Centros de datos en Estados Unidos: la factura eléctrica de la inteligencia artificial que ya no entra en la red
En cinco años pasaron de consumir el 1,9% al 4,4% de la electricidad estadounidense y el Departamento de Energía proyecta que podrían llegar al 12% en 2028. Mientras tanto, comunidades locales bloquean proyectos por 156.000 millones de dólares y las redes no dan abasto.
Pensemos en un caso concreto: una empresa necesita levantar un centro de datos para entrenar modelos de inteligencia artificial en una zona rural de Estados Unidos. Consigue los permisos municipales, firma con un gigante tecnológico y empieza la obra. Pero cuando pide conectarse a la red eléctrica del pueblo, la compañía distribuidora le dice que no hay capacidad disponible y que tampoco la habrá en los próximos tres años. La planta está lista, los servidores esperan, y el tendido que debería alimentarlos no existe. Esa escena dejó de ser una excepción: en 2023 los centros de datos absorbieron el 4,4% de toda la electricidad que consumió Estados Unidos, y el Departamento de Energía estima que para 2028 esa cifra podría trepar hasta el 12%.
Para dimensionarlo, vale una aclaración técnica en clave bien argentina. Un teravatio hora, la unidad que aparece en los informes energéticos, equivale aproximadamente a lo que consumen juntos todos los hogares de Santiago del Esters durante un año entero. El Lawrence Berkeley National Laboratory calculó que los centros de datos estadounidenses demandaron unos 176 teravatios hora en 2023, mientras que las proyecciones para 2028 oscilan entre 325 y 580 teravatios hora. Es decir, en apenas cinco años el consumo del sector podría duplicarse o incluso triplicarse.
Una red eléctrica que corre más lento que un data center
El cuello de botella no es tanto la cantidad total de energía disponible en el país, sino la velocidad con la que se pueden ampliar las redes locales. Una instalación de procesamiento puede levantarse en pocos meses, pero una línea de transmisión de alta tensión, una subestación o una central generadora llevan años de planificación, permisos y obra. Esa diferencia de tiempos ya está frenando proyectos en estados como Virginia, Texas y Ohio, donde se concentra buena parte del ecosistema de inteligencia artificial.
El dinero detrás del fenómeno tampoco se frena. NVIDIA cerró su segundo trimestre fiscal de 2027 con 96.221 millones de dólares en ingresos, un 106% más que un año antes. Su división de centros de datos aportó 89.000 millones, casi el 93% del total, con un crecimiento interanual del 117%. En la presentación de resultados, su fundador y CEO Jensen Huang sostuvo que la capacidad de cómputo se convirtió en una fuente de ingresos por sí misma. Cada peso que llega a la empresa termina, tarde o temprano, traduciéndose en más servidores funcionando las 24 horas.
El frente que no se ve: la oposición local
A la presión técnica se le sumó un frente social y político que este año tomó dimensión propia. Durante 2025, al menos 48 proyectos de centros de datos fueron bloqueados o demorados por la resistencia de comunidades donde se preveían instalar, con una inversión involucrada cercana a los 156.000 millones de dólares. Los motivos van desde el ruido de los ventiladores industriales hasta el impacto sobre el precio de la electricidad residencial, pasando por el uso de agua para refrigerar los equipos.
- Consumo disparado: del 1,9% del total eléctrico estadounidense en 2018 al 4,4% en 2023, con proyecciones de hasta 12% para 2028 según el Departamento de Energía.
- Infraestructura atrasada: la velocidad de construcción de los centros supera la capacidad de ampliar redes de transmisión, subestaciones y generación.
- Negocio en expansión: la división de centros de datos de NVIDIA creció 117% interanual y aporta casi el 93% de sus ingresos.
- Oposición local: 48 proyectos por 156.000 millones de dólares fueron frenados durante 2025 por resistencia de las comunidades.
- Lo que falta: definir cómo se financian las nuevas redes, quién paga la repotenciación y bajo qué reglas se evalúa el impacto ambiental y tarifario de cada megaproyecto.
Por ahora, lo que sigue abierto es el capítulo más sensible de la discusión. Falta todavía acordar quién paga las obras de infraestructura necesarias para conectar estas plantas, cómo se reparte el costo entre las empresas y los usuarios residenciales, y qué estándares ambientales se aplicarán en un sector que hasta hace poco operaba casi sin regulación específica. Sin respuestas a esas preguntas, la expansión de la inteligencia artificial seguirá chocando, antes que con un límite de cómputo, con un límite físico de cables y transformadores.
