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Poner límites no es autoritarismo: por qué el «no» bien dicho cuida a los chicos

Cuando el diálogo se vuelve una negociación permanente y el adulto cede para evitar el berrinche, los más chicos pierden la estructura que necesitan para aprender a frustrarse. Especialistas insisten en que la autoridad afectiva es una forma de cuidado y que la clave está en sostener las normas sin violencia.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 27 de agosto de 2026 · hace 2 h

Amanece en una casa cualquiera de Santiago del Estero, con el sonido de la pava y los chicos corriendo de un lado a otro. Antes de que salga el sol, ahí nomás empieza la pulseada de todos los días: la hora de lavarse los dientes, la mochila lista, el desayuno en la mesa. Parece poco, pero ahí, en esa rutina, se juega buena parte de la crianza. Nos pasa a nosotros los santiagueños y le pasa a cualquier familia del país: la discusión de fondo no es si hay que querer mucho a los hijos, que sí, sino quién sostiene el «no» cuando la criatura empuja con todo.

El mito de que dialogar es equivalente a ceder

Cada vez más familias reemplazan los gritos y los castigos por conversaciones largas, y eso en general es leído como un avance. El problema aparece cuando la conversación se transforma en una negociación sin fin, donde el adulto termina reculando para evitar el conflicto. La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro «Infancias respetadas», lo resume con una idea que incomoda: conversar no quita autoridad, al contrario, la sostiene. Lo que la hace perder es, justamente, tenerle miedo al berrinche.

“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

La especialista marca una línea que a veces se vuelve difusa en la conversación cotidiana: autoritarismo y autoridad no son sinónimos. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder. Respetar a un niño o a un adolescente no es dejarlo hacer lo que quiera: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas. Esa diferencia es la que se pierde cuando los padres quedan atrapados entre el grito del pasado y la idea de que cualquier límite lastima.

La clasificación no es nueva: la psicóloga Diana Baumrind la describió en los años sesenta y todavía se usa como mapa para entender qué hacemos los padres cuando educamos. La colega Deborah Bellota, que trabaja hace años con familias, lo ve todo el tiempo en el consultorio. «Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos», comenta. Y advierte: esa dinámica puede alimentar la autoestima, claro, pero también deja a los chicos con dificultades para autorregularse, con baja tolerancia a la frustración y con resistencia a cualquier figura de autoridad que aparezca más adelante, sea un maestro, un jefe o un policía.

Para Raschkovan, los límites son una forma de cuidado y no una concesión retrógrada. Su razonamiento es bien terrenal: la vida misma ya trae dosis diarias de frustración. Hay que dormir cuando el cuerpo pide seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas contrariedades, repetidas miles de veces, van construyendo la tolerancia a la frustración, que no es un don de la naturaleza sino un aprendizaje. Si un chico no se topa con el «no» en un entorno seguro, lo más probable es que después no tenga los recursos emocionales para bancarse un «no» dicho en un contexto hostil.

Bellota, que trabaja en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, suma un detalle que los manuales suelen pasar por alto: el trabajo del adulto no termina cuando dice «no». Ahí, dice, empieza la parte más fina: sostener la decisión, explicar con palabras acordes a la edad, reparar el vínculo si el chico se enoja y volver a empezar al rato, sin rencor y sin dar marcha atrás solo para que se pase el mal rato. La autoridad afectiva, como la llaman algunas, no es un interruptor que se prende y se apaga: es una presencia diaria, paciente y bastante cansadora, pero que rinde frutos.

Lo que se pone en juego cuando el límite se corre

Cuando una familia cede una y otra vez para evitar el conflicto inmediato, lo que queda flotando en el aire es una pregunta que los chicos formulan aunque no la digan en voz alta: si esto era tan importante, por qué cambió. Esa es la incertidumbre que más desgasta, porque enseña que las reglas son relativas y que la intensidad emocional del momento pesa más que la palabra del adulto. La consecuencia, según las especialistas consultadas, no es un niño más feliz ni más libre: es un niño que después se frustra más fácil frente a la primera dificultad real, porque nunca tuvo un marco predecible donde aprender a soportarla.

Marta, vecina del barrio, lo cuenta mientras acomoda la vereda: «Yo a los míos les dije de chiquitos que la mesa era la mesa y la calle era la calle. Ahora son grandes y me siguen retando, pero saben que cuando digo que no, es no. Eso lo aprendí a los ponchazos, no porque alguien me lo haya explicado tan bonito como ahora». Su manera de decirlo suena antigua, pero la lógica es la misma que repiten Raschkovan y Bellota en sus consultorios: límites claros, sostenidos en el tiempo, dados con respeto y sin violencia.

La crianza, como se ve, no se resuelve eligiendo entre el palo y la falta de estructura. Hay un punto medio que lleva trabajo: hablar, escuchar, poner el límite y bancarse el costo emocional que a veces implica. Eso, dicen las especialistas, no es autoritarismo ni tampoco una concesión: es, simplemente, cuidar. Y lo que las familias esperan, en el fondo, es que cuando los chicos salgan a la calle, al trabajo y a la vida, tengan la espalda emocional suficiente para sostenerse solos. Esa espalda, coinciden, se empieza a construir mucho antes de lo que uno cree, en esas discusiones cotidianas por la dentadura, el desayuno y la hora de dormir.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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