La sombra de la infancia: por qué solemos criar a nuestros hijos como nos criaron (o exactamente al revés)
Un psicólogo especialista en trauma repasa las huellas más difíciles de borrar cuando llega la hora de ser madre o padre: pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas y mandatos que viajan de generación en generación.
En la mayoría de las casas de nuestra provincia hay una escena que se repite casi sin aviso. Uno está por retar al nene porque dejó los juguetes desparramados en el living y, de golpe, se escucha una voz que suena demasiado parecida a la de la propia madre. Mismo tono, misma frase, misma manera de cortar el aire del comedor. Y uno se queda pensando: ¿yo dije eso? La psicóloga y el psicólogo de este país lo explican una y otra vez, y cada vez aparece más seguido en los consultorios de Santiago del Estero, donde se atiende la licenciada en Psicología que conoce a casi todas las familias del barrio. Una tarde, en una esquina del centro, mientras esperábamos el colectivo, la vecina Marta Juárez, que tiene tres hijos ya criados y un nieto en camino, me dijo algo que me quedó dando vueltas: 'Yo a mi hija la crié igual que mi mamá y después me enteré de que ella pensaba hacer todo distinto conmigo'. Esa frase, que parece chiquita, es casi el resumen del tema que vamos a recorrer hoy.
Para entender un poco más en serio por qué repetimos con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, me senté a conversar largo y tendido con el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, que hace rato viene trabajando con madres y padres que se preguntan por qué les cuesta tanto salir de ciertos patrones. La primera idea que dejó muy clara, y que conviene tener en mente antes de seguir leyendo, es que nadie empieza a criar desde cero. Nosotros los santiagueños, como cualquier persona en cualquier rincón del país, llegamos a la crianza cargados de cosas: palabras que nos dijeron, modos de mirar, costumbres que ni siquiera sabemos de dónde salieron.
Las huellas que más cuesta dejar atrás
Cuando le pregunté a McCoubrey cuáles son las marcas más difíciles de borrar cuando uno se convierte en madre o padre, su respuesta fue tan honesta como incómoda: muchas veces no son las más visibles, las que uno señalaría a simple vista, sino las que están tan incorporadas que dejamos de cuestionarlas durante años, décadas enteras, a veces toda la vida. Entre esas huellas, el especialista mencionó algunas que vale la pena repasar porque las repite casi todas las familias que pasan por un consultorio, en cualquier barrio de cualquier ciudad.
- Pérdidas silenciadas: muertes, mudanzas, separaciones que en la casa se barruntaban pero nunca se nombraron y que aparecen como ansiedade o como dificultad para hablar de lo que duele.
- Violencias naturalizadas: gritos, cachetadas o castigos que en su momento parecieron 'normales' y que hoy cuesta identificar como lo que fueron.
- Vergüenzas heredadas: situaciones vinculadas al cuerpo, al dinero, al origen social, que se vivieron como culpa propia y se transmiten sin querer a los hijos.
- Mandatos que pasan de generación en generación: frases del estilo 'en esta casa se estudia', 'en esta casa no se llora' o 'en esta casa las mujeres aguantan', que se repiten casi sin pensar.
- Una rigidez común a casi todos esos patrones: la enorme dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba.
Lo que más me quedó dando vueltas de la charla, y confieso que es lo que me parece más importante para llevar a casa, es la idea de que el problema no está en repetir sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. McCoubrey lo dijo con una claridad que a mí me pareció clave: "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida". O sea, repetir no es el problema en sí; el problema es repetir en piloto automático, sin mirar, sin nombrar, sin hacerse cargo de lo que se está haciendo.
Hacer lo contrario tampoco alcanza
Hay una idea que circula mucho, sobre todo entre padres y madres jóvenes, y que a mí me suena tan lógica como peligrosa: si yo sufrí con cierto tipo de crianza, voy a hacer exactamente lo opuesto para que mi hijo no pase por lo mismo. La intención, hay que reconocerlo, es hermosa. El problema, según me explicó McCoubrey, es que esa reacción, cuando se vuelve el único motor de la crianza, puede terminar siendo tan dañina como el patrón original, o incluso peor, porque le saca al chico lo que necesita en nombre de lo que el padre o la madre cree que necesitó. El especialista lo resumió con una frase que a mí me dio escalofríos: "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres". Quien creció con una crianza rígida puede terminar creyendo, sin darse cuenta, que toda frustración del nene es traumática, y entonces se pasa de permisivo, no por amor sino por miedo.
Cuando le pregunté cuál era la salida, porque siempre es la pregunta más importante y la que más esperan las familias que se acercan a un consultorio, McCoubrey fue muy claro: la clave no está en encontrar un punto medio matemático, un 50% de cada cosa, sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente, con sus años, con sus palabras, con lo que está sintiendo en ese momento puntual. Y me dejó dos definiciones que, a mi modo de ver, vale la pena pegar en la heladera de cualquier casa: "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver".
Antes de despedirnos, quise irme con una pista concreta, algo que cualquier padre o madre pudiera empezar a aplicar mañana mismo sin pedir turno con un especialista. La señal que más veces aparece, según McCoubrey, es una reacción desmedida ante una situación completamente cotidiana: una bronca que desborda por un dibujo en la pared, una preocupación extrema porque el nene llegó diez minutos tarde, la necesidad enfermiza de tener todo bajo control. Cuando uno se reconoce ahí, ya hay un primer paso dado. Y me dejó, como cierre, una idea que a mí me pareció la más hermosa de toda la conversación y la que mejor describe lo que uno espera que pase cuando se mete en este camino: "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto". Lo que uno espera, en definitiva, es que esa frase alcance algún día para cortar la cadena, aunque sea un eslabón, aunque sea apenas un tramo, y que los hijos que nos toca criar tengan al menos un par de eslabones menos que romper.
