Lunes, 7 de septiembre de 2026
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La novela que Puig escribió lejos de casa, ahora respira otra vez sobre un escenario porteño

Claudia Piñeiro convirtió Maldición eterna a quien lea estas páginas en una obra teatral que acaba de estrenarse en Buenos Aires, dirigida por Marcelo Moncarz y con Luis Campos, Mateo Chiarino y Luz Miraldi en escena. Un regreso al teatro del autor de Boquitas pintadas, de la mano de una escritora que llevaba años guardando una intuición.

Por Pablo TrejoCultura y espectáculos · 7 de septiembre de 2026 · hace 2 h

«Yo no soy de aquí, ni soy de allá». Cuando uno se sienta en una sala porteña a ver una obra de Manuel Puig, esa frase de Simón Díaz parece flotar solita en el aire, aunque el santiagueño jamás haya tenido en mente el Río de la Plata. Es que el desarraigo, el exilio, la pertenencia y la distancia tienen algo de universal, y por eso el folklore puede abrirnos la puerta a un tema que, en principio, parece muy lejos del patio santiagueño. Pero ya sabemos que la buena literatura, como la buena música, termina encontrando la forma de cruzar cualquier frontera, y eso fue exactamente lo que pasó con Maldición eterna a quien lea estas páginas, la novela que Puig escribió durante su exilio neoyorquino y que ahora, más de cuatro décadas después, vuelve a tomar cuerpo en un escenario gracias a la adaptación que Claudia Piñeiro acaba de estrenar en Buenos Aires, bajo la dirección de Marcelo Moncarz, con Luis Campos, Mateo Chiarino y Luz Miraldi como protagonistas.

Antes de meternos en la sala, vale la pena detenerse en el patio, porque acá el patio es la página, y la página, a su vez, es un diálogo. La novela de Puig está construida casi enteramente como una conversación entre dos personajes: un argentino amnésico que llega a Nueva York sin poder recordar quién es, y un joven de esa ciudad que termina convirtiéndose en su interlocutor, en su enfermero emocional y, de algún modo, en su espejo. Esa estructura teatral que Piñeiro siempre vio en el libro es la misma que el director Marcelo Moncarz decidió poner en escena a partir del 23 de agosto, con una puesta que promete devolverle a la historia ese doble movimiento de la palabra que dice y, al mismo tiempo, esconde.

Como una carta que llega tarde

Yo creo que hay libros que llegan en el momento justo, aunque ese momento no sea el de su publicación. Eso me parece lo más interesante de esta historia, y es algo que la propia Piñeiro no se cansa de repetir. Me dijo, al contarle cómo llegó a esta adaptación, que la novela le impresionó porque «le habla al presente», y que está convencida de que ciertos textos encuentran su verdadera hora más tarde, cuando el mundo está listo para recibirlos. Y a mí, como lector y como periodista, esa idea me resulta conmovedora, porque nos recuerda que la literatura no es un producto con fecha de vencimiento, sino una conversación que se extiende en el tiempo, y que a veces necesita décadas para que alguien se siente a escucharla con los oídos abiertos.

Piñeiro no llegó a esta adaptación por un camino directo, sino por esos rodeos que a veces nos depara la vida profesional. Hace unos años le encargaron escribir el prólogo de la reedición de la obra completa de Manuel Puig, y eso la obligó a volver a leer Maldición eterna, con la sorpresa de encontrar en sus páginas algo que la primera lectura, años atrás, le había dejado pasar: un texto que ya quería ser teatro, un texto que respiraba con la lógica del escenario y no solo con la del lector solitario. Esa revelación fue lo que la empujó a escribir la adaptación, a tomar la posta de un autor que murió en 1990 y que sigue, como vemos, generando obra póstuma.

La clase media que ya es casi arqueología

Uno de los hallazgos más lúcidos que Piñeiro rescata de Puig, y que a mí me dejó pensando un buen rato, es eso que ella define como «la clase media argentina casi arqueológica» que el escritor supo capturar como pocos. Y lo hizo, según la autora, no con grandes declaraciones ni con sentencias filosóficas, sino con el lenguaje de todos los días: con las cartas, con las conversaciones de cocina, con las maneras de dirigirse al otro que tenían esos vecinos, esos padres, esos hijos del Buenos Aires de los años setenta y ochenta. Un lenguaje que no buscaba la perfección sino la fidelidad, y que por eso mismo se volvía literatura de la más alta. Esa clase media ya no existe como entonces, claro, pero sus modos de hablar, sus inseguridades, sus sobreentendidos, siguen vivos en la página y, ahora, también sobre las tablas.

“Todos somos claroscuros, y el escenario hace visible esa tensión entre la aspereza y la ternura que la página no siempre garantiza.”Claudia Piñeiro

La adaptación, por lo que se vio en el estreno y por lo que Piñeiro adelantó en la charla, también le reveló matices que como lectora se le habían escapado. El personaje mayor, que en la novela puede resultar algo áspero o directamente hiriente, ganó en sensibilidad gracias al trabajo de Luis Campos, que es de esos actores que parecen entender a sus personajes desde adentro, sin necesidad de ponerles carteles luminosos. Acompañan Mateo Chiarino y Luz Miraldi, en un elenco breve pero muy parejo, justo lo que necesita un texto que se sostiene, sobre todo, en la palabra dicha y en la escucha del otro. Marcelo Moncarz, que ya dirigió a Piñeiro en Las maldiciones y tiene un olfato particular para los textos de la autora, se ocupa de que la maquinaria funcione sin pisar el delicado equilibrio entre humor, melancolía y crítica social que la novela propone.

  • La obra es una adaptación de la novela Maldición eterna a quien lea estas páginas, de Manuel Puig, escrita durante el exilio del autor en Nueva York.
  • La puesta en escena privilegia la estructura dialogada del libro, casi un duelo de dos voces en escena.
  • El elenco está encabezado por Luis Campos, junto a Mateo Chiarino y Luz Miraldi, bajo la dirección de Marcelo Moncarz.
  • La adaptación es de Claudia Piñeiro, que llegó a la novela releyéndola para escribir un prólogo a la obra completa de Puig.

Si te interesa verla, la obra acaba de estrenar el 23 de agosto en Buenos Aires, así que todavía estás a tiempo de conseguir localidades y de sumarte, como hice yo, a la pequeña troupe de lectores que alguna vez tuvimos este libro en la mesa de luz y que ahora tenemos la chance de verlo respirar en otro formato. Yo, por las dudas, ya estoy planeando volver a leer la novela antes de la próxima función, porque estoy convencido de que mirar un libro por segunda vez, después de verlo en escena, es uno de los pequeños placeres que todavía nos regala la cultura. Y a vos, que estás leyendo estas líneas, te dejo la pregunta de la casa: ¿conocías la novela de Puig o es la primera vez que te cruzás con este texto?

PT
Pablo TrejoCultura y espectáculos

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