Aftas en la boca: por qué conviene no dejarlas pasar y cuándo toca pedir turno con el profesional
Aparecen, arden, molestan al comer y, casi siempre, se van solas. Pero hay señales claras que indican que la espera ya fue demasiado larga y que lo mejor es sentarse en el consultorio.
En una casa cualquiera de Santiago del Estero, donde las tardes se hacen largas y el mate comparte la mesa con el dolor de muela, a cualquiera le puede pasar esto: te levantás un martes con la lengua lastimada, pensás que es nada, te acordás de aquella comida ácida del domingo y seguís adelante. Pero la llaga sigue ahí al otro día, y al otro, y al otro. Ahí es cuando empieza la duda. Porque nosotros los santiagueños somos de aguantar lo que nos toca, de seguir trabajando con fiebre y de comer igual aunque duela, pero la boca tiene sus propios límites y conviene conocerlos.
Las aftas son heridas pequeñas pero tenaces que aparecen dentro de los labios, en las mejillas o sobre la lengua. Arden al hablar, molestan al comer un tomate o tomar un jugo de naranja y, en la enorme mayoría de los casos, se resuelven solas en una o dos semanas sin necesidad de tratamiento. No se contagian, lo cual es un dato que en la mesa familiar suele tranquilizar a más de uno, y afectan a cerca de una cuarta parte de la población a lo largo de la vida, según el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos.
Qué hacer cuando la molestia es leve
Para los cuadros leves, el manejo es bastante doméstico: geles de venta libre y enjuagues antisépticos pueden calmar el dolor mientras la lesión cumple su ciclo. Identificar el desencadenante también ayuda. La Clínica Mayo enumera varios: una mordedura accidental mientras se mastica, un cepillado demasiado enérgico con un cepillo de cerdas duras, el roce constante de un aparato de ortodoncia o de una prótesis mal ajustada, o el borde filoso de una pieza dental que raspa sin parar. Sumado a eso, los alimentos muy ácidos, picantes o salados irritan la zona y prolongan el malestar. Corregir ese factor, ajustar la prótesis o suavizar el cepillado, reduce las chances de que la llaga vuelva a aparecer.
Cuándo dejar de esperar
- Cuando la lesión supera las dos semanas sin cicatrizar.
- Cuando reaparece de forma repetida a lo largo de los meses.
- Cuando la afta es inusualmente grande.
- Cuando aparece una nueva llaga antes de que haya cerrado la anterior.
- Cuando el dolor no se controla, impide comer o beber, o se acompaña de fiebre.
Marta, vecina del barrio, me contaba mientras esperaba el colectivo que durante un año entero tuvo una llaga detrás de otra. Tomaba jugos de limón porque le habían dicho que era bueno para la anemia y nadie le había explicado que el ácido la estaba destrozando. Cuando finalmente fue al odontólogo, el profesional detectó que un bracket viejo le raspaba la encía y le mandó un análisis. Resultado: hierro bajo y ácido fólico en el piso. Desde entonces, nada de limones en ayunas y un suplemento recetado a medida.
El caso de Marta no es raro. La Clínica Mayo señala que las aftas que se repiten con frecuencia pueden vincularse a niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12. Esa asociación, sin embargo, no significa que cualquier persona con llagas recurrentes tenga una carencia ni que deba automedicarse con suplementos. Es el profesional quien evalúa, según la historia clínica y los síntomas, si corresponde hacer un análisis de sangre. Una revisión publicada en el repositorio científico PMC advierte, además, que antes de cargar la culpa de las lesiones a unas aftas recurrentes hay que descartar otras causas posibles, por lo que la evaluación en episodios frecuentes incluye revisar lo que pasa tanto dentro como fuera de la boca.
Una llaga ocasional no es motivo de alarma y, en general, la consulta cobra peso solo cuando aparecen las señales mencionadas. Pero si algo de lo que leíste se parece a lo que te viene pasando, no hay que estirar la espera: pedir turno con el odontólogo o con el médico de cabecera puede sacar de encima un problema que arrastra meses. Y lo que la persona espera, después de pasar por el consultorio, es algo bien simple: volver a comer un tomate sin que arda y dejar de pensar en la boca cada vez que se sienta a la mesa.
