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Inflamación silenciosa: por qué la dieta importa más que cualquier suplemento para sentir menos cansancio

Harvard, la Mayo Clinic y la Cleveland Clinic coinciden en un mismo patrón alimentario para moderar la inflamación crónica, un proceso vinculado a la diabetes, la artritis y los problemas cardíacos. Qué hay que poner en la mesa y qué conviene dejar afuera.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 8 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Me detengo en la esquina de siempre, la de doña Marta y el kiosco de toda la vida, y le pregunto qué le deja el día después de comer. Me mira con esa cara que tenemos nosotros los santiagueños cuando algo nos preocupa de verdad y me dice, casi en susurro, que está cansada hasta de lavar los platos. No es un tema de edad ni de sueño, me aclara, es algo que viene de adentro y que no se va con una siesta. Lo que doña Marta describe sin saberlo tiene nombre médico: inflamación crónica, un estado en el que el sistema inmunitario se mantiene encendido en el tiempo, sin una infección que lo justifique, y que la ciencia viene asociando con enfermedades tan distintas entre sí como la diabetes, la artritis y los trastornos cardiovasculares.

La buena noticia, al menos para los que pasamos medio día pensando qué cocinar, es que el patrón alimentario que mejor ayuda a moderar ese proceso no depende de un superalimento milagroso ni de cápsulas importadas. Las revisiones de centros como la Universidad de Harvard, la Mayo Clinic y la Cleveland Clinic, en Estados Unidos, coinciden en apuntar a una combinación estable: verduras de hoja verde, frutas de colores intensos, legumbres, nueces, semillas, aceite de oliva extra virgen, pescados grasos y granos enteros. En criollo: volver a la cocina de la abuela, con más color en el plato y menos en la alacena.

Por qué esta forma de comer puede bajar la inflamación

El truco no está en un nutriente aislado sino en el combo. Estos alimentos comparten tres rasgos que interesan al cuerpo: aportan antioxidantes, esos compuestos que ayudan a neutralizar moléculas dañinas llamadas radicales libres; suman polifenoles, sustancias vegetales presentes en frutas, té, cacao y el aceite de oliva; y ofrecen fibra dietaria, que no sólo mejora el tránsito sino que además alimenta a las bacterias beneficiosas del intestino, un ecosistema cada vez más estudiado por su relación con el sistema inmunitario. A eso se suman las grasas no saturadas de los frutos secos, las semillas y el pescado, conocidas como omega 3, que también forman parte de esa estructura.

Qué dice la evidencia sobre el cansancio

Sobre el vínculo directo entre estos alimentos y la sensación de fatiga la ciencia todavía se mueve con cautela. Una revisión publicada en la revista Nutrients reunió 21 ensayos clínicos y encontró que una dieta con granos enteros ricos en fibra, vegetales con alto contenido de polifenoles y alimentos con omega 3 podría mejorar los síntomas de cansancio asociados con distintas enfermedades. El mismo trabajo aclara que la evidencia sigue siendo limitada y desigual, y que los resultados se vuelven más consistentes cuando se analiza la dieta completa y no un nutriente suelto en dosis altas. En otras palabras: sirve más un plato bien armado que una pastilla aislada.

Lo que conviene dejar afuera

Del otro lado del mostrador aparecen los protagonistas menos amigables: los carbohidratos refinados como el pan blanco y las galletitas, las bebidas azucaradas, las carnes rojas y procesadas, los fritos y, sobre todo, los ultraprocesados, esos productos de larga duración que llevan más de cinco ingredientes y nombres difíciles de pronunciar. Todos coinciden en estar asociados con una mayor carga inflamatoria. Reducir azúcares añadidos, sodio y grasas saturadas integra la misma lógica: no se trata de prohibirse nada para siempre sino de correr el eje de la alimentación hacia lo que nutre y alejarla de lo que sólo llena.

El paso a paso según los especialistas

La Cleveland Clinic advierte que los cambios bruscos rara vez se sostienen y recomienda un plazo de entre tres y seis meses para incorporar nuevos hábitos de forma gradual. El primer paso, según los especialistas, es revisar qué ultraprocesados y qué azúcares añadidos están viviendo hoy en la alacena y en la mesada. A partir de ahí, la idea es ir reemplazando, sin prisa pero sin pausa, hasta que el patrón completo se parezca lo más posible al de la lista de aliados que mencioné más arriba. No es una dieta de moda: es un cambio de chip que pide paciencia y constancia.

“Yo lo que quiero es poder jugar con los nietos sin que me duelan las rodillas y sin tener que tirarme en el sillón a las cinco de la tarde. Si cambiando lo que como puedo ganar eso, vale la pena intentarlo.”Marta, vecina del barrio
ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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