Una semana larga de grises: el AMBA lleva siete días mirando al cielo y el sol no aparece
Un centro de altas presiones instalado sobre el Atlántico traba cualquier cambio de aire y mantiene a Buenos Aires y el conurbano bajo un manto de nubes, lloviznas y temperaturas que no superan los 18 grados. El miércoles y el jueves será el pico de inestabilidad.
En la esquina de mi casa, doña Gladys, que ya lleva cuarenta años barriendo la vereda, me dijo ayer con esa paciencia que da el haber visto de todo: Mirá, pibe, yo al cielo le hablo todas las mañanas y esta semana se hace el sordo. Tiene razón. El Área Metropolitana de Buenos Aires atraviesa una semana que se estira como chicle y que tiene, para variar, una explicación que no es mágica sinoológica: un bloqueo atmosférico. Lo que pasa, en criollo, es que hay un centro de altas presiones parado sobre el océano Atlántico que actúa como un muro invisible, un grandote que no deja pasar a ninguna masa de aire nuevo. Así, el viento sigue soplando del este y del sudeste, arrastra humedad, trae lloviznas y se lleva puesto cualquier intento de sol.
Lo que se vive estos días no es una tormenta, ni un temporal, ni nada que justifique correr a buscar las botas. Es, más bien, una molestia persistente, de esas que no te arruinan el día pero te lo empañan. Las mínimas de la semana vienen moviéndose entre los 11 y los 13 grados y las máximas no pasan de los 18, con lo cual la amplitud térmica es chica y la presencia solar, directamente, casi nula. Para una ciudad que en octubre suele empezar a sacarse el piloto de encima, la sensación de frío se vuelve casi un sinsentido climático.
Miércoles y jueves, las jornadas para no olvidarse el paraguas
Dentro de este paisaje gris, hay dos días que los meteorólogos marcan con fibrón rojo: el miércoles 14 y el jueves 15. La probabilidad de precipitación supera el 70 por ciento en ambas jornadas y, aunque no se esperan acumulados importantes, sí habrá que andar con el piloto a mano. Para el miércoles se proyectan hasta 5 milímetros y para el jueves, que se perfila como el pico de la semana, hasta 10 milímetros, en forma de chaparrones ocasionales. No es inundación, pero es el clásico día en que uno sale sin paraguas y vuelve con la espalda chorreando.
“Acá llueve, deja de llover, vuelve a lloviznar, y así estamos, esperando que el bloqueo se canse y se vaya.”Gladys, vecina del barrio
Como nosotros los santiagueños decimos siempre, el que no se queja es porque ya se acostumbró. Y a esta altura, varios porteños parecen haberse acostumbrado al gris. A quienes viven pegados al río les toca, además, un viento un poco más cargado: hacia la mitad de la semana se esperan velocidades de entre 10 y 20 kilómetros por hora, con ráfagas que pueden llegar a los 40. No es un vendaval, pero alcanza para que las macetas del balcón se inclinen pidiendo clemencia.
El viernes tampoco salva la semana
El viernes sigue la misma tónica: cielo mayormente cubierto, algunas lloviznas intermitentes y temperaturas que se moverán entre los 13 y los 17 grados. Recién durante el fin de semana empezarían a aparecer las primeras señales de alivio, con una menor probabilidad de lluvia. Pero la mejora verdadera, esa en la que uno puede sacar la reposera al balcón sin sentir que está mojando los pies, recién se espera para el inicio de la semana que viene. Mientras tanto, doña Gladys ya avisó que esta tarde va a estar barriendo con más ganas, aunque la vereda siga húmeda. Dice, mientras acomoda el escobillón, que uno tiene que mantener el espíritu limpio, que de cielo se encarga la atmósfera. Lo que uno espera, en el fondo, es que ese bloqueo se canse de mirar al AMBA y se vaya a molestar a otro lado.
