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Cuando la palabra se escapa: por qué ocurre y cuándo conviene pedir ayuda

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica qué recursos caseros ayudan a recuperar un término que no sale y cómo diferenciar un olvido pasajero de una dificultad que necesita evaluación profesional.

Por Mariana LedesmaSociedad y vida · 26 de septiembre de 2026 · hace 2 h

La escena es de todos los días: alguien está en la mesa familiar, contando algo que le pasó en el trabajo, y de repente se queda con la frase a medio terminar. Sabe perfecto lo que quiere decir, tiene la imagen clarísima en la cabeza, pero el nombre justo no aparece. Lo busca, lo persigue, hace un gesto con la mano como tratando de atraparlo en el aire, y nada. Entonces aparece la sonrisa incómoda y el pedido de disculpas: «Perdonen, lo tengo acá en la punta de la lengua». Esa expresión, que usamos como muletilla, tiene nombre técnico y hasta se estudia en los laboratorios de neuropsicología. La licenciada Camila Sánchez Salinas, especialista en Neuropsicología Clínica, se dedica justamente a pensar por qué nos pasa y cuándo esa pausa empieza a dejar de ser una anécdota para convertirse en algo que merece consulta.

Por qué se nos va la palabra justo cuando la queremos

Según explica Sánchez Salinas, acceder a una palabra no es un acto tan simple como parece. Primero hay que activar su significado —eso que en psicología se llama la vía semántica— y después recuperar los sonidos que nos permiten pronunciarla, la llamada vía fonológica. Cuando hablamos en una conversación rápida, ese proceso es automático y casi invisible. Pero a veces el segundo paso se demora o se interrumpe, y entonces aparece esa sensación tan familiar: el concepto está claro, pero su nombre no llega. A ese fenómeno se lo conoce como «punta de la lengua», y es más común de lo que uno imagina.

Puede ocurrir a cualquier edad, sobre todo cuando hay cansancio, distracción o presión por responder rápido. Con los años suele hacerse más frecuente, aunque —y esto es lo importante— eso no implica necesariamente haber perdido la palabra. A veces el término aparece minutos después, cuando uno deja de forzarlo, o se presenta al día siguiente, mientras estamos haciendo otra cosa completamente distinta. A mí, contando estas líneas, ya me pasó tres veces mientras pensaba el título.

Recursos simples para volver a encontrar el término

La buena noticia es que existenútiles para destrabar ese momento sin pasar vergüenza ni quedarse en silencio. La especialista los enumera con claridad:

  • Buscar un sinónimo o una palabra parecida que sirva para seguir adelante mientras aparece la original.
  • Describir aquello que se quiere nombrar: para qué sirve, cómo es, de qué color, dónde se usa. Muchas veces el rodeo lleva directo al término justo.
  • Pensar en la letra inicial, en la cantidad de sílabas o en el sonido con que termina. Esa pista fonológica suele activar el resto.
  • Cambiar de tema y volver más tarde: la presión por encontrar la palabra suele ser el mayor obstáculo.

«Pensar en su letra inicial, su utilidad o sus características también ofrece pistas para recuperarla», resume la neuropsicóloga. Para estimular la fluidez verbal en general, ella propone conversar sobre asuntos que nos interesen de verdad y contar información con nuestras propias palabras, en lugar de repetir frases hechas. Son actividades que obligan a recuperar conocimientos, ordenar ideas y prestar atención al intercambio, que es justamente lo que entrena al cerebro para tener el léxico a mano. Disminuir las distracciones —el celular en la mesa, la televisión de fondo, la cabeza en otro lado— ayuda a concentrarse y a sostener el hilo de lo que queremos decir.

La diferencia entre un olvido ocasional y algo que hay que chequear

Acá viene la pregunta del millón, la que separa la preocupación razonable del alarmismo innecesario. ¿Cuándo una pausa en la conversación pasa de ser un momento incómodo a ser una dificultad que merece consulta? Sánchez Salinas lo dice con precisión: hay que prestar atención cuando encontrar palabras se vuelve un problema frecuente, cuando aparecen confusiones al nombrar objetos de todos los días, cuando cuesta seguir una conversación o cuando hay cambios notorios en el habla que la propia persona nota —o que notan los que la rodean. Marta, mi vecina de toda la vida, suele decirme que a su padre le empezó a pasar esto con el nombre de los utensilios de cocina, y ahí fue cuando decidió acompañarlo al médico.

El criterio clínico, según la especialista, incluye observar si esas dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona antes y si interfieren en su vida cotidiana. Una evaluación clínica y neuropsicológica puede contribuir a comprender los síntomas y orientar el diagnóstico y el tratamiento. No se trata de asustarse por olvidarse una palabra de vez en cuando —eso le pasa a cualquiera— sino de estar atentos a los patrones sostenidos en el tiempo.

El envejecimiento no es un veredicto igual para todo el lenguaje

Un dato que vale la pena retener: el paso de los años no modifica todas las capacidades del lenguaje de la misma manera. La especialista señala que puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos —sobre todo los nombres propios, los menos usados o los muy específicos—, mientras que la comprensión cotidiana suele conservarse razonablemente bien. O sea: uno puede tardar más en encontrar la palabra exacta, pero sigue entendiendo lo que le dicen y puede mantener una charla sin problemas.

En definitiva, nosotros los santiagueños —y los argentinos en general— solemos tomarnos estas cosas con filosofía y un poco de humor. Pero el humor no reemplaza la atención. Si la pausa se repite, si empieza a molestar en el trabajo o en la familia, si uno nota que ya no puede contar una anécdota sin quedarse trabado varias veces, la recomendación es clara: consultar. No para asustarse, sino para entender qué está pasando y, sobre todo, para saber que se puede hacer algo al respecto. La mayoría de las veces, la palabra sigue ahí, agazada detrás del cansancio o de la distracción. Solo hay que ayudarla a salir.

ML
Mariana LedesmaSociedad y vida

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