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Viernes, 2 de octubre de 2026
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El peso invisible de cuidar: una encuesta de la Austral revela que cuatro de cada diez cuidadores principales llegan al límite

Un relevamiento sobre 1.028 personas muestra que las mujeres llevan la mayor parte de la carga, que el sueño y los proyectos personales quedan postergados y que el acceso a licencias sigue siendo desigual entre trabajadores formales, informales e independientes.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · · hace 10 h
El peso invisible de cuidar: una encuesta de la Austral revela que cuatro de cada diez cuidadores principales llegan al límite

La escena se repite en cualquier esquina de un barrio cualquiera: una señora mayor se asoma por la ventana mientras su hija llega con las bolsas del súper, apurada, contando mentalmente las horas que le quedan antes de volver a la casa de la madre para ayudarla a bañarse. Nosotros los santiagueños, y los argentinos en general, solemos naturalizar esa imagen como si fuera parte del paisaje, pero detrás de cada una de esas rutinas hay un cuerpo que duerme poco, un proyecto personal que queda en pausa y, muchas veces, un empleo que empieza a pedir demasiado. La Universidad Austral decidió ponerle números a ese peso invisible y los resultados, difundidos en las últimas semanas, ratifican lo que muchos cuidadores ya sospechaban: el desgate es profundo, cotidiano y profundamente desigual entre varones y mujeres.

El relevamiento se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 y reunió las respuestas de 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina. Una de cada cinco, el 20,4%, manifestó que cuidaba a un familiar. Dentro de ese grupo, la abrumadora mayoría de las mujeres, el 60,6%, asumió el rol de cuidadora principal, mientras que entre los varones la proporción bajó al 44,4%. Esa diferencia inicial, que parece un simple dato estadístico, es la llave que explica casi todo lo que vino después.

Sueño, proyectos y empleo: lo que se pierde cuando se cuida

Dormir lo suficiente, mantener un proyecto propio y combinar el empleo con la asistencia a un familiar aparecen en el informe como las tres dificultades más mencionadas. Entre las mujeres cuidadoras, el 54% señaló que la responsabilidad le impedía descansar lo necesario y el 44% aseguró que limitaba sus proyectos personales. Entre los varones, esas proporciones cayeron al 30% y al 10%, respectivamente. La brecha es elocuente y, tal como me confiaron al pasar varias vecinas con las que hablé mientras preparaba esta nota, no sorprende: "Acá, en la cuadra, las que dejamos todo somos nosotras", resume Marta, una de las mujeres que aceptó contarme su experiencia sin dar su apellido. "Mi hermano trabaja, tiene su vida, y yo no lo critico, pero la que está a las tres de la mañana cambiándole los pañales a mi vieja soy yo".

La escala de Zarit y el nivel de sobrecarga

  • La investigación evaluó a 120 cuidadores principales mediante la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems.
  • Seis de cada diez cuidadores principales presentaban algún grado de sobrecarga.
  • El 40,8% alcanzó el nivel intenso, que el informe consideró como un umbral que requiere intervención.
  • La proporción de sobrecarga intensa se mantuvo en el 40% tanto entre quienes declararon recibir apoyo como entre quienes dijeron no tenerlo.
“Importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia. Por eso analizamos las dimensiones afectiva, informacional y operativa del acompañamiento.”Informe de la Universidad Austral

La cita del informe, que destaco porque me parece la más honesta de todo el documento, apunta a un punto clave: no alcanza con que alguien diga "yo te ayudo". Hace falta que ese acompañamiento contenga, que se traduzca en información concreta sobre cómo tramitar una pensión o conseguir un turno médico, y que resuelva las tareas operativas del día a día, desde hacer las compras hasta acompañar a la persona cuidada a un estudio. Cuando eso no ocurre, la sobrecarga se mantiene igual, aunque la familia entera jure que está presente.

Licencias para todos, o casi para nadie

El trabajo remunerado también formaba parte de la rutina del 75% de los encuestados que cuidaban a alguien, lo que confirma que compatibilizar ambas agendas no es una excepción sino la regla. Sin embargo, las herramientas disponibles para hacerlo variaron de manera marcada según el tipo de contratación. El acceso promedio a las licencias y prestaciones relevadas, que incluyeron maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería, fue del 53,7% entre los trabajadores formales. Entre los informales la cifra se desplomó al 17,1% y entre los independientes, al 9,5%. El contraste habla por sí solo y deja en evidencia la necesidad de revisar políticas públicas que hoy dejan a casi nueve de cada diez trabajadores independientes a la intemperie cuando la vida les pide cuidar.

Antes de cerrar, vale la pena detenerse en un dato que suele pasar desapercibido y que a mí, particularmente, me dejó pensando: el 95,7% de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante en su tarea. El afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios alcanzados por la persona cuidada estuvieron entre los más mencionados. Esa valoración positiva convive, en el mismo cuerpo y en la misma cabeza, con el insomnio, con las renuncias laborales y con la sensación de que el tiempo propio se escurre entre los dedos. La investigación de la Austral no dice que cuidar sea solo un sacrificio, ni tampoco que sea solo un acto de amor: dice que es las dos cosas a la vez, y que el Estado, las empresas y las familias todavía tienen una cuenta pendiente con quienes sostienen ese trabajo casi siempre silencioso. La pregunta que sobrevuela el informe, y que a esta altura ya se hace carne en cada casa donde alguien cuida, es cuándo y cómo se va a empezar a cuidar también a los que cuidan.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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