La oveja negra que la industria descarta y una fotógrafa convierte en memoria
Laura Ferro presenta "Lana negra" en Fundación Larivière, una muestra que rescata la fibra que el circuito lanero patagónico considera un desperdicio y la transforma en retrato de paisaje, familia y duelo.
En la calle Caboto, casi llegando a la esquina, la Fundación Larivière abrió esta semana sus puertas a una exposición que empieza con un olor a campo y termina con un nudo en la garganta. La fotógrafa Laura Ferro presenta "Lana negra", un trabajo de diez años que cruza la industria ovina patagónica con la historia íntima de su propia familia, esa que lleva al menos tres generaciones criando ovejas en la estepa del sur argentino.
Para entender la muestra hay que saber algo que quienes no somos del rubro solemos ignorar: en el circuito lanero, la lana merino vale por su blancura. Cuando un animal negro aparece en el rebaño, se lo separa de inmediato, porque una sola fibra oscura en un lote blanco basta para que ese lote pierda valor en el mercado internacional. Esa oveja, y sobre todo su lana, terminan convertidas en un descarte. Y es justamente de ese descarte del que se nutre el trabajo de Ferro.
Un sweater en el ropero y el duelo como motor
Cuenta Laura, mientras vamos armando la recorrida por la sala, que su padre juntaba esa lana negra que no podía vender y se la llevaba a tejedoras artesanales de la zona, que con esas fibras oscuras hacían sweaters para el trabajo en el campo. Cuando el padre murió, Laura encontró uno de esos pulóveres guardados en un ropero. Ese hallazgo, dice ella, fue lo que la empujó a investigar de dónde venía esa materia que tenía en las manos y que nunca había mirado con atención.
Lo que se ve en Larivière es el resultado de esa búsqueda, articulada en cuatro lenguajes distintos: fotografías de los últimos diez años, imágenes rescatadas del álbum familiar, una proyección audiovisual y una instalación central. Esa instalación es, a mi entender, el corazón de la muestra: una nube negra de lana cruda, sin ningún tipo de tratamiento industrial, que cuelga en el medio de la sala como un cuerpo suspendido. Laura cuenta que la pieza nació del duelo, el día que abrió la mesita de luz de su padre y se cruzó con unas muestras de lana que él guardaba ahí. Al olerlas, dice, sintió que esa materia tenía algo para contar desde un lugar distinto al de la foto.
“Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también.”Laura Ferro, fotógrafa
Blanco y negro, familia y estepa
La parte fotográfica está trabajada casi toda en blanco y negro, una elección que vuelve engañoso el recorrido: hay imágenes familiares antiguas y fotos actuales tan integradas al conjunto que uno tiene que pararse a mirarlas con detalle para entender si está frente a una foto del álbum de los abuelos o frente a una toma reciente. Esa confusión, explica la artista, es parte de la propuesta: borrar la frontera entre lo que se hereda y lo que se vuelve a construir sobre esa herencia.
Entre las piezas más llamativas está una foto de 1924, tomada por su bisabuelo, donde aparece una oveja karakul, pequeña, negra, de perfil, mezclada entre las blancas del lote. La imagen dialoga con retratos actuales de ovejas negras, con paisajes de estepa patagónica vacíos de animales y con fotos de los residuos que deja el lavado industrial de la lana merino, esos efluentes marrones que nadie quiere ver. La figura del padre aparece siempre fragmentada: sus botas junto a las patas de una oveja, su pelo canoso confundiéndose con el vellón, sus manos abriendo la lana sin esquilar.
Antes de irme me cruzo con Irma, una vecina del barrio de La Boca que entró a ver la muestra de paso y se quedó conversando con la artista. Me cuenta que ella también es de origen patagónico y que de chica veía a su madre separar la lana negra a un costado, como quien aparta algo que no sirve, y que nunca entendió bien por qué. Ahora, mirando esa nube oscura colgada en medio de Larivière, dice que algo de esa escena de infancia volvió a aparecerle de golpe. A mí, mientras escribo esta nota, me queda dando vueltas la idea de que nosotros los santiagueños, y por extensión todos los que vinimos de alguna provincia lejos de la Capital, solemos cargar con materiales propios que el circuito central descarta sin mirar, y que a veces hace falta una fotógrafa como Laura para volver a verlos con dignidad. La muestra se puede visitar en Caboto 564 y, por lo que se vio en la recorrida, lo que Ferro espera es que el visitante salga con la certeza de que detrás de cada desecho industrial hay una historia familiar esperando ser contada.
