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Café, notebook y modelos: cómo funcionan los bares que prestan capacidad de cómputo para inteligencia artificial

La propuesta ya tiene locales en Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Alemania y China. El cliente llega con su computadora, consume una bebida y accede a equipos que ejecutan modelos de IA durante su estadía.

Por Julieta CorvalánTecnología · 19 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Un desarrollador se sienta en la barra, pide un café con leche y abre su notebook. En pocos segundos ya está entrenando un modelo chico desde la red del local, sin haber contratado una suscripción en la nube ni haber comprado una placa de video dedicada. Esa escena, todavía poco habitual, empieza a replicarse en bares de inteligencia artificial que repartidos entre Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Alemania y China ofrecen acceso a capacidad de cómputo como parte del consumo de una bebida.

La mecánica es simple. El cliente llega con su computadora, pide algo en la barra y se conecta a la infraestructura del establecimiento. Esa conexión puede hacerse por una red local, por un código QR o por el mecanismo que disponga cada negocio. A partir de ahí, trabaja desde su propio equipo, pero apoyándose en los recursos que el bar pone a disposición para correr modelos de inteligencia artificial. El resultado es un espacio que se parece a un coworking pero con la barra como servicio central.

Qué se puede hacer en la barra

  • Programar aplicaciones que usan modelos de IA, ajustando código y probando prototipos.
  • Generar contenido, desde textos hasta imágenes o audio, según las herramientas habilitadas.
  • Analizar información, procesando bases de datos o entrenando modelos con conjuntos de datos propios.
  • Experimentar con modelos sin tener que contratar infraestructura en la nube o comprar hardware a medida.

Un caso de uso bien concreto: un estudiante de Santiago del Estero que necesita correr un modelo de lenguaje sobre el corpus de un trabajo final. En su casa no tiene GPU, así que se acerca a uno de estos bares, pide un café y usa la capacidad de cómputo del local para entrenar y ajustar el modelo durante una o dos horas. Cuando termina, se va con el resultado en su notebook. No contrató un servicio, no alquiló un servidor: lo resolvió con el consumo de una bebida.

Las condiciones, eso sí, no son parecidas en todos lados. El uso se mide en tokens, que son las unidades que consumen los modelos de IA cada vez que procesan texto o generan una respuesta. Algunos bares permiten un consumo ilimitado mientras el cliente permanezca sentado; otros limitan la cantidad de tokens o restringen qué modelos se pueden usar. Tampoco la oferta de herramientas es uniforme: hay locales orientados a una aplicación específica y otros que prestan infraestructura más general para distintas tareas.

Lo que sostiene el modelo

Detrás del mostrador, el bar funciona como un pequeño centro de datos. Eso implica comprar y mantener equipos, pagar el consumo eléctrico extra y asegurar la refrigeración para que las máquinas no se sobrecalienten. Son costos que un bar tradicional no tiene y que cualquier local que sume esta propuesta debe asumir como parte del negocio.

El esquema, igual, todavía deja preguntas abiertas. La utilidad concreta depende de qué herramientas ofrezca cada local y de qué tarea quiera resolver cada persona. Falta ver cómo escala un modelo que necesita hardware caro, clientes con proyectos pesados y márgenes tan ajustados como los de un bar. Por ahora, la promesa está clara: ir a tomar algo y volver con el trabajo de IA ya adelantado.

JC

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