Una ventana que se abre después de la quimio: le reimplantan su propio tejido testicular y sueña con ser padre
Un joven de 19 años, paciente del sistema de salud británico, recibió en agosto el autotrasplante experimental que ningún otro británico había tenido antes. El equipo médico seguirá de cerca la evolución durante ocho meses para saber si las células conservadas vuelven a fabricar espermatozoides.
Te voy a contar esto como si estuviéramos charlando en la cocina de una casa cualquiera, con la pava recién hervida y la ventana abierta a una calle angosta del barrio. A veces la medicina aparece en la vida de alguien con un cuidado tan silencioso que recién lo advertís cuando ya cambió todo, y eso es lo que me pasó cuando me enteré de la historia de este chico del que te quiero hablar hoy, porque a mí, que soy de Santiago del Carmen y conozco de memoria lo que significa bancarse una enfermedad lejos de casa, me partió y me emocionó a la vez, como nos pasa a todos nosotros los santiagueños cuando un avance de la ciencia le devuelve una esperanza a alguien que ya se había hecho a la idea de resignar algo.
El protagonista tiene 19 años, vive en el Reino Unido, y hace tres años, cuando todavía era un adolescente, le diagnosticaron un trastorno sanguíneo grave que requería un trasplante de médula ósea. Antes de empezar el tratamiento, en 2023, los médicos le ofrecieron algo que por entonces sonaba casi a ciencia ficción: guardar una pequeña muestra de su propio tejido testicular, congelarla, y guardarla hasta ver si la quimio de altas dosis le arruinaba la fertilidad de manera definitiva. Aceptó, según contó él mismo, porque en el fondo nunca había dejado de imaginar la posibilidad de tener hijos propios, aunque los años y los estudios le iban postergando ese deseo.
Qué se hizo y por qué importa
La quimioterapia funcionó, pero al terminar, los análisis confirmaron lo que se temía: ya no producía espermatozoides. Entonces, en agosto de 2026, el equipo del NHS Lothian, junto con científicos de la Universidad de Edimburgo, tomó parte de ese tejido que había estado guardado durante tres años en frío y se lo reimplantó al propio paciente, en el mismo lugar del que se había extraído, con la idea de que las células madre que estaban dentro, llamadas células madre espermatogoniales, volvieran a activarse y empezaran otra vez el camino que naturalmente recorren desde la adolescencia de cualquier varón hasta la fábrica diaria de espermatozoides. Es el primer procedimiento de este tipo que se hace en el Reino Unido, y por eso los especialistas lo tratan con cautela, casi como quien mira un ensayo de laboratorio pero una persona de carne y hueso.
Rod Mitchell, profesor de endocrinología del desarrollo en la Universidad de Edimburgo y responsable del equipo, fue claro al explicar el alcance de lo que están haciendo. La técnica todavía tiene que demostrar que sirve, que es segura y que se puede repetir, y ese es justamente el punto al que apunta todo el esfuerzo. Por eso, dentro de ocho meses, los médicos volverán a tomar una porción del tejido reimplantado para analizarlo bajo el microscopio, ver si adentro se observan signos de espermatogénesis, o sea, de formación de espermatozoides, y, si aparecen, comprobar además que sean aptos para usar en un tratamiento de reproducción asistida.
“Siempre quise tener hijos propios, pero empecé a aceptar que quizá no sería posible. Este procedimiento me dio una esperanza real para el futuro.”El paciente, cuya identidad se mantiene en reserva
Los controles que se vienen
- 1. A los ocho meses, extracción y estudio de una muestra del tejido reimplantado. 2. Búsqueda de signos de espermatogénesis, es decir, de espermatozoides en formación. 3. Evaluación de la calidad de esos espermatozoides para reproducción asistida. 4. En pacientes con antecedentes oncológicos, controles extra para descartar que el tejido reimplantado contenga células malignas, a través de histología, inmunohistoquímica y marcadores moleculares.
El antecedente más cercano que tienen los médicos para no trabajar a ciegas es un caso belga: un hombre de 27 años al que le habían congelado tejido testicular cuando tenía 10, y que 16 años después, ya mayor, volvió a producir espermatozoides maduros después del reimplante. Hasta ahora, según la literatura disponible, no se informó una fecundación ni un nacimiento a partir de ese material, lo que deja a la técnica todavía en una etapa temprana de la investigación, con resultados alentadores pero no definitivos. Por eso, en el Reino Unido, el caso de este joven se sigue con una mezcla de expectativa y de prudencia que me parece muy razonable, porque cuando uno está lidiando con el deseo más íntimo de una persona, cualquier promesa de más puede hacer mucho daño.
Por qué esta historia toca de cerca a la Argentina
En nuestro país, la Ley 26.862, vigente desde 2013, incorpora al Programa Médico Obligatorio los procedimientos de reproducción asistida y la preservación de gametos o tejidos reproductivos para pacientes que van a enfrentarse a tratamientos que puedan afectar su fertilidad, una herramienta que está disponible en muchos hospitales públicos y obras sociales, aunque en la práctica el acceso todavía es desigual según el lugar donde viva el paciente y el equipo médico que lo atienda. Por eso, mientras en Edimburgo un grupo de investigadores espera con paciencia los próximos ocho meses, en Buenos Aires, en Córdoba, en Santiago del Estero o en Tucumán, equipos de fertilidad y de oncología pediátrica miran de reojo estos avances y se preguntan cómo traducir estas técnicas a la realidad de los hospitales públicos, que es donde se atiende la mayoría de los chicos con cáncer en la Argentina.
Antes de cerrar, te dejo lo que a mí, que sigo esta nota de cerca, más me interesa: lo que este joven espera que pase. Y te lo digo con la voz que le pongo a las cosas que me importan, porque en esta historia no hay un laboratorio aséptico sino una persona que piensa en cómo será su vida dentro de unos años, y que mientras tanto se deja estudiar, se deja analizar y se deja cuidar por un equipo médico que entendió que devolverle la chance de ser padre era casi tan importante como curarlo del trastorno sanguíneo que lo había puesto contra las cuerdas. Ojalá que dentro de ocho meses los microscopios de Edimburgo nos den la buena noticia y que esa ventana que se le abrió en agosto, finalmente, quede abierta para siempre.
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