Decidir sin copiar la receta ajena: dos preguntas que sacuden la mochila de mandatos
El filósofo Ira Bedzow, de la Universidad de Emory, propone un ejercicio simple y a la vez incómodo para distinguir qué decisiones nacen de uno mismo y cuáles vienen heredadas de la familia, los amigos o la cultura. Un metanálisis reciente avala la idea: vivir de acuerdo a los valores propios se asocia con más esfuerzo, más avance y más bienestar.
A veces uno se cruza con una señora en la vereda, mientras espera el colectivo en una esquina cualquiera de Santiago del Estero, y le pregunta qué tal le va. Ella le cuenta, con esa honestidad de la gente de acá, que se levanta todos los días a las seis, cocina, lleva los chicos a la escuela, atiende a la madre, trabaja en lo que aparece y vuelve a la noche cansada pero derecha. Y cuando uno le pregunta si eso es lo que ella quería para su vida, la vecina, que se llama Marta, se queda un segundo en silencio y dice, casi como hablándole al piso: «Y bueno, uno va haciendo lo que puede, ¿no?». Esa frase, esa pequeña rendición, es la que el doctor Ira Bedzow, filósofo y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, en Estados Unidos, intenta desarmar con un ejercicio que parece sencillo pero incomoda a casi todo el mundo.
Las dos preguntas que desnudan el guión ajeno
Bedzow, que además dirige el Emory Purpose Project, sostiene que basta con detenerse y hacerse dos preguntas para empezar a separar lo propio de lo prestado. La primera es «¿de quién es la vida que estás viviendo?», que suele tener una respuesta rápida y casi refleja: mía, claro. El problema aparece con la segunda, «¿quién debería determinar cómo vivís?», que es la que raspa, la que obliga a reconocer que el rumbo no estaba escrito en ninguna parte y que uno lo fue ocupando, día a día, a veces sin haberlo decidido en serio.
“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project
Esa comodidad, advierte el filósofo, es la puerta de entrada para terminar viviendo un guión que no escribimos nosotros. La familia marca, el barrio marca, la época marca, el grupo de amigos marca. Y muchas veces uno ni se entera, porque los mandatos se instalan tan de chico que parecen propios, una especie de aire que se respira sin notar. Por eso mismo, nosotros los santiagueños, que solemos cargar con la fortaleza en silencio y con la idea de que cumplir es ya un mérito enorme, somos de los más expuestos a confundir obediencia con vocación.
Pedir consejo no es lo mismo que entregar el volante
Ahora bien, Bedzow aclara que el ejercicio no consiste en volverse ermitaño ni en despreciar toda voz externa. Existe una diferencia, y él la marca con bastante precisión, entre recibir perspectivas y entregar el control. Conversar con un compañero de trabajo sobre una oferta laboral, escuchar a un amigo que cuestiona una suposición sobre una pareja, o aceptar la mirada de un maestro pueden abrir los ojos a ángulos que uno no había visto. El punto está en quién toma la decisión final y desde qué criterios se la toma. Porque consultar es sano, pero vivir la vida que otros diseñaron para nosotros es otra cosa, y es una cosa que, tarde o temprano, pasa la factura.
- Un metanálisis de Sezer y colaboradores encontró que perseguir metas alineadas con los valores propios se asocia con mayor esfuerzo, mayor avance y mayor bienestar.
- Por el contrario, quienes orientan sus objetivos por expectativas de los padres, presión de estatus o miedo a la culpa suelen reportar menor satisfacción.
- La filósofa Susan Wolf sumó otro ángulo: el sentido no nace solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso, lo que obliga a preguntarse si lo que se busca merece, en serio, ser buscado.
Bedzow insiste en que esta autorreflexión no es mirar el ombligo ni quedarse dando vueltas en la propia cabeza. Es, en sus palabras, examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados. La idea, entonces, es empezar con decisiones de bajo riesgo, de esas que se toman a diario sin pensarlo demasiado, para ir fortaleciendo un criterio que después sirva cuando la apuesta sea más grande: un cambio de trabajo, una separación, un traslado, el inicio de un proyecto propio. Cada pequeña elección consciente, dice el filósofo, va entrenando un músculo que después no se deja avasallar tan fácil.
Yo creo que a Marta, la vecina de la esquina, no le falta fuerza ni le falta ganas. Le falta, quizás, un minuto de silencio para preguntarse de quién es, en realidad, la vida que lleva todos los días. Y esa respuesta, cuando aparezca, no va a llegar como un rayo ni va a cambiarlo todo de golpe. Pero sí va a permitirle empezar a caminar un tramo del camino que ella misma eligió, en lugar del que otros le fueron trazando sin que nadie lo firmara. Eso, al menos, es lo que uno espera que pase.
