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La cuenta pendiente que el cuerpo termina pagando

Cuando una ofensa se guarda sin procesarse, el organismo la trata como si el peligro siguiera vigente: la presión se dispara, el sueño se rompe y hasta las defensas se desgastan. La mirada de un especialista y los efectos físicos de sostenerse en el rencor.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 7 de septiembre de 2026 · hace 1 h

En una casa cualquiera de Santiago del Estero, donde las paredes todavía guardan el eco de viejas discusiones, hay vecinos que llevan años sin cruzar palabra con un familiar. La escena se repite en cualquier esquina del país: dos personas que se saben de memoria pero que dejaron de hablarse por una traición, un desplante laboral, una herencia mal repartida o un desencanto amoroso que nadie supo cerrar. A simple vista parece un tema de carácter, de orgullo o de código entre los conocidos. Pero lo que se ve desde afuera es apenas la superficie: por dentro, el cuerpo de quien guarda ese rencor lleva tiempo cobrando una factura que nadie le pidió que firmara.

Porque una cosa es la bronca de un momento, esa que aparece con fuerza y se va en cuestión de horas, y otra muy distinta es el rencor de verdad, ese que vuelve una y otra vez al mismo recuerdo con la misma carga y la misma intensidad, como si el agravio recién hubiera ocurrido. Puede durar años. Puede durar décadas. Y mientras tanto, el organismo de quien lo sostiene responde como si la amenaza siguiera instalada en la sala, lista para saltar.

El corazón, el primero en enterarse

El primer termómetro que se descompensa es el cardiovascular. La presión arterial se sostiene alta durante semanas y meses, y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, cuando la persona está sentada mirando televisión o intentando dormir. La explicación es casi mecánica: el cerebro revive la ofensa y la traduce como peligro, y dispara los mismos circuitos de alarma que usaría si enfrente hubiera, efectivamente, un riesgo concreto. Esa alerta repetida, sumada a lo largo de los años, va horadando las paredes de las arterias y termina por aumentar el riesgo de enfermedad coronaria. Nosotros los santiagueños solemos decirlo de otra manera: cargamos el corazón como si fuera un morral con piedras, y un buen día nos asombra de que nos duela.

En paralelo se dispara el costo hormonal. El cortisol, que es la hormona del estrés, se mantiene elevado mucho más tiempo del que el cuerpo necesita. Esa permanencia es la que arruina el sueño, la que va empujando la grasa a instalarse en la panza y la que va haciendo que las células respondan cada vez peor a la insulina, abriendo la puerta a problemas metabólicos que antes parecían lejanos.

Lo que se nota y lo que no

  • Las defensas bajas: el sistema inmunológico, sobreexigido, empieza a responder peor frente a virus y bacterias, y al mismo tiempo alimenta una inflamación silenciosa que se vincula con enfermedades crónicas de todo tipo.
  • El cuerpo tenso como una cuerda: el cuello, la mandíbula y la espalda se endurecen de forma literal, sin aflojar ni en la noche, y de ahí salen muchas cefaleas que no tienen causa médica visible.
  • El estómago como rehén: el eje intestino-cerebro es de los más sensibles al estado de ánimo, y por eso aparecen digestiones pesadas, gases y malestares que no se explican por lo que se comió.
  • Un cansancio que no se va: la fatiga del rencor no viene del esfuerzo físico, sino de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia pensada para durar minutos y no años.
“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra y especialista en psiconeuroendocrinología

El doctor Abdala, consultado sobre el tema, precisa algo que vale la pena repetir: no existe hasta hoy evidencia sólida como para decir que el rencor provoque una enfermedad puntual y específica, pero sí está demostrado que mantiene encendidos, en forma sostenida, mecanismos que son francamente perjudiciales para el organismo. Dicho en criollo: no es que el rencor cause tal o cual dolencia con nombre y apellido, sino que deja al cuerpo funcionando en modo emergencia de manera permanente, y eso, tarde o temprano, pasa la factura.

Yo lo veo seguido en los barrios que me toca recorrer cuando salgo a hacer notas: vecinos como doña Ramona, que hace quince años no le dirige la palabra a una hermana por una cuestión de terrenos, y que mientras tanto se atiende la presión todas las semanas, duerme a los ratos con pastillas y carga una gastritis que los médicos no logran explicar del todo. Ella, cuando se lo pregunto, lo resume con una frase que parece chiquita pero pesa: "Yo ya sé que no me va a pedir perdón, pero tampoco la puedo sacar de la cabeza". Y ahí, justo ahí, está el motor que no se apaga.

Porque el rencor necesita combustible, y ese combustible es el recuerdo. Mientras la escena siga volviendo, el cuerpo sigue respondiendo como si el peligro acabara de empezar. La salida, por lo que señala la evidencia y por lo que uno aprende mirando a la gente de toda la vida, no pasa por esperar que el otro pida disculpas ni por forzarse a perdonar como si fuera un trámite. Pasa, más bien, por dejar de alimentar el relato, por procesar lo que pasó en vez de revivirlo, y por entender que mientras uno espera que el otro cambie, el que se está deteriorando de a poco es uno mismo. Esa es la cuenta pendiente que el cuerpo termina pagando, y a la que más nos conviene prestar atención antes de que la factura venga sola.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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