pesan mucho en la manera de leer las conductas de la pareja. Una necesidad de estar a solas, por caso, se puede percibir como indiferencia cuando existe miedo al abandono. La inseguridad, la baja autoestima o los antecedentes de infidelidad, enumera, alimentan la búsqueda de confirmaciones y el intento de controlar al otro. Yo conozco casos así, y créanme que duelen: gente querida que vive leyendo el chat como si fuera un detector de mentiras.
“Cuando esas conjeturas pasan a dirigir las respuestas, aparecen discusiones por situaciones imaginadas y pedidos reiterados de seguridad que afectan la confianza.”Karina Carreño, neuropsicóloga
Qué hacer, según las especialistas
- Distinguir lo que ocurrió de lo que imaginamos: separar el hecho concreto (respondió corto, tardó, no puso emoji) de la interpretación que le sumamos.
- Regular la ansiedad antes de contestar: respirar, esperar unos minutos, no escribir en caliente.
- Reconocer la emoción propia: preguntarse qué nos está pasando a nosotros frente a ese mensaje, en lugar de intentar adivinar lo que siente el otro.
- Preguntar de manera directa, sin acusar: abrir el diálogo para aclarar dudas en vez de dar por cierta una intención que todavía no conocemos.
- Aceptar que no siempre habrá respuesta inmediata: aprender a tolerar la incertidumbre sin llenarla con suposiciones.
- Volver a los hechos antes de reaccionar y, si hace falta, pedir una conversación cara a cara para salir de la pantalla.
Yo, que llevo años cubriendo temas de sociedad y vida, rescato de lo que dicen Mammoliti y Carreño algo que me parece enorme: la pelea casi nunca empieza en el mensaje, empieza en lo que cada uno le agrega. La propuesta de las dos especialistas es volver a los hechos, abrir el diálogo antes de que el daño se instale y, sobre todo, hacerse cargo de lo propio antes de exigirle al otro que nos saque la duda. Marta, una vecina de mi barrio que me cruzo cada mañana en la esquina, me decía el otro día, mientras esperábamos el colectivo, que ella aprendió hace tiempo a preguntar "¿estás bien?" antes de inventar la respuesta. Y eso, miren, es más sabio que cualquier manual. Ahora bien, lo que uno espera, y supongo que lo que esperamos todos los que alguna vez revisamos un chat con el ceño fruncido, es que la próxima vez que aparezca ese silencio o ese "ok" sospechoso, nos salga preguntar antes de sacar conclusiones. No es fácil, pero vale la pena intentarlo.
