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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El debut de Jaime Lorente detrás de cámara: una promesa que se queda a mitad de camino

El actor español presenta 'El mal hijo', un drama con arranque genuino sobre un niño y su abuela en Murcia, que después se pierde cuando decide transformarse en thriller de mafias y persecuciones. Hay oficio y mirada propia, pero el filme no termina de encontrar su voz.

Por Pablo TrejoCultura y espectáculos · · hace 58 min
El debut de Jaime Lorente detrás de cámara: una promesa que se queda a mitad de camino

Viene bajando el agua desde las sierras, decía Donato Néstor leelo, y uno se queda pensando en ese río que arranca manso y después se desborda sin aviso. Algo parecido me pasó viendo El mal hijo, la ópera prima de Jaime Lorente como director, que se proyecta estos días en las salas de Buenos Aires y que también puede verse en plataformas. La película empieza con la cadencia tranquila de un patio de casa antigua, con una abuela que amasa pan y un nieto que todavía no entiende por qué su padre se fue. Ese arranque tiene la textura de lo auténtico, de lo que uno reconoce como propio, y durante un buen rato uno se acomoda en la butaca pensando que va a ver algo con pedigree propio. Pero después el río se desborda, y no siempre para bien.

Antes de meterme en la película quiero que se entienda la sala en la que la vi, porque forma parte de la experiencia. La fui a ver un martes a la noche a un complejo de Palermo, con no más de una quincena de personas distribuidas en una sala grande, y esa intimidad rara vez ayuda a una ópera prima que pelea por encontrar su tono. El clima era de expectativa moderada: varias parejas de treintaipico, algún cinéfilo solitario y un par de adolescentes que parecían venir sobre todo por la curiosidad de ver a Lorente, el actor de La casa de papel y de Élite, dando el salto al otro lado de la cámara. La pantalla se encendió y arrancó ese primer tramo que a mí, particularmente, me reconcilió con la idea de que un actor conocido puede tener algo serio para decir cuando decide ponerse detrás del mundo.

Niño y abuela, la ternura que se pierde

El primer tramo de El mal hijo es, sin exagerar, lo mejor del filme. El director elige contar desde ahí, desde un patio murciano con baldosas flojas, desde una mesa donde se sirve gazpacho en verano, desde una puerta entreabierta por donde se cuela una ceremonia familiar que el protagonista, Rubén, mira sin terminar de comprender. Son detalles mínimos que Lorente filma con una paciencia que no le conocía, con una economía de gestos que le sienta bien al relato. La relación entre Rubén y su abuela, interpretada por María Morales con una sobriedad que conmueve sin hacer ruido, está construida con el tipo de silencios que uno asocia con el cine de Víctor Erice o con el primer Carlos Saura, por nombrar dos nombres que vienen al caso. Es un vínculo de los que no necesitan grandes declaraciones para entenderse: hay una escena en la que la abuela le enseña a pelar almendras y el chico se queda mirando las manos arrugadas de la mujer como si fueran un mapa, y eso solo, sin una línea de diálogo, dice más que cualquier parlamento posterior.

El salto al thriller que no le hace justicia

El problema, y acá es donde me empiezo a poner en modo opinativo como me caracteriza, es que la película da un salto temporal de varios años y decide que lo suyo es el cine negro. Rubén crece, se convierte en un joven adulto encarnado por el propio Lorente, y el relato se mete de lleno en un universo de narcotráfico, mafiosos de pueblo, persecuciones en coches y secuencias de acción con una deuda enorme con títulos que ya vimos mil veces. Lo que en el primer tramo parecía una mirada propia, con esos planos detalles que mencioné y una puesta en escena que respiraba, se transforma en una seguidilla de recursos que uno reconoce como de manual: el galpón donde se oculta la droga, el policía corrupto que aparece cuando ya uno lo esperaba, la música incidental que sube en el momento exacto para avisar que va a pasar algo grave. No es que esos elementos estén mal usados, ojo, es que están usados con la corrección del alumno aplicado pero sin la convicción del autor.

  • A favor: el primer tramo, la dirección de actores infantiles, la escena de las almendras y el vínculo con la abuela.
  • En contra: el giro genérico hacia el thriller, los personajes secundarios sin desarrollo y el abuso de música incidental en la segunda mitad.
  • A probar en el futuro: que Lorente se tome el tiempo de escribir o elegir historias que no necesiten mafias para sostener la tensión.
“Hay oficio, hay criterio en la composición de algunos planos y hay indicios de una mirada propia, pero entre lo que la película prometía en su arranque y lo que entrega al final existe una distancia que se nota.”Pablo Trejo

Quisiera detenerme en algo que me parece central y que a veces se pasa por alto cuando se habla de debuts directors: la dirección de actores secundarios. En El mal hijo los personajes que rodean a Rubén en la segunda mitad, los dealers, los familiares problemáticos, los policías de turno, quedan como figurines del género, sin la densidad que sí tiene el personaje de la abuela o el propio Rubén niño. Lorente muestra soltura cuando trabaja con actores que pueden sostener una mirada larga, pero cuando tiene que coordinar escenas corales de acción o de confrontación, la inexperiencia asoma y los tiempos se le escapan. No es un defecto menor, porque esas escenas son las que ocupan gran parte del metraje final. Me quedo, igual, con la sensación de que hay un director ahí dentro, uno que todavía no encontró del todo su voz pero que la tiene. Y me parece más interesante eso, dicho sea de paso, que un debut perfecto y sin aristas.

El mal hijo se proyecta en salas seleccionadas del AMBA, incluyendo complejos de Palermo, Belgrano y Caballito, y también está disponible en la plataforma Movistar Plus+. Quien quiera verla puede hacerlo desde este jueves y durante las próximas dos semanas en los horarios habituales de cartelera. Es, en definitiva, una película que no defrauda de manera estrepitosa pero tampoco deja demasiada huella, y uno sale del cine con la sensación agridulce de haber visto una promesa a la que le faltó coraje para quedarse en su propio patio en vez de salir a correr por rutas que ya están muy caminadas.

PT
Pablo TrejoCultura y espectáculos

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