Dinosaurios en la vereda: Abrams defiende la apuesta más íntima de su nueva película
El productor reconoce que "El final de Oak Street" no recaudó lo esperado en la temporada de verano, pero insiste en que la diferencia con la franquicia Jurásico pasa por los suburbios, las piscinas de lona y los colectivos amarillos.
Les tengo que ser sincero: cuando uno se sienta a escribir sobre una película que mezcló dinosaurios con la vida de barrio y que encima no terminó de funcionar en la taquilla, lo primero que aparece en la mesa de trabajo es la tentación de colgarla del clásico veredicto de «fracaso». Pero la historia de «El final de Oak Street», la apuesta de ciencia ficción que David Robert Mitchell dirigió y J.J. Abrams produjo desde su querida Bad Robot, merece una lectura menos cruel y un poco más detallada, porque lo que se puso en juego ahí fue un experimento de mercado que todavía está dando que hablar.
Para arrancar por los números, que es como les gusta a los lectores de este portal: la película contó con un presupuesto estimado de 80 millones de dólares y, al cierre de su paso por las salas de todo el mundo, se quedó en 89 millones recaudados. Es decir, no alcanzó ni siquiera para cubrir lo que costó. En una temporada de verano que suele ser la más generosa del calendario hollywoodense, esa diferencia entre lo invertido y lo obtenido pesa, y pesa mucho.
La otra selva
Ahora bien, Abrams, que es el que pone la cara y la firma en cada defensa pública del proyecto, salió a explicar por qué cree que la comparación con Parque Jurásico fue injusta y por qué esa comparación, a la larga, terminó jugándole en contra. «Me encantan las películas de Jurassic tanto como a cualquiera, pero esas películas, en su mayor parte, se desarrollan en esas hermosas selvas, en esas islas lejanas», dijo el productor, como marcando el límite entre lo épico y lo cotidiano. Y agregó, ya metiéndose de lleno en el corazón del asunto: «El enfoque de David aquí consistía precisamente en la yuxtaposición de la vida familiar suburbana, absolutamente cotidiana (columpios y furgonetas de helados, piscinas elevadas y autobuses escolares) con los dinosaurios».
Dicha así, en una sala de reuniones de un estudio de Los Ángeles, la idea suena casi poética: el tiranosaurio asomando entre los arbustos de un jardín con cerca de madera blanca, el velociraptor cruzando la calle justo cuando el camión de los helados pasa con la musiquita de siempre. Esa es, ni más ni menos, la diferencia que Abrams quiso venderle al público y que, por lo que muestran los números, no terminó de comprar.
Los vecinos famosos
Otra de las claves que vale la pena repasar tiene que ver con el elenco, porque para acompañar este retrato de barrio la producción llamó a dos caras enormes: Ewan McGregor y Anne Hathaway. Los dos, en declaraciones previas al estreno, habían adelantado que el final que finalmente llegó a las salas reemplazó a un cierre más oscuro y más complejo que se había contemplado durante el desarrollo. Es decir, lo que vimos en pantalla fue, en parte, una concesión. Y eso, en un mercado que ya de por sí venía esquivo con el proyecto, no suele ayudar.
Abrams, fiel a su estilo, cerró su defensa con una frase que resume todo su argumento: «Creo que la gente está deseando ver historias nuevas, historias originales, y para mí, el atractivo innegable de esta película es el hecho de que se desarrolla en los barrios residenciales». Después agregó, casi como una promesa a futuro, que quienes se hayan emocionado con los tráileres van a encontrar que la película cumple lo prometido. Lo que ya no pudo prometer es que eso alcance para llenar salas un martes a la noche.
La pregunta que queda
Entonces, y acá viene lo que a mí, como cronista, más me interesa dejar planteado para que lo discutan ustedes: ¿alcanza con mudar a los dinosaurios de la isla tropical a la calle de un barrio residencial para diferenciarlos? ¿O el público que va al cine a buscar dinosaurios quiere, en realidad, la escala épica, la orquesta a todo trapo y la panorámica de helicóptero que ya conoce de memoria? Son preguntas que el mercado, con sus 89 millones de dólares, ya empezó a responder. Pero la conversación, me parece, recién empieza. ¿Qué hubiera necesitado esta película para convencerte de ir al cine a verla?
