Fito Páez frenó su propio show en Mar del Plata para defender a su público de la seguridad
El rosarino paró el recital en el Polideportivo Islas Malvinas cuando vio que el personal obligaba a la gente a sentarse. La producción reconoció errores en el operativo y el músico ratificó sus palabras desde las redes: “No me arrepiento de una sola palabra”.
Yo no me quiero ir, pero me tengo que ir”, canta Charly Suárez en una de esas zambas santiagueñas que se cantan a la sombra de los algarrobos, y algo de esa obstinación por quedarse en el lugar donde uno es feliz aparece en la historia que vamos a contar. Porque lo que pasó el otro noche en Mar del Plata tiene que ver, justamente, con eso: con la pulseada entre un artista que quiere que la gente la pase bien y un operativo de seguridad que, en el intento de que cada uno ocupe el lugar que pagó, terminó pisándole la alegría a más de uno.
Antes de que la música empezara, el Polideportivo Islas Malvinas ya era una pequeña ciudad con sus reglas. Sectores con precios distintos, plateas numeradas, campo detrás y, por delante, el escenario donde Fito Páez iba a repasar las canciones de El amor después del amor, el disco que este año cumple tres décadas y que viene girando por el país con la fuerza de un himno. La noche tenía todo para ser una fiesta, y en buena parte lo fue, hasta que el rosarino vio algo que no le gustó y decidió parar la pelota.
Yo vengo a ofrecer mi corazón
El momento exacto quedó flotando en el aire del estadio, y en los teléfonos de los que estaban ahí. Páez estaba tocando cuando notó que un grupo de espectadores era empujado a permanecer sentado. Se acercó al borde del escenario, pidió que se encendieran las luces y, micrófono en mano, cruzó un par de palabras que se hicieron carne en cualquier porteño, marplatense o santafesino que haya ido a un recital con la ilusión de pararse a cantar.
“No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente. No se dejen avasallar por nadie.”Fito Páez, desde el escenario del Polideportivo Islas Malvinas
La intervención cortó el clima, claro está. Un artista que detiene su propio show es una de las cosas más serias que pueden pasar en un recital, porque el pacto de esa noche es cantar juntos y, de golpe, el pacto se interrumpe. Pero la queja iba dirigida al trato, no al orden en sí mismo: la producción había dispuesto que cada persona se mantuviera en la localidad que había comprado, para impedir que la gente de las filas de atrás avanzara hasta el escenario y dejara a los de adelante sin su lugar. Lo que se les pedía a los acomodadores, en criollo, era que la fiesta ocurriera sin pisarse.
Tumbas de la gloria
Desde la producción reconocieron que, en el fragor de la noche, algunos efectivos entendieron mal la indicación: en vez de controlar que nadie se cambiara de sector, les pidieron a los espectadores que se sentaran y se quedaran quietos. Algo que, en un recital de Fito Páez, es directamente una herejía. Dijeron que las instrucciones se corrigieron sobre la marcha para que la gente pudiera levantarse a bailar en el lugar que había pagado, sin que eso se transformara en una toma del campo por la platea o al revés.
Después del show llegaron los mensajes cruzados. Hubo asistentes que se quejaron porque el cantante frenó el ritmo del concierto para cuestionar a la seguridad. Otros, en cambio, salieron a pedir que se respetaran las localidades numeradas y cuestionaron a la gente que se había ido acercando fila por fila hasta meterse en lugares que no les correspondían. La discusión, como se ve, no tiene un solo villano: hay un derecho a bailar, un derecho a ocupar el asiento que se compró y un operativo que, en el medio, tiene que hacer malabares para que las dos cosas convivan en la misma pista.
Páez volvió sobre el tema cuando el show ya había terminado, en sus redes, y redobló la apuesta con una frase que, por estos lados, se dice con la frente bien alta: “Exploté y no me arrepiento de una sola palabra que dije con la adrenalina en sangre”. Agregó, además, que el personal cuestionado no había sido contratado por sus representantes, como marcando la cancha de que el problema, para él, no era de la producción artística sino de la cadena que se arma alrededor de cada recital.
El amor después del amor
Me quedo pensando en cómo se organiza un espectáculo así, en el detalle casi invisible que decide si la noche se recuerda como un abrazo o como un quilombo. No es un problema nuevo: cada vez que un estadio grande recibe a un artista popular, el negocio de las localidades numeradas choca con la tradición argentina de meterse todos adelante y cantar a los gritos. Y no hay librito que aguante esa fuerza.
La pregunta que queda dando vueltas, y que la producción dejó flotando al final del parte, es casi filosófica: ¿cómo se hace para que un recital con localidades numeradas sea, al mismo tiempo, ordenado y libre? Porque una cosa es cuidar la butaca que cada uno pagó y otra muy distinta es obligar a la gente a quedarse quieta mientras suenan Tumbas de la gloria o Yo vengo a ofrecer mi corazón. Fito, fiel a su estilo, eligió poner el cuerpo y cortar la música antes que mirar para otro lado. La noche siguió, dicen, sin más sobresaltos, y el amor después del amor, una vez más, terminó ganando.
Para los que estén pensando en ir a verlo, Fito Páez sigue de gira por el país con su tour por los treinta años de El amor después del amor. Las próximas funciones y la venta de localidades se pueden consultar en la web oficial del artista y en las plataformas de entradas habilitadas, porque la idea, claro, es que cada uno se ubique en su lugar y que la música, después, los haga a todos iguales.
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