Martes, 22 de septiembre de 2026
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El celular que llevamos en el bolsillo y que no nos deja pensar en otra cosa

Un neurocientífico y un lingüista del CONICET explican por qué revisamos la pantalla sin que haya sonado una alerta, qué es el miedo a quedar afuera y de qué manera esa espera permanente termina robándonos memoria y atención en la vida cotidiana.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 22 de septiembre de 2026 · hace 3 h

Me crucé con esto una mañana cualquiera, en la cocina de mi casa, con la pava empezando a silbar y el pan todavía sin cortar. Lo vi en mi compañera, en mi hijo, y me lo vi en el espejo: la pantalla apagada sobre la mesa, pero igual la mano yendo a buscarla cada dos minutos. Ahí nomás me acordé de una investigación que da nombre y apellido a esa sensación y que, en lugar de retarnos por lo que hacemos, nos ayuda a entender por qué lo hacemos. La firma un equipo del CONICET y pone en palabras algo que, de tan cotidiano, a veces se nos pasa por alto: el celular ya no es un aparato, es una presencia.

Para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, la famosa vibración fantasma —esa que sentimos en el bolsillo y, cuando sacamos el teléfono, no es más que un roce de la tela o un ruido cercano— tiene una explicación bastante concreta. El cerebro se acostumbra a esperar un aviso, se queda pendiente de esa posible señal y entonces interpreta cualquier estímulo ambiguo como si fuera el teléfono avisando. Así de simple, y así de profundo. Es la expectativa de recibir mensajes la que termina moldeando nuestra atención, incluso cuando no estamos mirando la pantalla.

Miedo a quedarse afuera, sobre todo en la adolescencia

Hay un concepto que los autores recuperan y que a mí, como a tantas familias, me hizo ruido: el FOMO, por sus siglas en inglés, el miedo a quedarse afuera. Para los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones del grupo puede sentirse como una exclusión de su propio mundo. No se trata solamente de un chat: es no enterarse de un plan, no ver un meme, no poder sumarse a un intercambio. Esa preocupación, dicen los investigadores, abarca tanto las actividades que se están perdiendo como las conversaciones en las que no pueden participar. Y esa misma inquietud, trasladada a los adultos, también existe, aunque a veces le pongamos otros nombres.

Lo que más me preocupa como mamá y como periodista es lo que esos hábitos les hacen al resto del día. Ballarini y Bonnin lo describen con una claridad que duele: estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos que tenemos para concentrarnos en lo que está pasando alrededor. Relacionan, además, un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atención. Dicho de otro modo: mientras una parte de nuestra cabeza está esperando el próximo aviso, otra parte está en deuda con la conversación de la mesa, con el alumno que tenemos enfrente o con el libro que estamos leyendo.

Cómo reconocer la dependencia sin contar las horas de pantalla

Los autores de (Des)Conectados insisten en algo que me parece clave para charlar en casa: reconocer la dependencia no pasa solamente por contar cuántas veces desbloqueamos el celular. También pasa por advertir la preocupación por perderse algo, por la expectativa constante de que llegue un mensaje o por esa vibración fantasma que igual vamos a chequear. Las notificaciones que no existen, dicen, muestran que la espera puede mantenerse activa aunque no haya una alerta real. Ahí es donde, según los investigadores, empieza a notarse el costo.

  • Sentir el teléfono vibrar y, al sacarlo, no tener ninguna notificación: una señal típica de que el cerebro está pendiente del próximo aviso.
  • Preocuparse por no haber visto un mensaje a tiempo o por perderse una conversación grupal: la forma más clara del miedo a quedar afuera.
  • Volver una y otra vez a mirar la pantalla sin una razón concreta: un signo de que la atención ya se entrenó para esperar.
  • Notar que cuesta concentrarse en una charla, en una lectura o en una clase cuando el teléfono está cerca, aunque esté boca abajo y en silencio.
  • Vivir el momento de dejar el dispositivo como si se abandonara un lugar y no una herramienta: una pista de cuánto espacio ganó en la vida diaria.

Un cambio cultural que se mide en la atención

Ballarini y Bonnin no se quedan en el diagnóstico: ubican estos hábitos dentro de un cambio mucho más grande, que toca a nosotros los santiagueños tanto como al resto del país. Las pantallas hoy alojan conversaciones, vínculos y actividades que son parte de la vida diaria, casi como un comedor o una plaza. Por eso, dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta: puede sentirse, por un rato, como abandonar un espacio de encuentro. Esa mudanza, dicen, cambia lo que esperamos de los demás y de nosotros mismos.

La propuesta de los investigadores apunta, sobre todo, a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar. No es un llamado a tirar el celular a la basura, sino a volver a entrenarnos para prestar atención a lo que no vibra. Lo que uno espera, después de leerlos, es que se arme en cada casa una conversación honesta sobre cuánto del día se nos va en esa espera, y cuánto nos gustaría recuperar para lo que pasa del otro lado de la pantalla.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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