Asma con cara de mujer: por qué después de la pubertad el aire se vuelve más pesado
Después de la primera menstruación, las pacientes asmáticas suelen toparse con un cuadro más rebelde, más consultas a guardia y más internaciones. Las hormonas tienen buena parte de la culpa, pero no son las únicas: la genética, el peso y el entorno también pesan en la balanza.
Volví a la esquina de mi casa, esa donde dobla el colectivo 28 y siempre hay alguien barriendo la vereda, y me topé con Marta, la vecina del segundo piso, que me agarró del brazo y me dijo, con esa media sonrisa que le conocemos todos en el barrio: "Marianita, yo desde que me quedó la regla no duermo una noche entera sin el puff, antes era cualquier cosa y se me pasaba, ahora si no me pongo el inhalador parece que me come un gato el pecho". Marta tiene cincuenta y dos años, tres hijos, y un asma que, según me cuenta mientras le ofrezco un mate, se le fue complicando con el correr de los años. Lo que ella me relataba en la puerta de su casa es exactamente lo que la literatura médica viene documentando desde hace tiempo y que este 2025 volvió a confirmar con números: después de la pubertad, el asma cambia de manos.
Cuando el asma deja de ser cosa de varones
Hasta los diez, doce años, los varones son los que más van a la guardia con silbidos en el pecho. A partir de la primera menstruación, la tendencia se da vuelta y no vuelve. Un análisis publicado este año en BMC Pulmonary Medicine, que se apoyó en los datos del estudio Global Burden of Disease 2021, calculó que en el mundo hay 260 millones de personas con asma, y que entre los adultos la prevalencia es mayor en las mujeres. Ellas consultan más, se internan más y les cuesta más llegar a lo que los neumonólogos llaman un "buen control" de la enfermedad.
Nosotros los santiagueños, cuando escuchamos "asma" solemos imaginarnos a un nene corriendo en una plaza de mayo con la nubecita del aerosol. Pero la foto va cambiando: cada vez más, del otro lado del mostrador de los consultorios hay una mujer de cuarenta, cincuenta o sesenta años que llegó pensando que de grande se le iba a pasar y se topó con que no.
Las hormonas en el centro de la escena
Un trabajo publicado en The Journal of Allergy and Clinical Immunology, conducido por Dawn C. Newcomb desde la Universidad Vanderbilt, se puso a mirar las células inmunitarias de pacientes con asma grave. Lo que encontró fue revelador: el estradiol y la progesterona son capaces de empujar la producción de una proteína inflamatoria llamada IL-17A, y además las mujeres asmáticas graves mostraban más actividad de unas células llamadas TH17 que los varones con el mismo diagnóstico. Atención, que los propios autores aclaran dos cosas que a mí, como periodista, me parecen centrales: el hallazgo no prueba que las hormonas sean la causa directa, y el grupo estudiado fue chico, con parte de los experimentos hechos en modelos animales. O sea, sirve para pensar, todavía no para sentenciar.
Patricia Silveyra, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana, le puso una frase que me quedó dando vueltas: no se trata de que mujeres y varones tengan genes distintos, sino que un mismo gen se porta diferente según el sexo, en diálogo con las hormonas y con el ambiente. Como si el ADN fuera un instrumento y las hormonas la mano que lo toca: la partitura puede ser la misma, pero la música cambia.
Ciclo menstrual, embarazo y menopausia: el cuerpo como termómetro
Acá es donde la clínica se vuelve más fina. Algunas pacientes sienten que su asma se descontrola en los días previos a la menstruación; una revisión sobre asma premenstrual estima que hasta un 40 por ciento podría notar esas variaciones, aunque todavía no hay cifras definitivas. La hipótesis más firme apunta a la caída de estrógeno y progesterona en esa ventana, que parece encender la inflamación bronquial y volver las vías aéreas más sensibles de lo habitual.
El embarazo, mientras tanto, sigue siendo una caja de sorpresas: la tradición clínica repite que un tercio de las embarazadas con asma empeora, un tercio se mantiene estable y un tercio mejora, aunque los trabajos más recientes marcan que las exacerbaciones graves y las internaciones son más frecuentes en este grupo, sobre todo si no hay un seguimiento estricto del tratamiento. Y la menopausia suma otra vuelta de tuerca: los cambios hormonales prolongados, sumados al paso de los años, suelen coincidir con un asma más difícil de domeñar y con la aparición de comorbilidades como la obesidad o las alergias que antes estaban calladas.
- Las hormonas sexuales femeninas (estradiol y progesterona) pueden aumentar la inflamación de las vías aéreas.
- La genética se expresa de manera distinta en mujeres y varones, según el contexto hormonal.
- El ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia son momentos críticos para revisar el tratamiento.
- El exceso de peso corporal y la exposición a alérgenos o contaminación funcionan como factores que se suman al hormonal.
- La consulta con el especialista y un plan por escrito ayudan a anticipar los meses de mayor riesgo.
Lo que se puede hacer, según los especialistas
La recomendación que más repiten los expertos consultados es la más simple y la más difícil de cumplir: no bajar el tratamiento sola. Marta me confesaba que cada vez que se sentía bien dejaba el inhalador en el cajón, y que después pagaba las consecuencias. Los consensos actuales insisten en que el control del asma en la mujer adulta necesita un plan escrito, ajustes según la etapa hormonal y una revisión periódica con el equipo de salud, sobre todo en los trimestres del embarazo y en la transición hacia la menopausia.
Cuando me despedí de Marta, me dijo algo que me parece que resume lo que muchos pacientes sienten y no siempre se animan a decir: "Yo solo quiero volver a dormir sin pensar en el aire". Es, también, lo que cualquiera de nosotros los santiagueños, o porteños, o chaqueños, esperamos que pase cuando vamos a un consultorio: que el aire entre, se quede y se vaya sin hacer ruido. Para eso, según lo que muestra la evidencia, la medicina necesita empezar a mirar el asma con lentes de género, registrar cómo se porta en cada etapa de la vida hormonal y acompañar a cada mujer con un plan a medida. La buena noticia es que se puede; la mala, es que todavía falta para que eso sea la regla y no la excepción.
