Por qué algunos despiertan recordando cada sueño y otros no conservan ni una imagen
Una investigación reciente siguió durante quince días a 217 adultos y detectó qué condiciones hacen que la mente retenga lo que soñó. La edad, la forma de dormir esa noche y hasta la luz del cuarto entran en la cuenta.
Empiezo la mañana como cualquier vecino de mi barrio, con el mate en la cocina y la radio bajita. En la mesa de al lado, doña Estela me cuenta que ella sueña todas las noches y que se acuerda de todo: el patio, la lluvia, la cara de un hermano que ya no está. Mi vecina del otro lado, en cambio, asegura que ella cierra los ojos, se duerme como una piedra y amanece en blanco, sin una sola imagen que le haya quedado colgada de la noche. Las dos son personas serias, de trabajo y de fe. Ninguna miente. Entonces me puse a investigar por qué a algunas personas se les queda el sueño pegado al despertar y a otras se les borra como si nunca hubiera pasado.
Un estudio publicado en la revista Communications Psychology se propuso justamente responder esa pregunta, que parece menor pero toca uno de los misterios más viejos de la experiencia humana. Para eso, los investigadores convocaron a 217 adultos sanos, de entre 18 y 70 años, y los siguieron durante quince días seguidos. Cada mañana, los participantes tenían que anotar si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo fue juntando datos demográficos, psicológicos y de descanso, con pulseras de monitoreo nocturno y pruebas específicas sobre cómo funciona la atención y la memoria de cada uno.
Lo que apareció en los datos
- La actitud atenta hacia los propios sueños: quienes se interesan por lo que sueñan y lo registran tienden a recordarlo más.
- La divagación mental, es decir, la costumbre de la cabeza de irse sola, encadenando pensamientos sin rumbo, también favorece el recuerdo.
- La edad pesa: a medida que pasan los años, cambia la facilidad para retener ese contenido al despertar.
- La vulnerabilidad a la interferencia: si al abrir los ojos entra luz, ruido o un pensamiento consciente antes de que la memoria termine de fijar la escena, el sueño se pierde.
- La estructura de la noche: los episodios de descanso más largos, con menos sueño profundo y más fases livianas, dejan más recuerdos oníricos al amanecer.
El equipo también separó dos cosas que muchas veces se mezclan en la conversación de sobremesa. Una es recordar el contenido concreto del sueño: las escenas, las acciones, las emociones. La otra es lo que los especialistas llaman «sueño blanco»: esa sensación rara de despertar con la certeza absoluta de que algo se soñó, pero sin poder traer ni una imagen, ni un color, ni una palabra a la memoria. Esa segunda experiencia fue más frecuente en ciertos grupos del estudio y sirvió para confirmar algo que a nosotros, los que andamos preguntando por ahí, nos parece clave: soñar y recordar lo soñado no son la misma cosa, ni dependen de los mismos factores.
Lo que me llevo a casa, después de leer el paper y de mirar a mis vecinas, es que la diferencia no es capricho ni mala suerte. Tiene que ver con cómo está hecha cada cabeza y con cómo se durmió esa noche puntual. Si uno quiere conservar más sueños, parece razonable prestarles un poco de atención, evitar que el celular o la luz fuerte entren antes de que la memoria termine su trabajo y, sobre todo, no angustiarse cuando amanece en blanco: el sueño puede haber estado ahí igual, solo que se le escapó antes de que lo pudiéramos atrapar. Ahora sí, dejo la pava y me voy a dormir, a ver si esta noche se me acuerda algo.
