Joshua Slocum, el lobo de mar que le dio la vuelta al mundo en un balandroado y desapareció sin dejar huella
En 1898 se convirtió en el primer navegante solitario en circunnavegar el planeta. Once años después zarpó hacia el sur y nunca más volvió. Una vida entera condensada en un viejo pesquero de once metros.
A esta altura de los años, uno se imagina la esquina del puerto de cualquier pueblo costero con un balandro varado sobre el pasto, medio comido por la intemperie, y a un hombre de manos enormes pasándole la mano por la madera como quien acaricia a un perro viejo. Eso mismo vio un vecino de Fairhaven, en Massachusetts, allá por 1892, cuando Joshua Slocum se apareció con el Spray bajo el brazo, un pesquero de once metros que había rescatado de un campo, y se propuso devolverlo al agua tabla por tabla, sin de nadie, durante trece meses. El hombre que reconstruiría ese barco terminaría escribiendo con él la página más asombrosa de la navegación a vela, y también la más triste.
El 24 de abril de 1895, ese velero salió del puerto de Boston con un solo tripulante a bordo. No hubo fanfarria ni expedición oficial. Slocum era un capitán sin trabajo en un mundo que ya le había dado la espalda al aparejo y apostado todo al vapor. Se embarcó en lo que terminó siendo el primer intento documentado de dar la vuelta al mundo en solitario, sin cronómetro marino digno de ese nombre, sin saber nadar y sin nadie que le alcanzara un vaso de agua en la mala.
Tres años, 46.000 millas y un reloj de hojalata
La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el índico, y volvió a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había completado ese recorrido solo antes que él.
Lo que hacía a Slocum singular no era solo la valentía sino la precisión artesanal con la que resolvía cada problema. Navegó con un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal. Lo compensaba con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Tampoco sabía nadar: decía, con esa sequedad que lo caracterizaba, que en medio del océano nadar solo servía para alargar la agonía.
- En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que querían abordar el barco de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron sin pedir permiso.
- Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recuperó, el Spray seguía navegando con rumbo firme, como si el barco se bastara solo.
- En su libro contó que una vez gobernó durante horas siguiendo a una gaviota que parecía conocer el camino mejor que él.
La fama, el libro y la última partida
En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, que empezó como una serie en revistas y se transformó en libro. El éxito fue inmediato. Slocum encontró lectores para un estilo seco, irónico y preciso: el de un hombre que mezclaba cálculo náutico con humor y asombro sin afectación heroica. La fama, sin embargo, no lo ancló a ningún puerto.
En noviembre de 1909, a los 65 años, zarpó una vez más desde Massachusetts rumbo al sur. Iba a pasar el invierno en las Antillas, dicen algunos, o tal vez a recorrer el Río de la Plata y el Caribe, como había hecho antes. Nadie lo vio zarpar con atención, nadie lo vio llegar a destino. En junio de 1924, una boya con restos del Spray apareció flotando frente a las costas de Barbados. Lo que quedaba del barco estaba hundido a unos diez kilómetros de la costa. De Slocum no quedó nada.
Una vecina del puerto de Gloucester, que conoció al capitán de muy vieja, me dijo una vez que a Slocum le gustaba repetir que él no navegaba contra el mar sino con el mar, y que el día que el mar le pidiera la cuenta él iba a pagar sin renegar. A nosotros, los que todavía miramos el horizonte desde la costa, nos queda la certeza de que ese lobo viejo pagó como había vivido: sin testigos, sin aspavientos, en una madrugada cualquiera de un Caribe que ni siquiera se enteró de su nombre. Cada vez que un balandro pasa por la bocana del puerto y la arboladura cruje con el viento, uno mira hacia proa buscando esa figura que ya no va a volver, y espera, en silencio, que en algún lugar del Atlántico sur la gaviota que lo guió tantas veces siga marcándole el rumbo.
