Cuando el cuerpo sigue funcionando pero la cabeza ya está en otra parte: así se cuela el estrés crónico en la vida cotidiana
Despertar agotado, perder el hilo a mitad de frase o explotar por una tontera suelen parecer cosas sin importancia. Especialistas y estudios recientes coinciden en que ese combo es la huella de un estado de alerta que se cronificó sin que la rutina lo delatara.
La casa de Norma queda a media cuadra de la plaza, en un barrio donde todavía se escuchan las palomas antes que los autos. Ella atiende la puerta con el pelo todavía húmedo y una taza de café que humea entre las manos. Tiene 52 años, dos hijas grandes y un trabajo que le gusta, pero cuenta que hace meses que se levanta como si no hubiera pegado un ojo. "Me acuesto a las once, me duermo a las dos y a las tres ya estoy mirando el techo. Después arranco el día como si fuera una máquina y a las cinco de la tarde me caigo", dice, con la naturalidad de quien describe algo tan cotidiano como llover. Norma no se reconoce como alguien que esté mal: su casa sigue ordenada, las cuentas se pagan, las amigas la ven igual que siempre. Lo que no sabe, o todavía no se anima a admitir, es que ese agotamiento que se repite tiene nombre y apellido clínico: estrés crónico, un cuadro que, según los expertos, avanza silenciosamente mientras la vida de afuera parece seguir en orden.
La trampa de funcionar por fuera y estar roto por dentro
Para nosotros los santiagueños, y para cualquiera que haya criado hijos, sostenido un empleo y atendido a los padres al mismo tiempo, hablar de "estrés" suena casi redundante. Sin embargo, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos vienen insistiendo en un punto clave: no es lo mismo atravesar una semana infernal que vivir con la alarma interna encendida todo el tiempo. En la primera situación, el cuerpo se recupera; en la segunda, se desgasta. Lo peligroso es que, como le pasa a Norma, la rutina muchas veces sigue adelante, llega al trabajo, responde mensajes, cumple con todo, mientras por dentro se cocina un agotamiento que nadie ve.
Los síntomas rara vez llegan juntos. Se presentan sueltos, casi disimulados, y por eso cuesta encajar las piezas. Un día es el insomnio de las tres de la mañana, otro es olvidar a mitad de frase lo que uno iba a decir, y al siguiente es explotar de bronca porque el colectivo no llega o porque el pibe de la verdulería se equivocó con el vuelto. Tomados por separado parecen anécdotas; sumados, dibujan un patrón.
- Dificultades para dormir, con despertares nocturnos sin motivo claro y sensación de no haber descansado al levantarse.
- Problemas de concentración, olvidos frecuentes y sensación de que la cabeza funciona "en cámara lenta".
- Irritabilidad creciente: reacciones intensas ante situaciones que antes se resolvían con una sonrisa.
- Cambios de humor, ansiedad difusa y una sensación persistente de que algo no anda bien sin poder precisar qué.
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology reunió 45 revisiones previas y más de 2.000 estudios sobre el tema, y llegó a una conclusión que no sorprende pero preocupa: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés sostenido. La atención se resiente, la memoria se vuelve más frágil y las llamadas funciones ejecutivas, es decir, planificar, organizarse, decidir y resolver problemas simples, se ejecutan con un esfuerzo mucho mayor del habitual. Otro estudio, publicado en 2024 en Neurobiology of Stress, agregó que la exposición prolongada a este estado puede deteriorar la memoria de trabajo, la flexibilidad para cambiar de tarea y el control sobre los propios impulsos.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
En los últimos tiempos empezó a circular en redes y espacios de bienestar una expresión que no es un diagnóstico clínico pero sirve para nombrar lo que muchos sienten: el llamado "modo supervivencia". Describe justo ese estado de alerta permanente en el que el cuerpo opera como si estuviera escapando de algo, aunque no haya nada concreto de lo que huir. No se trata de un invento ni de una moda: funciona como una etiqueta útil para ordenar señales que, vistas de a una, parecen intrascendentes. Lo que importa, remarcan los especialistas, no es la etiqueta en sí sino el patrón: dormir cada vez peor, irritarse con facilidad, perder hilo mental y sentir que cualquier esfuerzo extra sale carísimo.
Norma todavía no fue al médico, aunque su hija menor se lo pide cada vez que la visita. Cuenta que ella siempre fue de "banking", de aguantar y seguir, y que pedir ayuda le cuesta. Pero mientras tanto empieza a notar cosas: que se olvida de apagar la hornalla, que se le pasó una fecha del colegio de los nietos, que el otro día lloró sin razón aparente mirando una publicidad. Espera, me dice mientras se acomoda el pelo, que esta nota le sirva para entender que no es exagerada y que lo que le pasa tiene solución, siempre que se lo tome en serio antes de que el cuerpo termine de cobrarse la factura.
