Jueves, 27 de agosto de 2026
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Cedears del S&P 500, la puerta de entrada de los menores de 18 al mercado de capitales argentino

Casi 9.000 cuentas abiertas por adolescentes en dos plataformas autorizadas por la CNV revelan un perfil de inversor más diversificado de lo que suele presumirse, mientras el mismo segmento muestra un 30% de incumplimiento en sus deudas y cuatro de cada diez jóvenes no manejan nociones elementales de presupuesto o ahorro.

Por Ana PalavecinoCampo y monte · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

La cuenta empieza con un dato de inversión y termina con un signo de pregunta incómodo: a cuánto asciende el costo de criar financieramente a un adolescente argentino en un país donde, según Junior Achievement, cuatro de cada diez jóvenes no sabe qué es un presupuesto, qué es ahorrar ni qué es tomar un crédito, y donde los nacidos entre 1995 y 2009 apenas alcanzan un 68,8% de cumplimiento en el pago de sus deudas, una brecha que Equifax atribuye más a montos chicos olvidados que a compromisos grandes impagables.

En paralelo, y por primera vez medido con esta precisión, casi 9.000 cuentas abiertas por menores de 18 años en sólo dos plataformas de inversión autorizadas por la Comisión Nacional de Valores dibujan la contracara de ese mapa: adolescentes de alrededor de 16 años, con la firma de un representante legal, eligiendo mayoritariamente cedears —certificados de depósito argentinos que replican acciones que cotizan en el exterior— y, sobre todo, un ETF que replica el índice S&P 500, ese indicador que agrupa a las 500 empresas más grandes de Wall Street, antes que activos de alto riesgo o apuestas concentradas en un solo papel.

Lo que dice el organismo y lo que se ve en el lote

La Comisión Nacional de Valores habilitó desde 2024 a los agentes del mercado a abrir subcuentas para chicos de 13 a 17 años, siempre con autorización del representante legal; al cumplir los 18, la titularidad pasa de manera automática al joven. La normativa permite operar bonos, acciones, cedears, ETFs y fondos comunes de inversión, un menú amplio que, en los hechos, los menores están usando con una lógica más ordenada de la prevista.

En una de las plataformas, el 67% de las cuentas abiertas por adolescentes está activa al momento del relevamiento; en la otra, uno de cada dos menores concretó operaciones durante el último trimestre. La edad promedio de los inversores activos gira en torno a los 16 años, lo que confirma que se trata de un segmento genuino y no de cuentas abiertas y abandonadas.

El ranking de lo que eligen

  • Cedears del ETF que replica al S&P 500, en el primer puesto del ranking.
  • Acciones de grandes tecnológicas: Amazon, Apple, Nvidia, Google y Microsoft, en ese orden de preferencia.
  • MercadoLibre, la tecnológica latinoamericana más demandada del menú.
  • Entre las acciones argentinas, YPF lidera, seguida por Pampa Energía y BYMA.

Para Lorena Malatesta, vicepresidenta de Marketing de IOL Inversiones, el dato más elocuente no es la lista de papeles sino el orden: que la inversión principal de estos menores sea el SPY, el ticker bajo el cual se conoce al ETF del S&P 500 en el mercado estadounidense, demuestra que no están buscando la ganancia mágica sino que incorporaron el concepto de diversificación y apuntan al ahorro de mediano y largo plazo, un razonamiento que, por construcción, no aparece en las estadísticas de endeudamiento del mismo segmento etario.

“El desafío es que cuando lleguen a la edad de acceder al crédito, ya tengan incorporados los conceptos básicos y no dependan sólo del impulso o de la intuición.”Paula Spitaleri, de Balanz Academy

El contraste queda servido en la misma mesa y explica, mejor que cualquier editorial, por qué la Argentina convive con un adolescente que arma una cartera de cedears diversificada y, a la vez, con otro que posterga el pago de una deuda chica que termina manchándole el historial: la diferencia no pasa por la edad ni por el acceso a un celular con aplicación de brokerage, pasa por el capital cultural financiero que cada familia supo —o pudo— transmitir, y por la educación formal que sigue sin hacerse cargo del agujero.

La pregunta que queda flotando sobre el cierre de esta nota, y que ningún comunicado oficial se atreve a formular con la crudeza que el tema exige, es quién paga la cuenta de esa asimetría: si la van a pagar los propios jóvenes el día que pidan su primer crédito y se topen con el scoring negativo que ellos mismos no supieron leer a tiempo, si la absorberán los bancos que deberán asumir más morosidad de la esperada, o si, de una vez por todas, la va a pagar el Estado metiendo educación financiera seria, curricular y sostenida en las aulas, en lugar de seguir contentándose con campañas de concientificación que, como se ve, no mueven el amperímetro del cumplimiento.

AP
Ana PalavecinoCampo y monte

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