Lunes, 14 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
PortadaVida
Vida /

El baño de bosque, una pausa entre árboles que el cuerpo reconoce

Una práctica nacida en Japón en los años ochenta propone caminar sin apuro ni teléfono por entornos verdes. La evidencia científica empieza a mostrar qué le hace al organismo y por qué basta con una plaza y media hora.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 14 de septiembre de 2026 · hace 1 h

En la esquina de cualquier barrio de Santiago del Estero, un sábado a la mañana, se ve de todo: familias que vuelven del mercado, chicos en bicicleta, alguna señora que se sienta en el banco de la plaza a tomar mates. Ahora imaginemos, por un rato, que esa plaza tiene añosos algarrobos y quebrachos, que el ruido de la ciudad baja unos decibeles y que uno se obliga a caminar lento, sin mirar el teléfono, sin pensar en la lista de cosas pendientes. Eso, traducido a la tradición japonesa, tiene un nombre: shinrin-yoku, el llamado baño de bosque. Y aunque suena a moda llegada del otro lado del mundo, nosotros los santiagueños tenemos a mano la materia prima que esa práctica pide a gritos: árboles, sombra y tiempo.

La historia arranca en 1982, en plena transformación industrial y urbana de Japón. El estrés laboral crónico se había vuelto un problema de salud pública y el gobierno buscó estrategias para que la gente recuperara contacto con los espacios naturales del país. Así nació el shinrin-yoku, un término que se traduce, simple, como baño de bosque. La propuesta no tenía nada de compleja: caminar lentamente por un entorno arbolado, sin cronómetro ni objetivo físico, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. Nada más que eso.

Qué le pasa al cuerpo cuando uno se interna en lo verde

Con el paso de las décadas, distintos equipos de investigación se pusieron a medir qué ocurre en el organismo durante esas caminatas. Los resultados más consistentes apuntan a una reducción de indicadores fisiológicos del estrés, entre ellos el cortisol, y a cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, esa rama del sistema nervioso que se activa cuando estamos en alerta. También se estudió la posible influencia de los fitoncidas, compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea de investigación todavía no permite sacar conclusiones definitivas.

Una hipótesis sobre el mecanismo tiene que ver con la sobrecarga de atención que caracteriza la vida cotidiana moderna: notificaciones, pantallas, decisiones y estímulos que exigen respuesta permanente. El entorno forestal no impone esa vigilancia. Sin esa presión, la atención pasa de un modo reactivo a uno más tranquilo, lo que podría explicar la sensación de claridad mental que muchas personas describen después de caminar entre árboles. Como me decía Alcira, una vecina del barrio Miski Mayu, cada vez que se interna en el monte a juntar hierbas: «Vuelvo como nueva, con la cabeza ordenada y los brazos descansados, aunque haya caminado tres horas».

Lo que la práctica pide y lo que se puede hacer acá

  • Elegir un lugar con árboles, por chico que sea: una plaza, un parque urbano o un patio con sombra sirven como punto de partida.
  • Caminar sin apuro y sin meta deportiva: el objetivo no es quemar calorías sino bajar el ritmo interno.
  • Dejar el teléfono en modo avión o, mejor todavía, en el bolsillo y en silencio, para evitar la tentación de mirar cada aviso.
  • Prestar atención a los sentidos: mirar las texturas de las cortezas, escuchar los pájaros, oler la tierra húmeda, notar la temperatura del aire.
  • Dedicarle al menos veinte o treinta minutos de manera continua, sin interrupciones.
  • Repetir la experiencia con cierta regularidad, porque los efectos parecen acumularse con la práctica.

Vale aclarar que la mayor parte de los estudios comparan el bosque con ambientes urbanos, de modo que no es posible aislar con exactitud cuánto del efecto proviene de los árboles en sí y cuánto de factores asociados: el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o simplemente alejarse unas horas de las obligaciones habituales. Lo que sí parece sostenerse es una idea más amplia: el sistema nervioso responde al ambiente donde funciona, no solo a técnicas o decisiones conscientes. Y durante la mayor parte de la historia humana, ese ambiente fue natural. La vida urbana, en cambio, es relativamente reciente.

Cuando uno termina de leer todo esto y mira por la ventana, lo que aparece es la cuadra de siempre, con sus motos y sus colectivos. Pero a dos o trescientos metros, casi con seguridad, hay una plaza con algún árbol añoso esperando. La invitación, entonces, es concreta: sacar media hora del reloj, dejar el celular en la mesa y meterse entre las ramas con los cinco bien abiertos. No hace falta un bosque lejano para empezar a sentirse un poco mejor. Lo que cada uno espera, al terminar la caminata, es justamente eso: volver a casa con la cabeza un poco más liviana y el cuerpo un poco más en calma.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

Te puede interesar