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De Santiago al mundo con una silla como única mochila: la historia de Fletcher y Lachie

Un joven que quedó parapléjico a los 17 años y un amigo terapeuta se reencontraron en un centro de rehabilitación, compraron una vuelta al mundo en oferta y llevan más de un año mostrando que el cuerpo puede ser un límite pero la curiosidad no.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 3 de septiembre de 2026 · hace 3 h

La esquina del barrio donde vive Fletcher Crowley nunca volvió a ser la misma después de aquella cena de turno nocturno. Eran casi las once de la noche, las ventanas del centro de rehabilitación ya estaban apagadas y dos ex compañeros del secundario terminaron conversando en la cocina como si el colegio hubiera terminado el día anterior. A mí, que conozco esa clase de reencuentros, me gusta imaginarla así: dos sillas, dos tazas de té y un silencio cómplice que se rompe con la primera carcajada. Aquella noche, Fletcher, que había quedado parapléjico a los 17 tras fracturarse dos vértebras en una caída en bicicleta de montaña, le contó a Lachie Bennett lo que le costaba ponerle el cuerpo a los días. Lachie, que hoy trabaja como terapeuta en ese mismo centro y trata a personas con lesiones medulares, lo escuchó como escucha a sus pacientes: con la paciencia de alguien que sabe que las palabras, a veces, son la primera rehabilitación.

De esa sobremesa salió un descubrimiento pequeño pero decisivo. Los dos habían pasado por episodios de ansiedad y habían aprendido, cada uno a su manera, a manejar esos pozos negros. También compartían la música, la moda, las ganas de conocer gente nueva y una suerte de hambre por las experiencias intensas que a cierta edad uno deja de pedir. Esa coincidencia íntima, más que cualquier otra cosa, fue la que terminó de pegar la amistad. La vecina Marta, que vive a la vuelta del y los ve pasar casi todos los fines de semana, suele decirme que nota enseguida cuándo dos personas se entienden de verdad: "Se nota en cómo se miran cuando uno tropieza y el otro ya está extendiendo la mano". Algo de eso había entre ellos. Y algo de eso explica lo que vino después.

Una oferta de último momento y una valija con ruedas

La gran aventura empezó, como empiezan muchas historias grandes, casi por error. Fletcher y Lachie planeaban una escapada corta, de esas de dos semanas que uno se toma para despejarse, cuando apareció en una pantalla la clásica promoción de vuelta al mundo con múltiples escalas. No lo pensaron demasiado. La compraron y, con el boleto todavía en la casilla de mail, empezaron a tirar del hilo hasta tejer un itinerario que ellos mismos reconocen que parecía de película: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo en apenas tres meses. "El mundo no es accesible, nosotros lo somos", repiten cada vez que les preguntan cuál es el lema, y la frase les salió sola, casi como un suspiro, después de la primera escala.

  • Hong Kong: Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Arriba, según contaron, fue un momento surrealista.
  • Suiza: una familia que los seguía en redes sociales los invitó a quedarse en su casa sin más.
  • Francia: durmieron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza y se alojaron en la granja de ovejas de un conocido.
  • Brasil: selva adentro en cuatriciclo, tierra colorada y alguna que otra sorpresa.
  • Sudáfrica: safari, buceo con tiburones y un vuelo en parapente que les sacó el miedo y les regaló, al mismo tiempo, una foto que todavía no pueden mirar sin sonreír.

La logística, claro, no siempre fue tan glamorosa como las fotos. Algunos lugares resultaron directamente inaccesibles para la silla de ruedas de Fletcher y hubo que improvisar rutas alternativas o apelar al recurso más antiguo del mundo: que Lachie se lo cargue al hombro, literalmente, como aquel mediodía en Hong Kong. "Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione", me resume Lachie cada vez que le pregunto cómo hacen. Al principio, el dinero salió de los ahorros de los dos. Cuando empezaron a publicar videos y la respuesta en redes se descontroló, una campaña de micromecenazgo les dio el margen justo para ser más espontáneos. El alojamiento, también, se resolvió en gran parte gracias a la gente que les escribía desde lugares que ni figuraban en el mapa original.

Lo que ellos esperan que pase

Yo, que vengo siguiendo esta historia desde que un primo me pasó el primer video, no puedo evitar pensar en lo que significa para nosotros los santiagueños y para cualquiera que alguna vez se haya sentido arrinconado por un diagnóstico. Fletcher puede ponerse de pie y dar unos pasos, pero el esfuerzo lo agota enseguida. Esa es la parte del cuerpo que no se puede engañar. Lo que sí se puede entrenar es todo lo demás: la paciencia, el humor, la red de desconocidos solidarios y la decisión de subirse a un avión igual. Si me dejan bajar la línea y dejarla así, cruda, les diría lo que ellos suelen repetir cuando el cansancio parece más grande que la aventura: "Mañana vemos". Y mañana, para ellos, siempre termina siendo un nuevo país, una nueva casa, una nueva mesada compartida con alguien a quien todavía no conocen pero que, de alguna manera, ya están esperando. Eso, en el fondo, es lo que esta pareja de amigos vino a mostrarnos: que la accesibilidad no es un botón que se aprieta, sino un idioma que se aprende mientras uno viaja, y que mientras más gente lo hable, más liviano se vuelve el mundo.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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