María José Riera, la productora que encontró en octubre una razón para volver a hablar
Después de superar un cáncer de mama en 2020, grabó un video desde su auto antes de entrar a sus controles anuales y lo compartió en redes. En un mes teñido de rosa, su mensaje se volvió un pedido concreto: ponerse primeras en la propia lista, antes que cualquier otra cosa.
Hay una frase que en Santiago del Estero se repite como un latido y que uno escucha de chico, casi sin saber quién la dijo primero: "Cuidarse no es egoísmo, es la manera que tenemos de seguir queriendo". Me la cruzó una vez un poeta del barrio de Huaico Hondo y me quedó pegada como un trapo al sol. Vuelvo a esa idea cada vez que alguien me cuenta una historia como la de María José Riera, una productora audiovisual que hace cinco años recibió un diagnóstico que le cambió la vida y que, en lugar de quedarse callada, decidió transformar ese sacudón en un mensaje abierto para todas las mujeres.
La escena que ella misma eligió para contar su convocatoria es casi un autorretrato: sentada en su auto, a punto de estacionar, con el cinturón todavía puesto y la agenda de estudios en la cabeza. No es un living pulido ni un set de televisión. Es un habitáculo chico, con la luz del mediodía entrando por el vidrio, y desde ahí, mirando a la cámara del celular, grabó un video para sus historias de Instagram. "Hoy es un día en donde durante todo el día tengo estudios de control. Y venía pensando que vengo con mucha alegría a hacerme eso", dice con la voz serena, como quien repite un mantra que aprendió a fuerza de práctica.
Ponerse primera en la lista
Riera explicó que esa alegría tiene dos raíces bien concretas: la posibilidad real de acceder a los estudios y la decisión, también activa, de hacerse los chequeos. "Es la misma decisión de ir por el mismo camino, de ponerme primero en mi lista, de priorizarme, de cuidarme para poder estar en salud, para poder estar en disfrute", completó. Y al cierre, el pedido puntual, casi como una orden amorosa: "Especialmente en este octubre, chicas, háganse todos los controles necesarios". Una frase corta que parece sencilla, pero que a una le cambia el orden de las prioridades cuando la repite en voz alta.
La historia detrás de ese video arranca el 24 de noviembre de 2020, cuando todavía el mundo estaba envuelto en pandemia. Riera estaba en la peluquería, con los papelitos de los claritos recién repartidos sobre los hombros, y sonó el teléfono con el resultado de la biopsia. La operaron el 9 de diciembre de ese año y a lo largo de 2021 completó un tratamiento de quimioterapia y radioterapia. En el medio, la vida íntima también se reordenó: después de 35 años de matrimonio, decidió separarse. "No quería cargar con la angustia de otra persona que no me podía acompañar y que no tenía las herramientas emocionales para hacerlo", contó en otra entrevista. La frase es dura, pero la dice sin rencor, como quien describe un terremoto después de que pasó.
La amistad como segundo cuero
Esa etapa dejó además un retrato que Riera acaba de convertir en libro. Se titula "Fue un buen verano" y recorre, en primera persona, el camino de la enfermedad y la decisión de cerrar el matrimonio cuando empezaba el tratamiento. Hay un hilo que la autora eligió como columna vertebral: la amistad. "Acá se refleja el resultado de esos meses y está dedicado a la amistad femenina", dice, y cuenta que un grupo de amigas se mudó con ella durante la quimioterapia. La imagen, para quien escribe, es la de un patio de casa de barrio donde varias mujeres cocinan mientras alguien se queda dormido en la reposera: una escena concreta, muy nuestra, que vale más que cualquier folleto médico.
En su entorno más cercano, además, la palabra cáncer de mama tiene un peso extra: Riera perdió a una sobrina por la misma enfermedad. Esa herida, que no cierra, es la que le da fuerza cada vez que insiste con los controles. Hoy está en la etapa de supervisiones periódicas, esos estudios que se repiten año a año para descartar que el tumor reaparezca. Cada visita es una pequeña prueba, y por eso eligió llegar a ella con un mensaje público: quería que su paso por el sanatorio sirviera, aunque más no sea, para que otra mujer se acuerde de pedir turno.
Lo que a mí me queda de esta historia, y se los comparto porque de vez en cuando uno tiene que correrse del lugar de cronista, es la idea de que cuidarse también se elige. No alcanza con saber que hay que hacerse una mamografía o un control anual: hay que decidir, cada año, sacarse eso de la lista de pendientes y convertirlo en una cita sagrada con una misma. En un octubre donde las redes, las marquesinas de los shoppings y las tapas de las revistas se tiñen de rosa, el recordatorio de Riera tiene algo de ahí, de patio de casa, de hermana mayor, de mensaje de WhatsApp que una amiga manda a las seis de la tarde y que a veces, solo a veces, salva una vida.
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