Curazao, más allá del mar: calas, historia holandesa y caminos rojos en UTV
A poco más de siete mil kilómetros de Buenos Aires, la isla caribeña combina playas en forma de cala, una capital declarada Patrimonio de la Humanidad y una excursión de cuatro horas por la costa oeste que termina con barbacoa en Kleine Knip.
A unos siete mil cuatrocientos kilómetros de Buenos Aires, tomando como referencia la ruta aérea que recién se abrirá a comienzos de 2027, Curazao aparece en el mapa como una franja alargada de tierra seca, bañada por un mar que cambia de color según la hora del día, y rodeada por una costa que se corta en acantilados bajos antes de abrir pequeñas calas de arena clara. Lo primero que conviene tener presente es que la isla ofrece bastante más que sol y reposeras: más de 35 playas repartidas por todo su litoral, una capital con edificios pintados en tonos pastel declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y una red de caminos interiores donde todavía se respira el polvo que levantan los vehículos todo terreno cuando salen a rodar por la costa oeste. Esa combinación de mar, ciudad y monte es, justamente, lo que termina de armar una visita que de otro modo quedaría a medio camino.
Willemstad, la capital que se cruza en ferri
El primer día, casi sin pensarlo, conviene plantar la mochila en Willemstad y salir a caminar. La ciudad tiene ese aire particular de las capitales coloniales del Caribe, pero con un ingrediente distinto: las fachadas bajas, pintadas en amarillo, rojo, azul y rosa pastel, conservan la huella de la arquitectura holandesa que los primeros colonizadores dejaron a partir del siglo XVII. Para moverse entre los barrios que se reparten a ambos lados de la bahía de Santa Ana, hay un dato práctico que ahorra más de un dolor de cabeza: existe un ferri gratuito que atraviesa la bahía en pocos minutos, justo cerca del puente Reina Juliana, ese basculante que se levanta de tanto en tanto para dar paso a los barcos más altos. Tomarlo es tan sencillo como subir a una lancha de pasajeros: se aborda, se cruza, se baja. Sin costo y sin esperas largas.
Al otro lado de la bahía, el Mercado Flotante es una parada casi obligatoria. Ahí, en muelles improvisados sobre el agua, los vendedores de frutas y verduras bajan directamente de los barcos que llegan desde Venezuela, lo que significa que muchas de las bananas, los mangos, las papayas y los limones que se ven apilados en pequeñas embarcaciones conservan todavía el olor y el color del cruce. No es un mercado para comprar souvenirs, sino un mercado para mirar, conversar y, si el bolsillo lo permite, llevarse algo fresco para la mesa del alojamiento.
Plasa Bieu: comer por poco y con sabor local
Una recomendación que aparece en cada libreta de viajero es almorzar en Plasa Bieu, un patio de comidas donde los puestos preparan en el momento los platos típicos de la isla. Por unos pocos dólares se consigue una bandeja generosa: pescao frito, stoba de res, carni stoba, arroz con frijoles, polaco de queso, pan bati recién salido de la chapa. La cocina curazoleña, como me dejó dicho un cocinero al que le pregunté sobre el punto del ají, “pica parejo, así que mejor probar de a poco y después repetir si quiere”. Y tenía razón: el picante aparece en casi todas las preparaciones, sobre todo en las salsas que acompañan el pescado y en los guisos de carne. Para quienes toleran bien el ají, es un plus; para los que no, conviene pedirlo aparte y agregarlo de a poco.
La costa oeste sobre cuatro ruedas
Después de uno o dos días de ciudad y playa, la nota la pone la excursión que ofrece Curacao Tours por la costa oeste. La salida dura unas cuatro horas, se hace en vehículos UTV, esos todoterrenos abiertos con dos o cuatro plazas que se conducen como un cuatriciclo grande, y sale 240 dólares por persona. En el precio entra la guía, los ingresos a los puntos del recorrido y la comida, aunque conviene confirmarlo al momento de reservar. Lo interesante es que no hace falta tener experiencia previa: cada viajero puede optar por conducir o por viajar como acompañante, siguiendo al vehículo de la guía por rutas asfaltadas y, sobre todo, por senderos de tierra rojiza que bordean acantilados.
El primer alto importante es la Cueva de las Brujas, una formación calcárea con estalactitas que cuelgan del techo, estalagmitas que crecen desde el piso, murciélagos que duermen colgados en las partes más oscuras y pequeños cangrejos protegidos que, según remarcan los guías, no deben pisarse bajo ningún concepto. La visita es breve pero intensa, sobre todo cuando se apagan las linternas y queda solo el sonido del agua que gotea entre las rocas. Después, el convoy sigue hasta Kleine Knip, una playa chica y recogida, enmarcada por acantilados bajos, donde el tiempo se libera para bañarse en un mar calmo, descansar en reposeras bajo sombrillas y comer una barbacoa antes de emprender la vuelta. Entre la carne asada, el ritmo del tambú que suele sonar de fondo y la brisa que entra desde el agua, uno entiende por qué esta cala aparece repetida en cada folleto de la isla.
Música, playas y la cuenta pendiente del snorkel
En tierra, la isla también se mueve al ritmo del tambú, una tradición musical de raíz africana que combina percusión, canto, palmas y baile. Escucharlo en vivo, aunque sea durante una cena o en un bar del centro, es la manera más directa de entender de dónde vienen ciertos códigos culturales que sobreviven en Curazao desde hace generaciones. Respecto de las playas, vale la pena saber que muchas playas funcionan con acceso público y gratuito, mientras que otras pertenecen a los hoteles y cobran una tarifa por el uso de reposeras y sombrillas. En varias costas se ven peces desde la orilla, nadando en aguas tan transparentes que el snorkel se puede practicar sin alejarse demasiado del barrerito playero.
Cuándo ir y cómo llegar desde la Argentina
La mejor temporada para viajar a Curazao va, en líneas generales, de diciembre a abril, cuando el clima es más seco y las lluvias escasean, aunque hay que tener presente que las temperaturas se mantienen agradables casi todo el año. Para los lectores argentinos, la novedad más concreta es el anuncio de Aerolíneas Argentinas, que informó el inicio de la ruta a Curazao a partir del 2 de enero de 2027, con cuatro frecuencias semanales, dos de ellas de forma directa. Es un dato que cambia los planes: convertir a la isla en un destino razonable para una semana larga, sin largas conexiones, ya deja de ser un proyecto lejano y pasa a ser una alternativa concreta para las próximas vacaciones. Mi consejo, si el bolsillo lo permite, es combinar ciudad, playa y una salida como la de los UTV: ahí aparece el Curazao que realmente vale la pena conocer, el que no se agota en una foto con el mar de fondo.
