La lactosa que el cuerpo un día dejó de bancar
A mí me pasó, y le pasa a miles de personas, uno de esos hechos cotidianos que parece una tontería hasta que te instala una vida alrededor: tomás un café con leche y a las dos horas estás inflado como un globo, con ruidos en la panza que te harían ganar un premio en cualquier sobremesa familiar. La historia suele empezar así, sin aviso, en una cocina cualquiera, con un vaso de leche que antes no te hacía nada y ahora te arruina la tarde. Esa es, ni más ni menos, la puerta de entrada de la intolerancia a la lactosa en adultos, un tema que parece menor hasta que lo padecés, y que tiene más miga de la que uno quisiera admitir.
Qué pasa adentro del cuerpo cuando la lactasa se hace la distraída
Para entenderlo hay que meterse un poco en lo que ocurre cuando uno toma un vaso de leche o se come un buen plato de fideos con manteca. En el intestino delgado tenemos una enzima que se llama lactasa, y su trabajo es precisamente descomponer la lactosa, que es el azúcar natural de la leche, en pedacitos más chiquitos para que el cuerpo la pueda absorber sin problemas. En la infancia esa fábrica trabaja a pleno: los chicos chupan la teta o maman la mamadera y todo fluye. Pero con el paso de los años, en buena parte de la población mundial, esa producción empieza a bajar, y ahí es cuando la cosa se complica.
Cuando la lactasa no alcanza, la lactosa sigue su camino sin ser absorbida y llega al intestino grueso, donde las bacterias la fermentan. Y ojo, porque no es un proceso silencioso: de esa fermentación salen gases, hinchazón, cólicos, y también se atrae agua, lo que muchas veces termina en diarrea. La escena, otra vez, es la de una casa cualquiera, con alguien corriendo al toilette y preguntándose qué comió mal, cuando en realidad lo que le pasó es que su cuerpo dejó de fabricar la cantidad de enzima que necesita para procesar ese alimento.
Por qué a veces aparece de grande y por qué hay pueblos que la sufren más que otros
Los especialistas cuentan que las molestias suelen hacerse notar entre los veinte y los treinta años, aunque también pueden aparecer más tarde, sin que nadie las hubiera presagiado. La cosa tiene bastante de herencia: hay poblaciones en las que esta intolerancia es muchísimo más común que en otras. Por ejemplo, es muy frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y en cambio es bastante menos habitual en poblaciones del norte de Europa, que a lo largo de generaciones hicieron de la cría de vacas lecheras y del consumo de leche y derivados una costumbre diaria. La genética, claro, carga con lo que la historia de cada pueblo fue construyendo.
Cómo se reconoce en la vida cotidiana
Los síntomas más habituales son los que uno escucha nombrar en cualquier consulta: hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea. Lo más común es que aparezcan pocas horas después de haber tomado leche o comido un helado, aunque cada cuerpo tiene sus tiempos y sus propias reglas. Hay gente que se infla con un simple vaso de leche, y hay gente que tolera porciones chicas y solo reacciona cuando se pasa de rosca con el queso o con el postre. También importa con qué otros productos se acompañó la comida, y muchoinfluyen problemas digestivos previos, como el síndrome de intestino irritable, que pueden potenciar las molestias.
No es lo mismo que una alergia, aunque mucha gente las confunda
Acá viene una aclaración que vale oro y que yo misma escuché de boca de una médica amiga mientras tomábamos un café en una esquina de mi barrio: la intolerancia a la lactosa no es lo mismo que la alergia a la leche, aunque a veces se usan como sinónimos y no lo son. La alergia es otra historia, porque ahí el que se dispara es el sistema inmunitario, que reacciona frente a las proteínas de la leche y puede causar urticaria, vómitos, eccema e incluso dificultad para respirar. La alergia suele aparecer en la infancia y puede ser muy seria. La intolerancia, en cambio, es un problema de digestión incompleta: el cuerpo no termina de procesar la lactosa y avisa con gases, hinchazón y diarrea, pero no se mete el sistema inmune en el medio.
Cómo se llega al diagnóstico y qué hacer mientras tanto
Para confirmar lo que uno sospecha existe una prueba bastante concreta, que se llama prueba de hidrógeno espirado: la persona toma una dosis de lactosa y después sopla en un aparatito en distintos momentos durante unas cuatro horas. Si el hidrógeno en el aire que exhala sube de manera marcada, es una señal de que las bacterias del intestino grueso fermentaron la lactosa que no se. Pero antes de asustarse con estudios, vale la pena probar algo más sencillo y que muchos profesionales indican como primer paso: retirar los lácteos durante un par de semanas y ver si las molestias se van apagando. A veces, con ese simple ejercicio de observación, uno se da cuenta de qué le estaba haciendo mal y de qué manera.
Mi vecina Marta, que tiene cincuenta y pico y siempre fue de tomar un buen vaso de leche chocolatada antes de dormir, me contaba el otro día en la puerta de su casa que hacía meses que venía con la panza hecha un desastre, y que cuando le sacaron los lácteos un par de semanas las molestias se le fueron casi de un día para el otro. Ella, como muchos de nosotros los santiagueños, no había pensado nunca que la culpable podía ser la leche que tomó toda la vida, porque uno asocia la intolerancia con los chicos o con los abuelos, no con la gente grande y activa. Por eso, si las molestias siguen después de dos semanas sin lácteos, lo mejor que uno puede hacer es ir a consultar a un profesional de la salud y, sobre todo, no quedarse esperando que el cuerpo se arregle solo: mientras tanto, se pueden ir probando opciones como leches deslactosadas, quesos más curados o yogures, que suelen tolerarse mejor, para no descuidar nutrientes tan importantes como el calcio. Lo que Marta espera, y lo que esperamos los que pasamos por esto, es volver a sentarnos a la mesa sin que la comida se nos vuelva un problema.
