La infancia que se rompe en silencio: cuando pedir ayuda se vuelve una carrera de obstáculos
Niños y adolescentes llegan a escuelas, consultorios y guardias con, hambre, marcas en la piel y relatos de violencia que cargaron durante años. Los equipos especializados son escasos, los servicios están desbordados y la respuesta aparece fragmentada entre la salud, la educación y la justicia, dejando a muchos chicos sin acompañamiento en los momentos más críticos.
En una casa cualquiera de Santiago del Estero, la mamá de Camila cierra la puerta de la pieza y se queda parada un momento, escuchando el silencio. Su hija de once años dejó de merendar hace tres meses, se despierta a las tres de la madrugada y se sienta en la cama con la mochila puesta, como si estuviera esperando un colectivo que nunca pasa. Cuando le pregunta qué le pasa, Camila le responde con un monosílabo y vuelve a mirar el techo. La mujer piensa que algo grave está pasando, pero no sabe a quién llamar ni a qué ventanilla golpear primero. Nosotros los santiagueños, que tantas veces cargamos las cosas puertas adentro, vemos cómo en los barrios la escena se repite: pibes que ya no duermen, que se aislan del grupo, que se hacen marcas en los brazos o que dicen, con una crudeza que nadie quiere escuchar, que no quieren seguir acá.
Lo que llega a las aulas, a los consultorios y a las guardias
En las escuelas, en los consultorios y en las guardias hospitalarias aparece el mismo patrón: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que expresan que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. María Esther, maestra de primaria en un barrio del oeste chaqueño, lo dice sin rodeos cuando la consulté: 'Yo veo nenes de siete años que ya no juegan, que se quedan pegados al cordón de la vereda mirando la nada. Y cuando les preguntás, te cuentan cosas que te destrozan, pero después te dicen que no le digas a nadie porque en la casa les va a ir peor'.
La violencia como punto de partida
La violencia ocupa un lugar central en el cuadro. Las estimaciones de UNICEF indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de los 18 años, mientras que entre los varones la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias queda silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus consecuencias sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se le suman los maltratos cotidianos, la negligencia y las humillaciones que pocas veces quedan registradas en algún expediente. Son situaciones que el sistema no contabiliza, pero que pesan como una mochila que el chico lleva a la escuela, al patio del barrio y a la mesa familiar.
Las plataformas digitales sumaron una capa nueva al problema. Los chicos quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas dejó de ser un simple hábito: en muchos casos funciona como un refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, un escape que después se vuelve otra trampa.
Aprender se vuelve cuesta arriba
Los resultados de las pruebas PISA 2025 aportan una señal más. Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, en esquivar un golpe o en el abandono. Nadie puede concentrarse en una ecuación si la cabeza está puesta en otra cosa.
Un sistema que llega tarde y a los pedazos
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la justicia recibe la infracción. El chico, en el medio, se pierde como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no se hablan entre sí. Los equipos de salud mental infantil son escasos, los presupuestos son ajustados y la capacitación docente para detectar sufrimiento psíquico brilla por su ausencia en la mayoría de las provincias. Así, lo que debería ser un abordaje integral termina convertido en una peregrinación por oficinas donde cada profesional mira su porción del problema y nadie se hace cargo del cuadro completo.
Lo que falta para que un chico pueda ser escuchado a tiempo
Si algo queda claro después de conversar con madres, docentes y profesionales es que el problema no es solo clínico ni solo educativo ni solo judicial: es de toda la sociedad. Los especialistas remarcan algunos puntos clave:
- Faltan profesionales de salud mental infantil en el sistema público, sobre todo fuera de los grandes centros urbanos.
- Los tiempos de espera en los servicios especializados pueden ir de varios meses a más de un año.
- No hay protocolos compartidos entre escuelas, centros de salud y juzgados para seguir a un mismo chico.
- La formación docente en detección temprana de sufrimiento psíquico es insuficiente o directamente inexistente.
- Los presupuestos en salud mental siguen siendo marginales dentro de los ministerios de Salud de casi todas las provincias.
Después de escuchar a María Esther y a varias mamás como la de Camila, lo que más me queda dando vueltas es esa pregunta que se repite en todas las voces: si nosotros, como sociedad, tardamos tanto en escuchar a un pibe que está pidiendo ayuda a los gritos, qué podemos esperar que pase cuando el pedido sea un susurro o un silencio. La respuesta está todavía abierta, y depende de que nos animemos a dejar de mirar para otro lado antes de que sea tarde.
