Cuando decir que no se vuelve una asignatura pendiente: los costos de no saber poner límites
La dificultad para marcar el propio umbral y la intolerancia al límite ajeno son dos caras de un mismo déficit temprano. Ansiedad, resentimiento y hasta síntomas físicos pueden ser la forma en que el cuerpo termina poniendo lo que la palabra no puso.
En la vereda de una casa de cualquier barrio del conurbano, a la hora de la siesta, Marta frena al quiosquero que le ofrece el segundo paquete de la promo y dice, casi en voz baja, que esta vez no va a comprar. Es un detalle, una minucia, y sin embargo para ella fue un trabajoso ensayo: durante años aceptó lo que no quería, firmó lo que no iba a pagar y dijo que sí a todo lo que le propusieron por miedo a que el otro se ofendiera. Hoy, cada vez que puede decir que no sin que pase nada, siente que recuperó un pedacito de algo que había perdido sin saber cuándo.
Por qué nos cuesta tanto
La historia empieza mucho antes de que aprendamos a hablar. El psiquismo del bebé necesita que alguien lo contenga desde afuera: el pecho que no siempre está cuando lo reclama, el no firme ante un peligro, la pequeña espera antes de la satisfacción. Esa frustración, vivida en el momento como un pequeño sacudón, es la que después permite distinguir el propio deseo del deseo del otro, y la propia voluntad del capricho ajeno. El límite, entonces, no se opone al amor: es, literalmente, una de las formas que adopta.
Dos patrones opuestos, un mismo origen
Cuando ese primer aprendizaje sale mal, las personas suelen caer en uno de dos costados. Del primero, el de quien no logra poner límites, casi siempre queda una huella muy concreta: aprendió de chico que el propio deseo molestaba, que pedir algo propio podía costarle un disgusto o la pérdida del vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos no quedan en el aire: aparecen cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula como sedimento y un cansancio que ningún descanso alcanza a revertir, ya que es cansancio del alma más que del cuerpo. Y si la palabra no llega, a veces lo hace el cuerpo: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, malestares que aparecen donde la palabra calló.
Del otro lado está quien no soporta el límite ajeno. Para esa persona, cualquier no se vive como una ofensa personal o un desafío. La imagen puede parecer fortaleza, pero suele esconder una identidad frágil que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, con el tiempo, se organizan alrededor de su voluntad, y eso, a la larga, las vacía: la convivencia queda sin aire, sin sorpresa, sin el otro.
El punto medio que casi nadie menciona
Entre esos dos extremos hay un lugar posible: el de quien puede decir que no sin culpa y, a la vez, escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, de manera afectiva o incluso económica. Pero ese costo, bien mirado, suele ser más bajo que el que ya se está pagando sin notarlo.
“Lo más importante es que esto no es un rasgo inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse.”Psicología clínica
Por dónde se empieza a trabajar
La buena noticia que comparte la lectura es que nadie nació con el destino escrito en los caracteres del carácter. Estos modos se aprendieron de niños y, como se aprendieron, se pueden desaprender. Un espacio terapéutico apropiado es el lugar donde uno puede ensayar el hasta acá sin sentir que traiciona al otro, y donde se aprende a tolerar que el otro también diga basta.
Marta, la vecina de la que hablaba al principio, todavía no termina el segundo paquete de galletitas: lo guarda para la semana próxima, y se ríe sola al notar el peso de su propio gesto. Como nosotros los santiagueños, o como cualquiera que se reconozca en estas líneas, sabe que no alcanza con un ensayo para reescribir la historia, pero también sabe que el primer movimiento importa. Lo que Marta espera, ahora, es que cada vez le duela menos decir que no y que el otro, del otro lado, pueda bancárselo.
