Después del cáncer, la vida: «Sunny Dancer» y la adolescencia que se reconstruye en un camping de Escocia
Bella Ramsey vuelve a la pantalla grande con una historia sensible y luminosa dirigida por George Jaques, que se filma en los paisajes rurales del norte británico y que se anima a contar lo que viene después de la enfermedad: los vínculos, los miedos y los primeros amores de pibes que pelean por recuperar su lugar en el mundo.
Arrancamos la nota como me gusta arrancar las notas, con un verso que me acompañó toda la semana y que, lo juro, me pareció escrito para esta película: «Yo no le canto a la luna porque alumbra y nada más», le escuché decir una vez a un cantor santiagueño en una peña de la calle Chile, y me quedé dando vueltas con esa idea de cantar aunque no haya motivo, o justamente porque no lo hay. «Sunny Dancer», la nueva película de George Jaques que tiene como protagonista a Bella Ramsey, viene a contar algo parecido: la vida después del cáncer, esa vida que parece no merecer una canción y que sin embargo se llena de música igual, a los ponchazos, con los amigos que uno no eligió y que terminan siendo los que te bancan.
Antes que el espectáculo, describo el patio: imagine el lector una casona de piedra en medio de las colinas verdes de Escocia, con un lago que se ve desde la ventana del comedor, pinos altos que parecen guardianes silenciosos y un cielo que cambia de color cada quince minutos. Ahí, en ese paisaje que parece pintado con acuarela, un grupo de adolescentes llega con sus mochilas, sus camperas gruesas y esa incomodidad típica de quien no pidió estar ahí. Son pibes y pibas que tuvieron cáncer, que llevan meses o años en remisión, y que ahora sus familias los mandan a un campamento de cuatro semanas pensado especialmente para ellos. El lugar existe, la fundación Teenage Cancer Trust lo respalda, y durante el rodaje hubo terapeutas acompañando al elenco y jóvenes que atravesaron la enfermedad dando su testimonio. Eso se nota: la película respira verdad por todos lados.
Ivy, que llegó enojada al mundo
Bella Ramsey interpreta a Ivy, una chica de diecisiete años que lleva diez meses en remisión después de una leucemia. Sus padres, con esa mezcla de amor y agotamiento que tienen los padres de chicos que estuvieron enfermos, la empujan a subirse al micro. Ella va con la peor de las ondas: no quiere participar de las actividades, no quiere hablar con nadie, no quiere que le digan lo bien que está ni lo valiente que fue. Es una nena enojada con el mundo, y Ramsey la compone con esa energía punk que ya le conocimos en «The Last of Us», esa manera de poner el cuerpo como si fuera un escudo.
En la casona le espera Ella, el personaje de Ruby Stokes, su compañera de habitación. Después llega Jake, al que da vida Daniel Quinn-Toye, un pibe con ataques de pánico que se cruza con Ivy en una de esas salidas nocturnas al bosque donde, aclaremos, todo cambia. Y está también Ralph, el personaje de Earl Cave, que se defiende del pasado con humor negro, tirando chistes que a los adultos les dan vergüenza ajena pero que a los pibes les sacan la primera sonrisa del viaje. Cada uno tiene su manera de sobrellevar lo que le tocó: hay agresividad, hay pánico, hay ironía, hay silencio. La película no los juzga, los muestra.
Fuegos artificiales bajo la lluvia
La música de Este Haim y Zachary Dawes, sumada a temas de Scissor Sisters y Goldfrapp, arma una banda sonora que funciona como un personaje más: suena en las fiestas, en los bailes improvisados, en las caminatas a la noche. Los colores son cálidos, como de atardecer de enero, y las coreografías espontáneas de los pibes alrededor del fuego hacen el resto. El propio Jaques explicó que no le gusta pensar a «Sunny Dancer» como una película sobre el cáncer, y tiene razón: la enfermedad está ahí, es el contexto, marca los cuerpos y las conversaciones, pero lo que organiza el relato son los deseos, las amistades nuevas, el primer beso a la orilla del río, la guitarra compartida, la pregunta sobre qué vas a hacer con tu vida cuando tengas veinte años.
Y acá viene lo mío, lo que pienso yo como cronista: «Sunny Dancer» me parece una película necesaria en un momento en que el cine para adolescentes suele repetir fórmulas de instituto y romances edulcorados. Acá hay chicos con cicatrices, literal y metafóricamente, que se animan a bailar igual, a pelearse por un chico, a subirse a un bote en el lago, a decir te quiero aunque les tiemble la voz. Si usted tiene hijos adolescentes, sobrinos, nietos, o si pasó por algo parecido, o si simplemente quiere ver una historia luminosa sin ser ñoña, apunte este nombre. La película todavía no tiene fecha de estreno en la Argentina confirmada al momento de escribir esta nota, pero suele llegar a los ciclos de cine independiente y a las plataformas de streaming entre tres y seis meses después de su paso por los festivales internacionales; lo más probable es que la veamos en pantalla grande en algún ciclo de cine europeo o directamente en el catálogo de alguna plataforma durante el segundo semestre. Cuando se confirme la fecha y la sala, lo voy a estar contando por acá, como siempre, con el patio y la cita de rigor. Firmo: Pablo Trejo, Cultura y espectáculos.
