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Coquito, el templo del pancho al paso en San Isidro que sobrevive desde la época de Perón

En una esquina a trescientos metros de la estación, dos familias sostienen desde hace siete décadas una propuesta mínima: panchos, cuatro aderezos clásicos y el licuado de banana que los clientes piden como si fuera un ritual. Abre todos los días y en Navidad llegan a armar 1.700 unidades.

Por Lautaro RoldánTurismo · 19 de septiembre de 2026 · hace 2 h

A casi treinta kilómetros del Obelisco, en el centro de San Isidro, hay un local de veinte metros cuadrados que todavía vive atado a una idea muy simple: vender un buen pancho y nada más. En Belgrano 92, a pocos pasos de la estación del Mitre, Coquito abrió sus puertas en 1955, cuando Gustavo Grandinetti y Atilio Rubini decidieron asociarse y poner un mostrador donde la gente comiera parada, deprisa, antes de subirse al tren o de seguir caminando por la calle.

Siete décadas después, esa lógica se mantiene intacta. El espacio no creció: conserva apenas cuatro banquetas pegadas a la pared y una barra enfrente del mostrador, pensada para apoyarse con el codo y terminar el pancho en pocos minutos. La mayoría de los clientes come de pie, rápido, y se va. Javier Rubini, que atiende el mostrador junto a su hermano Adrián, me cuenta que tuvieron la posibilidad de quedarse con el local de al lado y ganar metros, pero prefirieron no tocar lo que ya funciona.

Qué se sirve y cuánto sale

  • Panchos medianos: $5.000.
  • Licuado de banana como bebida clásica.
  • Aderezos en la barra: mostaza, mayonesa, kétchup, salsa golf, mostaza con miel, alioli y sriracha.
  • No se sirven papas fritas, ni como guarnición ni para coronar el pancho.
  • Aceptan efectivo y pagos electrónicos.

El pan se cocina en una panadería de Acassuso, con una receta y un tamaño pensados a pedido de los dueños. Antes de armar cada pancho lo calientan a baño maría para que el vapor lo humedezca y quede suave, casi como si recién saliera del horno. La salchicha, de estilo alemán y con piel, se fabrica especialmente para el negocio y llega pasteurizada, así que unos minutos de calor alcanzan para terminar la cocción sin perder el jugo.

“Cuando nos piden veinte o treinta panchos para un cumpleaños o una reunión, preferimos entregarlos por tandas. Así el último sale caliente como el primero.”Javier Rubini

Los horarios se acomodan al ritmo de la estación: de lunes a sábado atienden de 8 a 20.15, y los domingos de 10 a 18.30. Los sábados la cuadra se vuelve peatonal y la fila, si es que hay fila, se estira sobre la vereda. En un día normal salen más de mil panchos, pero el 23 y el 24 de diciembre el número se dispara hasta los 1.700, una marca que la familia Rubini-Grandinetti ya tiene registrada como parte del calendario anual del negocio.

Una fórmula que se pasa de generación

Entre los clientes se mezclan vecinos que vienen desde chicos, gente del sur y del oeste bonaerense que conoció Coquito por las redes, y pasajeros que bajan del tren con el tiempo justo para pedir un pancho y un licuado. Esa es, justamente, la magia de un lugar así: no necesita más que una receta probada, una esquina con movimiento y la decisión de no agrandarse nunca. Si pasan por San Isidro en una tarde de primavera, dense el gusto: paren en Belgrano 92, pidan el pancho con mostaza y miel y terminen con un licuado de banana bien frío. Van a entender por qué, después de setenta años, sigue siendo el mismo ritual de siempre.

LR

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