Cuando la mochila del colegio pesa más de lo que se ve: cómo acompañar a los chicos desde la calma
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que el estrés escolar no se queda en el aula: se cuela en el humor, en la conducta y hasta en el cuerpo. Y propone una serie de claves para que las familias lo atraviesen sin perder la tranquera.
En la mesa de la cocina todavía hay un cuaderno abierto, una cartuchera cruzada y un vaso con la última leche a medio tomar. La escena se repite, noche tras noche, en casas que nosotros los santiagueños conocemos de memoria: la de Marta, que vive a la vuelta de mi casa, y la de tantos vecinos que me cuentan, mientras cruzamos la vereda, que el colegio dejó de ser solo un edificio al que se va de mañana. Ahora también es una mochila que se trae a la cama, que se discute en la sobremesa y que a veces se pelea con los hermanos sin razón aparente.
La psicóloga Susan Albers, de la prestigiosa Cleveland Clinic, pone el tema en palabras simples: el estrés escolar puede ser una exigencia que empuje hacia adelante, pero cuando se vuelve demasiado frecuente o se prolonga en el tiempo, empieza a cobrar un precio que se paga en el humor, en la conducta y hasta en el cuerpo. Cambios de estado de ánimo, irritabilidad, dolores de panza, dificultad para dormir: todo eso, dice la especialista, puede estar hablando de que la mochila pesa más de lo que parece.
El primer movimiento es de los grandes
Para Albers, el acompañamiento empieza por los adultos. Y lo dice con una frase que a mí me resonó especialmente: antes de reaccionar, hay que hacer una pausa. Mostrar que es posible pedir ayuda, reconocer la propia angustia y buscar estrategias para calmarse son gestos que los chicos observan y, con el tiempo, incorporan. Si quien cuida está estresado, también puede servir mostrar el camino: explicar cómo se trabaja sobre esa dificultad y a quién se recurre para atravesarla.
Y acá quiero detenerme en algo que me parece clave, porque a veces uno siente que tiene que llegar a la casa con todas las respuestas encima. La psicóloga señala que no hace falta que el acompañamiento venga solo de mamá o de papá: otros adultos de confianza, que puedan manejar sus propias emociones y que estén dispuestos a sostener al joven cuando las obligaciones lo sobrepasan, cumplen un papel enorme. Tíos, abuelos, vecinos, docentes con los que hay trato cotidiano: todos pueden ser parte de esa red que, como me decía Marta el otro día mientras ataba el portón, a veces salva la tarde.
Organizar la jornada, ordenar la cabeza
Frente a una agenda cargada, Albers propone revisar con calma qué requiere una resolución inmediata, qué admite una espera y qué se puede delegar o directamente quitar. Después, conviene tomar la obligación prioritaria y separarla en pasos más chicos. Así, una demanda que parecía imposible de abordar se vuelve un camino de tramos manejables. La especialista agrega un dato que a mí me pareció muy revelador: cuando la preocupación es intensa, ocupa recursos de la memoria de trabajo, esa que necesitamos para manejar información en el momento, y eso dificulta directamente el rendimiento. Explicarles esta relación a los estudiantes puede ayudar a que entiendan por qué cuidar el bienestar también tiene que ver con rendir mejor.
- Hacer una pausa antes de reaccionar y mostrar que pedir ayuda está bien.
- Identificar un adulto de confianza por fuera de la familia inmediata que pueda sostener al joven.
- Ordenar las obligaciones: qué es urgente, qué puede esperar y qué se puede delegar o soltar.
- Separar la tarea prioritaria en pasos más chicos para hacerla abordable.
- Cuidar el descanso y los vínculos presenciales como escudo frente a la exigencia.
- Pensar actividades alternativas al scroll infinito, como propuestas artísticas o meditación, para volver al presente.
Hay un punto que Albers subraya con fuerza y que a mí, como adulta que mira de afuera, me hizo ruido: la conexión permanente. Las redes sociales, explica, pueden prolongar la sensación de estar bajo evaluación aun cuando ya terminó la jornada escolar. Como alternativa al desplazamiento continuo por publicaciones, la psicóloga propone actividades artísticas o meditación que permitan volver al presente y cortar, al menos un rato, con la lógica de la pantalla encendida.
Lo que me queda, después de leer a Albers y de escucharla explicarlo en mi cabeza como si me lo dijera a mí, es que no se trata de eliminar la exigencia ni de bajar la vara de lo que el colegio pide. Se trata de algo más fino: de aprender a leer las señales que los chicos mandan cuando esa exigencia los sobrepasa, de organizarse juntos para que la jornada sea más respirable y de recordarles, con hechos y no solo con palabras, que el bienestar no compite con el rendimiento, sino que lo sostiene. Eso es, en definitiva, lo que uno espera que pase cada noche cuando, después del último beso, la casa por fin se calla y queda solo el ruido de la calle: que la mochila, poco a poco, empiece a pesar un poco menos.
