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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Cuando lo que ven los ojos no es lo que ven los demás: señales para no dejar pasar el tiempo

Alucinaciones, delirios y otras alteraciones de la percepción no son caprichos ni exageraciones: conocer la diferencia entre una distorsión, una alucinación y un delirio puede ser el primer paso para pedir una evaluación a tiempo.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · · hace 1 h
Cuando lo que ven los ojos no es lo que ven los demás: señales para no dejar pasar el tiempo

A veces uno se cruza con la vecina Marta en la esquina del barrio y ella cuenta, con una mezcla de vergüenza y alivio, que hace meses viene viendo cosas que el resto de la familia no ve. No son luces ni sombras: son figuras, rostros, escenas completas que aparecen cuando está sola en la cocina o a la madrugada. Marta tiene 72 años, perdió mucha visión en los últimos años y nunca se animó a contárselo al médico de cabecera por miedo a que le dijeran que se estaba volviendo loca. Esa es, justamente, la clase de historia que los especialistas piden que dejemos de naturalizar: no hace falta tener un diagnóstico claro en la cabeza para saber que algo cambió y que eso merece una consulta.

Nosotros los santiagueños solemos cargar con la idea de que a las cosas hay que aguantarlas, de que consultar por estas cuestiones es exagerar o, peor aún, de que ya van a pasar solas. Pero los especialistas son tajantes: los cambios repentinos en la vista, las distorsiones persistentes del tamaño de los objetos o las sensaciones físicas sin una causa que las explique son motivos de consulta, y también lo son las creencias firmes sobre la salud o sobre las personas cercanas cuando provocan un malestar intenso y empiezan a arruinar los vínculos de todos los días.

No es lo mismo distorsionar que alucinar

Para orientarnos en este terreno resbaladizo, conviene aprender a distinguir tres experiencias que suelen aparecer mezcladas en las conversaciones de la sobremesa. La distorsión modifica algo que está ahí afuera: por ejemplo, sentir que una habitación se hizo enorme o que las paredes se acercan. La alucinación, en cambio, supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca: ver una persona donde no hay nadie, escuchar una voz que nadie más escucha. El delirio es otra cosa: es una creencia fija, sostenida con conviction a pesar de que haya pruebas en contra, como estar convencido de que un ser querido fue reemplazado por un impostor o de que uno mismo se transformó en otro ser.

  • Distorsión: cambia la percepción de algo que existe (una habitación que parece más grande o más chica).
  • Alucinación: aparece algo que no tiene estímulo externo (una imagen, una voz, un olor sin causa).
  • Delirio: una creencia firme que se mantiene aunque haya evidencias en contrario, y que suele generar mucho sufrimiento.

Ver figuritas que nadie más ve no quiere decir, por sí solo, que haya una enfermedad psiquiátrica. Hay un cuadro conocido como síndrome de Charles Bonnet, que puede aparecer en personas con pérdida importante de visión: la persona percibe imágenes complejas, incluso detalladas, y muchas veces reconoce que no son reales. En estos casos, la evaluación médica contempla exámenes neurológicos y cognitivos, y cuando la presentación es atípica se piden estudios de neuroimagen para descartar otras causas que nada tienen que ver con la psiquiatría.

Las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno también piden contexto clínico. El síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, por ejemplo, puede modificar la percepción visual, la sensación del propio cuerpo y hasta la noción del tiempo. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura científica encontró que la migraña era la causa más frecuente en personas adultas, mientras que en menores de 18 años predominaban las encefalitis. Son datos que sirven para entender por qué los médicos no se apuran a etiquetar: detrás de la misma sensación puede haber causas muy distintas, y el tratamiento cambia de raíz.

Algo similar pasa cuando alguien siente que tiene organismos caminando sobre la piel o debajo de ella. Antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico, la evaluación tiene que descartar una infestación real, pero también déficits vitamínicos, problemas de tiroides, infecciones y consumo de ciertas sustancias. Es un paso a paso que la persona no puede hacer sola en su casa, por más googleos que le meta. Por eso, la recomendación de los profesionales es siempre la misma: ante la duda, consultar, y dejar que sea el equipo de salud el que vaya descartando o confirmando hasta llegar a lo que cada uno necesita.

Y acá viene lo que la vecina Marta, y la mayoría de nosotros, esperamos que pase de aquí en adelante: que estas conversaciones se den sin stigma, en la sala de espera del centro de salud o en la consulta con el médico de cabecera, sin que nadie tenga que pasar años convencido de que lo que le pasa es un defecto de carácter o un castigo. Pedir una evaluación no es rendirse, es empezar a entenderse.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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