Una montaña, una guerra y un Dalai Lama: Brad Pitt se mide con el Himalaya en «Siete años en el Tíbet»
La película de Jean-Jacques Annaud rescata la historia real del alpinista Heinrich Harrer, que pasó de prisionero en 1939 a amigo del líder espiritual tibetano. Repasamos la trama, sus dos ejes narrativos y el castigo que China les aplicó a su director y a su protagonista.
Tengo que confesarles que cada vez que me siento frente a la pantalla para escribir sobre una película que llega al corazón del Himalaya se me viene a la memoria aquel verso de Peteco Carabajal que dice más o menos que la montaña enseña cosas que el pueblo no se anima a contar, y la verdad es que no le falta razón, porque «Siete años en el Tíbet» es, ante todo, una historia de aprendizaje en lo más alto del mundo, de esas donde uno termina llegando al destino pero vuelve siendo otro, y eso, créanme, vale mucho más que cualquier hazaña deportiva. La propuesta que vuelve a las pantallas combina un viaje extremo por la cordillera más imponente del planeta con un recorrido íntimo, casi íntimo en demasía, por la vida de un hombre que se creía invulnerable y terminó aprendiendo a mirar el mundo con otros ojos, algo que a los cuarenta y tantos o a los sesenta, como es nuestro perfil de lectores, nos toca de cerca porque uno ya sabe que las montañas más duras suelen ser las que llevamos adentro.
Antes de la pantalla: la sala, el frío y una invitación a trepar
Antes de meternos de lleno con la película vale la pena imaginar la sala donde uno se acomoda para verla, porque en mi caso siempre elijo la butaca del medio, esa que queda justo debajo del aire acondicionado que siempre hace más ruido del que debería, y desde ahí, con el pocillo de café al lado y el celular en silencio, me dispongo a dejar que la pantalla me lleve bien lejos. La sala, a oscuras, se transforma en una especie de preámbulo silencioso que ya empieza a prepararte para el vértigo de las alturas, y cuando arranca el film y aparecen los primeros planos nevados del Himalaya uno entiende enseguida que no está frente a una aventura liviana sino frente a una historia que pesa, que duele y que, sobre todo, enseña.
Heinrich Harrer, el alpinista que dejó todo en 1939
La película se apoya en Brad Pitt para darle cuerpo y alma a Heinrich Harrer, un alpinista de élite que en 1939 toma una decisión de esas que marcan a fuego: se separa de su esposa, que está esperando un bebé, y se embarca en una expedición al Himalaya con la idea de escalar lo que nunca nadie había podido escalar. El arranque de la Segunda Guerra Mundial, claro, le cambia los planes a cualquiera por más valiente o por más obsesionado que esté con la montaña, y el protagonista termina cayendo prisionero, con lo cual la expedición deja de ser el centro de la película y la supervivencia pasa a ocupar ese lugar, algo que Annaud cuenta con pulso firme, sin golpes bajos, pero sin regalar nada.
- Pitt interpreta a Heinrich Harrer, un alpinista austríaco de élite que en 1939 deja a su esposa embarazada para sumarse a una expedición al Himalaya.
- El inicio de la Segunda Guerra Mundial lo deja prisionero y transforma la aventura en una historia de cautiverio y de fuga.
- Tras escapar, su recorrido lo lleva hasta el lugar donde vive el Dalai Lama, con quien construye una amistad que se vuelve el corazón del relato.
- El film trabaja sobre dos planos: el viaje íntimo del protagonista y el contexto de la preparación china para invadir el Tíbet.
La amistad con el Dalai Lama, el verdadero pico de la historia
Lo más lindo del film, a mi entender, no son las tomas majestuosas de la montaña ni las escenas de riesgo en la nieve, que las hay y son imponentes, sino el momento en que Harrer se cruza con el Dalai Lama y empieza a construir con él un vínculo que termina modificando el eje entero de la narración. Dejamos entonces la aventura pura para entrar en una zona más serena, más contemplativa, donde la cámara se toma su tiempo y deja que los silencios hablen, que es justamente lo que hace falta cuando uno quiere entender por qué un tipo duro, formado en una lógica de conquista y de récord, termina arrodillándose, en el mejor sentido de la palabra, frente a un niño que carga sobre los hombros el peso de un pueblo entero. Esa transformación, créanme, es lo que vuelve a «Siete años en el Tíbet» una película para revisitar cada tanto, sobre todo cuando uno siente que el mundo va demasiado rápido y necesita recordar que todavía existen los encuentros que nos cambian para bien.
Cuando la política se mete en la pantalla
Como si la trama no tuviera bastante peso propio, la película arrastra una historia detrás de cámara que también da que hablar, porque en 1997 las autoridades chinas decidieron prohibir los estrenos de Sony, una restricción que se mantuvo durante todo ese año como señal de disconformidad con el contenido del film, y además le aplicaron a Pitt y a Annaud prohibiciones de ingreso al país que en principio fueron establecidas de por vida, una decisión durísima que demuestra cómo a veces el cine toca fibras que van mucho más allá del arte y se meten de lleno con la geopolítica. La buena noticia es que nada es para siempre, ni siquiera los castigos más severos, y por eso el director pudo ingresar en 2012, donde incluso llegó a filmar después «El último lobo», mientras que Pitt consiguió entrar en 2014, así que aquel portazo inicial terminó aflojándose con el correr de los años, como suele pasar con casi todo en la vida si uno tiene la paciencia suficiente como para esperar.
Dónde y cuándo se puede ver
«Siete años en el Tíbet» se puede volver a ver en distintas plataformas de streaming y en canales de cable que suelen repasar la filmografía de Brad Pitt, así que lo más recomendable es chequear la grilla del servicio que cada uno tenga contratado para encontrar el día y el horario, porque el film merece una pantalla grande y, a poder ser, una tarde libre donde uno se entregue sin culpa al vértigo de la montaña y a la emoción de esa amistad que, a esta altura, ya es parte de la historia grande del cine de aventuras.
