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Adiós al samurái del mecha: "Kuromukuro" se va de Netflix y se lleva su misterio a otra parte

La serie de robots gigantes y guerreros feudales de P.A. Works deja de estar disponible el 3 de octubre y, por ahora, ningún otro servicio la confirmó en su catálogo. Un repaso por una rareza que se ganó su lugar en el nicho.

Por Pablo TrejoCultura y espectáculos · 14 de septiembre de 2026 · hace 54 min

"Viene clareando ya, mi cielito, viene clareando" podría cantarle cualquier amanecer santiagueño al samurái Kennosuke Tokisada Ouma mientras parpadea atónito frente a una pantalla de plasma, pero la verdadera rareza de esta nota no es el folklore sino el reloj: ese personaje llevaba dormido siglos y abre los ojos en nuestro siglo, confundido, en una sala de investigación japonesa donde todo brilla y nadie le explica nada. Antes de hablar de robots y de extraterrestres, hay que quedarse un ratito en ese pasillo blanco, en esa luz de laboratorio que parece de hospital pero suena a fábrica, porque la serie toma su tiempo ahí, en el desconcierto del guerrero que no entiende ni el teléfono ni el termo de yerba, y ese pasillo es, en buena medida, el verdadero patio de la historia.

La serie en cuestión se llama Kuromukuro y, como me tocó confirmar mientras la revisaba para esta nota, tiene los días contados en Netflix: el próximo 3 de octubre deja de formar parte del catálogo de la plataforma y, hasta donde pude chequear, no hay todavía anuncio de que vaya a recalar en otro servicio de streaming. Para una producción japonesa de hace casi diez años, no es un dato menor: significa que, al menos por un tiempo, va a quedar fuera del alcance cómodo del público que la mira por esa vía, esa audiencia enorme que se dejó tentar por el botón de reproducir y nunca más volvió a pensar en lo que estaba del otro lado.

Un samurái en el aula, una chica con la mirada en Marte

La puerta de entrada es, como tantas veces en el animé, una escuela: Yukina Shirahane es una estudiante secundaria obsesionada con la idea de pisar Marte y termina, casi sin buscarlo, como piloto de un mecha capturado a una fuerza invasora de origen extraterrestre. Del otro lado del asiento, Kennosuke, un guerrero del Japón feudal que despertó dentro de un artefacto misterioso y que carga consigo un código de honor anterior al avión, al motor y, sobre todo, al Wi Fi. La combinación es de manual, lo sé: robots gigantes más figura del samurái fuera de época más romance larval entre los dos pilotos. Pero acá, y esto es lo que me interesa destacar, la serie no apura el enamoramiento ni la épica: deja que Yukina aprenda a leer a Kennosuke como se aprende a leer un mapa viejo, con paciencia, equivocándose varias veces.

“El choque cultural entre los dos protagonistas sostiene la serie tanto como las batallas de mechas; sin él, los combates serían sólo ruido metálico.”Trejo, desde la redacción

La producción la llevó adelante P.A. Works, un estudio japonés que en su momento presentó a Kuromukuro como parte de los festejo por sus quince años de trayectoria, y eso se nota en algunos encuadres de pueblos costeros y de interiores hogareños que están dibujados con una calidez poco habitual en el género. Son 26 episodios que cierran la historia de punta a punta, sin temporadas colgadas ni arcos abiertos a la espera de una confirmación que nunca llega: se puede ver de arranque a final sin quedar a mitad de camino, algo que, créanme, no es tan común como parece.

Una rareja que se pierde entre los estrenos

  • Llegó a Netflix en 2016, cuando el catálogo de animé en streaming era bastante más flaco que el actual, y se coló sin hacer demasiado ruido.
  • Su partida, el 3 de octubre, la deja fuera del alcance inmediato de la mayoría de los espectadores hasta que otro servicio la repesque, un movimiento que puede llevar meses.
  • Mezcla robots de combate, ciencia ficción y el choque entre un guerrero feudal y el mundo moderno, con una protagonista que sueña con pisar Marte.
  • La firma P.A. Works la produjo como parte de los festejo por sus quince años de actividad y la cuenta como una rareza dentro de su filmografía.

A mí, que llevo años viendo animé de todo pelo y condición, Kuromukuro siempre me pareció de esas series que aparecen poco en las conversaciones y mucho en las listas personales de quienes las descubren por accidente una madrugada: no es un fenómeno de masas, no generó comunidad enorme en redes, no tuvo Funko Pop ni remera en los paseos de crochet, pero tiene algo que a mí, particularmente, me ganó: el espacio para que sus personajes se equivoquen, duden, pregunten cosas obvias y se den cuenta tarde, como nos pasa a todos cuando alguien nuevo se sienta a la mesa. Esa incomodidad bien contada es, para mí, lo que la separa del resto del estante de mechas.

Por eso me parece un buen momento para recomendársela a quien no la haya cruzado nunca, y para despedirla con algo de culpa a quien la tenga pendiente en alguna lista: el 3 de octubre se va de Netflix y, hasta nuevo aviso, se va del streaming fácil. ¿La habían visto antes o es la primera vez que aparece en el radar? Porque si son de los que dicen "ya la voy a ver", les aviso, con la mejor de las ondas pero con cara de periodista viejo, que el siempre suele ser un jueves a las tres de la mañana y que ese jueves, a veces, no llega.

PT
Pablo TrejoCultura y espectáculos

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