Chacagiales, el área informal que une Chacarita y Colegiales y se metió en un ranking mundial de barrios
A unos seis kilómetros del centro porteño, la zona que no figura en los mapas oficiales combina gastronomía, talleres y casas bajas. Ahora ocupa el puesto 22 en una lista internacional que lidera un barrio de Seúl.
A poco más de seis kilómetros del Obelisco, si uno toma la Avenida Corrientes hacia el norte y se desvía después por alguna de las calles laterales, termina entrando en un sector que los mapas oficiales no reconocen como tal pero que los porteños empezaron a nombrar hace ya un tiempo: Chacagiales, una denominación informal que junta a Chacarita con Colegiales y que ahora aparece en el puesto 22 de un ranking internacional de barrios difundido en 2026.
La falta de fronteras administrativas no es un problema cuando se trata de ubicar el área: la Plaza Mafalda, con su escultura de la criatura de Quino rodeada de chicos de bronze, y el Parque Ferroviario Colegiales, nacido sobre los antiguos playones de carga del ferrocarril, funcionan como los dos mojones más confiables para situarse. Entre uno y otro se despliega una trama de calles arboladas, veredas amplias y casas bajas que todavía conservan el ritmo de barrio.
Un reconocimiento que miró la vida cotidiana
La selección que puso a Chacagiales en ese lugar no se quedó en la foto turística. Según el material al que tuve acceso, la evaluación ponderó la oferta gastronómica, la movida nocturna, el comercio independiente, las condiciones para vivir y los vínculos comunitarios. En esos rubros, el área fue sumando puntos a fuerza de bares que abrieron en viejas casonas, de talleres mecánicos que siguen atendiendo como hace décadas y de locales de diseño que se instalaron en depósitos que quedaron en desuso.
- La lista de 40 barrios fue encabezada por Jongno 3-ga, en Seúl.
- El segundo puesto correspondió a L'Ocean, en Rabat.
- Tercero quedó Neos Kosmos, en Atenas.
- Chacagiales se posicionó en el lugar 22.
- El criterio combinó gastronomía, vida nocturna, comercio independiente, condiciones residenciales y vida de barrio.
Lo que se ve al caminarlo confirma esa lectura. Me lo dijo un comerciante de la zona, mientras acomodaba la vereda de su local sobre la calle Dorrego: que el secreto del área es que nunca se terminó de convertir en nada, porque conviven el taller, la galería de arte y el bar de toda la vida sin que ninguno le patee el mostrador al otro. Esa coexistencia, que en otros puntos de la Ciudad se rompió hace tiempo, parece ser parte del encanto que ahora miraron desde afuera.
Qué tener en cuenta antes de ir
Para quien quiera conocerlo, lo más práctico es olvidarse del nombre como límite y usarlo como referencia. La recorrida se arma mejor a pie, deteniéndose en las manzanas que rodean al Parque Ferroviario y bajando después hacia el corredor gastronómico de Chacarita. La zona no cobra entrada en ninguno de sus espacios públicos: la plaza y el parque son de acceso libre, y la mayoría de los bares y locales no tiene ticket de ingreso, aunque algunos shows o ferias puntuales pueden pedir un cubierto módico. Conviene ir de día para tomar dimensión del paisaje residencial y de noche para ver la otra cara, la de la movida que crece después de las veinte.
Si tengo que dejar una recomendación de temporada, me quedo con el otoño porteño: las hojas de los jacarandás y los plátanos empiezan a cambiar de color, las temperaturas son amables para caminar y la zona gana una luz que favorece tanto a las veredas anchas de Colegiales como a las fachadas recicladas de Chacarita. Es, además, cuando la Plaza Mafalda se llena de familias y el Parque Ferroviario muestra su mejor versión, la que justifica el viaje de cualquier lector que quiera entender por qué un pedacito sin nombre oficial de Buenos Aires terminó llamando la atención del mundo.
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