Cuando el trabajo te deja vacío: cinco llaves cotidianas para empezar a salir del pozo
La nutricionista Jessica Shand asegura que el desgaste profesional no se resuelve solo durmiendo más: la clave está en ordenar la alimentación, las rutinas nocturnas y los ritmos del propio cuerpo, siempre con supervisión médica.
La esquina de cualquier barrio porteño a las siete de la tarde cuenta una historia silenciosa: la de oficinistas, docentes, comerciantes y amas de casa que vuelven a casa con los hombros caídos y la cabeza en otra parte. Irma, vecina del Once y cajera de un supermercado desde hace veintidós años, lo resume mientras acomoda las bolsas en el ascensor: yo ya no duermo como antes, me acuesto cansada y me levanto igual, como si no hubiera descansado. Esa sensación tiene nombre clínico, y según la nutricionista naturópata Jessica Shand, autora de The Hormone Balance Handbook, lejos de ser una queja pasajera esconde un desarreglo hormonal que se cocina de noche y explota de mañana.
Shand explicó que el estrés laboral sostenido funciona como un interruptor que queda encendido: el cuerpo libera cortisol en forma permanente, la hormona de la alerta, y termina por desordenar procesos tan básicos como dormir, digerir o mantener el ánimo parejo. El agotamiento, entonces, no es flojera ni falta de voluntad: es un cuerpo que lleva demasiado tiempo en modo emergencia y ya no sabe cómo volver a la calma.
Cinco hábitos que la especialista recomienda poner en práctica
- Alimentación parejita y de verdad: comer cada tres o cuatro horas combinando proteínas completas, grasas saludables y carbohidratos complejos. Evitar el atajo de los ultraprocesados, que dispara picos de glucosa y profundiza la irritabilidad y la falta de foco.
- Una rutina para antes de dormir que funcione como señal de stop: un baño con sales de magnesio, una infusión sin cafeína o unos minutos de escrituramanual pueden marcar el corte entre lasobligaciones y el descanso.
- Plantas amigas del sueño como la manzanilla, la lavanda, el toronjil y la pasiflora,sumadas a las tisanas o a la aromaterapia, sin reemplazar la consulta médica.
- Adaptógenos como la albahaca sagrada o la ashwagandha, útiles para tolerar mejor el estrés, aunque siempre con el aval de un profesional, sobre todo en embarazos, lactancias, enfermedades previas o tratamientos farmacológicos.
- Reconocer los propios ciclos de energía: registrar en qué momentos del día uno rinde más y organizar las tareas más pesadas en esas ventanas, en lugar de pelear contra el propio reloj biológico.
Nosotros los que transitamos semanas laborales interminables solemos caer en una trampa simple: pensar que con dormir el sábado y el domingo alcanza. Shand insiste en que la regularidad pesa tanto como la cantidad de horas, y que saltear comidas o vivir a base de mate y facturas termina de arruinar una energía que ya viene maltrecha. Por eso su recomendación número uno parece casi de manual pero casi nunca se cumple: comer sentado, a horario, con algo más en el plato que azúcar rápida.
“El agotamiento no es solo cansancio, es un organismo que lleva demasiado tiempo en modo emergencia.”Jessica Shand, nutricionista naturópata
Las plantas relajantes y los adaptógenos aparecen en la lista con un asterisco enorme: la propia Shand advierte que no conviene automedicarse, porque algunas sustancias están contraindicadas en embarazos, lactancias o cuando se toman psicofármacos. La consulta con un profesional de la salud sigue siendo, sobre todo en Santiago del Estero donde tantas familias conviven con hipertensión o diabetes, la única manera de sumar estas herramientas sin riesgos.
El quinto punto, quizás el más humano, es el que menos se mide en los consultorios: aprender a leer el propio cuerpo. La especialista propone registrar durante dos o tres semanas en qué horarios uno se siente más lúcido y en cuáles se arrastra, y a partir de ahí mudar las reuniones, los trámites o las exigencias más pesadas hacia las ventanas de mayor energía. Es un gesto chico, pero cambia la relación con la jornada.
Irma, mientras guarda la leche en la heladera, cuenta qué espera de ahora en más: ojalá pueda volver a dormir de un tirón y que no me dé rabia todo, nada más. Esa expectativa mínima resume, sin saberlo, la promesa de fondo que Shand les hace a miles de lectores: no se trata de tocar la fibra del burnout con grandes renuncias ni con terapias costosas, sino de empezar, esta misma semana, con cinco ajustes cotidianos que el cuerpo sí entiende.
