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Martes, 13 de octubre de 2026
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Cuando el guionista se sienta en la silla del director: "El precio de la red" y el espejo repetido de Aaron Sorkin

La esperada secuela de "La red social" confirma lo que su director ya había mostrado en "Molly's Game" y "El juicio de los siete de Chicago": los libretos de Sorkin necesitan a otro realizador que los confronte. Una mirada crítica, en primera persona, sobre los excesos de un autor que se dirige a sí mismo.

Por Pablo TrejoCultura y espectáculos · · hace 1 h
Cuando el guionista se sienta en la silla del director: "El precio de la red" y el espejo repetido de Aaron Sorkin

"Caminando por la callecita del barrio, donde el sol pega más fuerte". La frase no es de un tema de Peteco Carabajal ni de Jacinto Piedra, pero bien podría cantarse al ritmo de una chacarera mientras uno camina hacia el cine, porque la película que me ocupa esta semana tiene algo de patio santiagueño: un lugar enorme, con mucha gente hablando al mismo tiempo, donde todos tienen razón y nadie termina de escucharse. Así se siente "El precio de la red", la nueva película de Aaron Sorkin que llega como secuela de "La red social" y que, lejos de saldar cuentas con su propio legado, vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta que arrastra desde hace años: ¿qué pasa cuando el guionista más brillante de su generación decide sentarse él mismo en la silla del director?

Antes de meterme en la sala, vale la pena repasar el patio. Sorkin ya intentó este camino con "Molly's Game" en 2017, donde contó el ascenso y la caída de Molly Bloom, la princesa del póker que organizaba partidas clandestinas para estrellas de Hollywood. La película tuvo sus defensores, y es cierto que Jessica Chastain ofreció una de las interpretaciones más recordadas de la década, pero también dejó ver las costuras del método Sorkin: parlamentos infinitos, actores caminando por oficinas mientras recitan verdaderos ensayos filosóficos, y una fe casi religiosa en que la palabra bien dicha puede reemplazar cualquier decisión visual. El problema, claro, es que en el cine la imagen no es un adorno: es el idioma principal.

Soliloquios en un parking lot

"El precio de la red" retoma el universo de Mark Zuckerberg y las redes sociales, pero lo hace con el mismo libreto escrito y dirigido por Sorkin, y ahí se vuelve a encender la discusión. Quienes defendemos la idea de que un autor debe tener control absoluto sobre su material encontramos en esta película argumentos valiosos: la coherencia temática es total, no hay una sola escena que se sienta traicionada por manos ajenas, y las líneas de diálogo, cuando funcionan, lo hacen con la precisión de un relojero. El tema de fondo sigue siendo fascinante: qué le hicimos al mundo cuando decidimos vivir conectados, qué le hicimos a la política, a la verdad, a la amistad. Sorkin tiene la valentía de mirar ese espejo sin apartar la vista, y eso hay que reconocerlo.

Sin embargo, y acá viene lo difícil de decir sin sonar injusto, la película repite los mismos problemas que ya se le señalaron en sus dos trabajos anteriores como director. Las escenas de interiores, por ejemplo, presentan problemas de iluminación notorios, algo llamativo si se tiene en cuenta que el director de fotografía es el mismo que trabajó en "La red social". Es como si la falta de un realizador externo que dispute cada plano se notara en los rincones más oscuros del set, en esos espacios donde la luz debería contar una historia y termina apenas iluminando una cara. A eso se suman largas secuencias de diálogo que existen principalmente porque suenan bien leídas en voz alta, como monólogos escritos para un podcast más que para una pantalla, y un montaje sin urgencia, donde las imágenes rara vez trascienden lo funcional. No hay un plano que se quede grabado en la memoria, y eso, en una película de dos horas, es una ausencia que pesa.

“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Personaje interpretado por Bill Burr en "El precio de la red"
  • David Fincher en "La red social" (2010): convirtió el libreto de Sorkin en una película seca, fría, de una precisión milimétrica, y terminó llevándose el Oscar.
  • Danny Boyle en "Steve Jobs" (2015): tomó tres escenas de presentación de producto y construyó un drama íntimo sobre la paternidad y la obsesión.
  • Rob Reiner en "Algunos hombres buenos" (1992): convirtió un guión de tesis en un thriller judicial que todavía se enseña en las escuelas de cine.
  • Aaron Sorkin en "El juicio de los siete de Chicago" (2020): ya en su rol de director mostró los mismos problemas de puesta en escena que ahora se reiteran.

El patio que se llena de voces

La pregunta que me queda dando vueltas, y que me hago mientras elijo entre un whisky y un café en el bar de la esquina, es si la solución pasa por devolverle a Sorkin el lugar que mejor conoce, el del escritor trabajando en soledad sobre una página en blanco, o si hay algo genuinamente valioso en este intento de control total. Yo me inclino por la primera opción, y lo hago sin rencor, porque admirar a un autor no significa estar de acuerdo con todo lo que hace. Sus mejores películas, las que de verdad cambiaron la conversación en Hollywood, fueron las que otro director tradujo al lenguaje del cine. Cuando Sorkin escribe y otro filma, el resultado suele ser una alianza virtuosa: el guionista aporta la arquitectura de las palabras, el director impone la disciplina de la imagen. Cuando Sorkin hace las dos cosas al mismo tiempo, la balanza se desnivera hacia el lado del verbo, y el cine se vuelve, en el peor sentido de la palabra, literario.

"El precio de la red" es, en definitiva, una película sobre la que se puede coincidir o disentir, pero que difícilmente deje a alguien indiferente. Tiene el mérito de volver sobre un tema que nos atraviesa a todos, el del precio que pagamos por vivir en red, y lo hace con la honestidad intelectual de siempre. Lo que le falta, me animo a decir, es la humildad de confiar en que otro par de ojos pueden ver cosas que uno, tan cerca del texto, ya no alcanza a distinguir. Por eso, mientras camino de vuelta a casa pensando en la película, me viene a la memoria un viejo dicho del oficio: la mejor manera de cuidar una historia es dejar que otro la cuente. Sorkin lo sabe. Lo que todavía no termina de aceptar es que esa verdad también vale para sus propios guiones.

"El precio de la red" se puede ver en las salas de cine de Buenos Aires y las principales ciudades del interior del país desde este jueves, en formatos tradicional, 3D y en versiones doblada y subtitulada. Las funciones son diarias, con horarios que se extienden hasta la madrugada, y se espera que el boca a boca, siempre impredecible, termine de definir su recorrido en la cartelera.

PT
Pablo TrejoCultura y espectáculos

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